Reimondi Maximiliano

                     Argentina

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Rde 

Rosemberg Elisa     

  La loca de las Palomas

  Conocí poco a Agustina a quien llamaban  “la loca de las palomas”, pero sé lo suficiente como para contar su historia de vida y su oscuro final.

Vivía en un viejo departamento de San Telmo completamente sola, del dinero que le enviaba su hermano que residía en Estados Unidos y había hecho fortuna.

Tan solitarios eran sus días que cuentan que solía barrer cinco veces el patio, gritar “¡fuera, fuera de aquí”! supuestamente a las palomas que ni siquiera se posaban en ese lugar y a momentos se la oía decir: “Mamá te amo” o “Ya voy papá”. Ambos habían muerto muchos años atrás y los vecinos atribuían todo a su mente enfermiza por la soledad, suponiendo que ella los veía desde el porche observándola limpiar el viejo patio.

Realmente era una mujer extraña, hasta parecía tener doble personalidad; cuando salía, vestía correctamente, saludaba con amabilidad y siempre tenía una sonrisa en los labios, en su casa usaba viejos batones raídos y turbantes en la cabeza.

Su hogar de niña no había sido lo que puede decirse feliz; una madre absorbente y severa y un padre dominado que cumplía como un soldado los mandatos de su mujer y que de cuando en cuando bebía demás para sentirse persona y provocaba algún escandalete que su mujer sofocaba con un baldazo de agua fría.

Francisco, su hermano, le llevaba seis años y casi no existía en la casa, salía muy temprano y a veces no regresaba por varios días o lo hacía cuando todos dormían.

Cuentan que muy jovencita tuvo un gran amor, que cuando la embarazó huyó para siempre; su madre se ocupó del aborto llevándola a tirones a una vieja curandera de un cercano pueblo.

A pesar del rechazo que sentía por esos dos seres que la procrearon, no sabía vivir sin ellos, fue siempre una niña-mujer muy oscura, sin decisiones propias y llena de prejuicios sin sentido.

Mientras sus padres vivieron parecía ser muda, solo emitía monosílabos y jamás se le dio la oportunidad de pensar más allá de los pensamientos de su madre. Diez años atrás falleció su padre, nunca se pudo saber del todo cual era su enfermedad, duró poco y cuando su mujer llamó a la urgencia, ya solo le quedaban horas de vida; el certificado de defunción decía “ Muerte natural” y nadie se ocupó de estudiar el mal que lo había llevado a la muerte.

Cinco años más tarde enfermó la anciana madre y falleció en pocos días; debieron intervenir los vecinos porque su hija solo la atendía cambiándole las sábanas orinadas y dándole de comer sin llamar médico ni pedir ayuda. Declararon una especie de leucemia galopante y todo quedó ahí; a nadie le interesaba del todo conocer cual había sido la patología real que la llevó a la muerte.

 

                                                                                                   Su hermano Francisco, que había partido hacia Estados Unidos antes de la muerte de su padre, hizo fortuna, formó una familia y como realmente sentía pena por su insignificante hermana, le mandaba dinero para que pudiera vivir.

Agustina cambió bastante luego de la muerte de sus padres, salía más, iba al mercado y a veces solía conversar con algún vecino sobre las malditas pero inexistentes palomas que le ensuciaban la casa.

Cuando transcurría diciembre del año 98 y las fiestas se acercaban, salió de compras trayendo un hermoso árbol navideño, cosa que jamás había existido en su tétrica casa, compró regalos, pan dulce, turrones y hasta un vestido nuevo bastante moderno. Por la tarde del 24 antes de la Nochebuena y luego de preparar una adornada mesa de navidad y encender las luces intermitentes del arbolito, salió en busca de alguien que la acompañara a festejar por primera vez la navidad.

Caminó por la avenida donde aún quedaba gente comprando regalos para el árbol; una música espantosa le llamó la atención; venía del acordeón de un niño de la calle que intentaba tocar una especie de villancico sin saber lo que era una nota musical, a cambio de monedas que la gente le dejaba en un viejo plato de lata puesto a sus pies.

Agustina se detuvo y colocó un billete de diez pesos delante del niño que abrió sus ojos inmensos como no pudiéndolo creer; ante el agradecimiento del moreno pordiosero, Agustina se agachó a su lado y le dijo sonriente:

- ¿Te gustaría tener una navidad de verdad?

El niño respondió alegremente:

-          Seguro, y con árbol y pan dulce!…

                 La mujer lo observó con tristeza y continuó diciendo

                   -  Ven conmigo, yo también estoy sola y he preparado todo lo que se necesita para una Nochebuena  feliz.

Cuando llegaron al departamento, el chico no podía creer lo que estaba viendo, todo preparado como para una gran familia y el árbol lleno de regalos.

- Y si estás sola, ¿para qué hiciste todo esto y para quién tantos regalos? Pregunto asombrado.

- Para vos, todo para vos; sufrís mucho ¿no? acotó la mujer.

Con gran alegría el muchachito exclamó: - nunca pensé que hubiera gente tan buena.

Ambos festejaron como si realmente hubiese una familia completa, aquella calurosa noche del 24 de diciembre.

El niño comió con gran avidez, como empujando con desesperación la comida con las manos.

                                                                                                

A las 12 se abrieron los regalos que era una cantidad de cosas que el niño jamás hubiese soñado tener, todo para él, era como un milagro de Navidad. Pero de pronto comenzó a ver como una especie de neblina a su alrededor, sus oídos dejaron de escuchar la música del arbolito y se desplomó sobre el suelo colmado de regalos muy armados con papeles brillantes y moños de colores.

Agustina sonrió y le acarició la cabeza tiernamente: - es mejor así ¿sabés? No vas a sufrir más, fuiste feliz después de toda ésta hermosa navidad que yo te regalé y que jamás hubieras vuelto a tener ¿verdad?

Supe al poco tiempo que la loca de las palomas fue encerrada en la prisión del manicomio, culpable según se investigó, de la muerte de sus padres por envenenamiento y ahora del pequeño acordeonista callejero.

En la celda del manicomio, los guardias suelen oír varias veces al día:

-¡ Fuera, fuera de aquí! “Mamá te amo, papá ya voy”





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