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Rde
Rosemberg
Elisa
La
loca de las Palomas
Conocí poco a Agustina
a quien llamaban la
loca de las palomas, pero sé lo suficiente como para contar
su historia de vida y su oscuro final.
Vivía
en un viejo departamento de San Telmo completamente sola,
del dinero que le enviaba su hermano que residía en Estados
Unidos y había hecho fortuna.
Tan
solitarios eran sus días que cuentan que solía barrer cinco
veces el patio, gritar ¡fuera, fuera de aquí! supuestamente
a las palomas que ni siquiera se posaban en ese lugar y a
momentos se la oía decir: Mamá te amo o Ya voy papá. Ambos
habían muerto muchos años atrás y los vecinos atribuían todo
a su mente enfermiza por la soledad, suponiendo que ella los
veía desde el porche observándola limpiar el viejo patio.
Realmente
era una mujer extraña, hasta parecía tener doble personalidad;
cuando salía, vestía correctamente, saludaba con amabilidad
y siempre tenía una sonrisa en los labios, en su casa usaba
viejos batones raídos y turbantes en la cabeza.
Su
hogar de niña no había sido lo que puede decirse feliz; una
madre absorbente y severa y un padre dominado que cumplía
como un soldado los mandatos de su mujer y que de cuando en
cuando bebía demás para sentirse persona y provocaba algún
escandalete que su mujer sofocaba con un baldazo de agua fría.
Francisco,
su hermano, le llevaba seis años y casi no existía en la casa,
salía muy temprano y a veces no regresaba por varios días
o lo hacía cuando todos dormían.
Cuentan
que muy jovencita tuvo un gran amor, que cuando la embarazó
huyó para siempre; su madre se ocupó del aborto llevándola
a tirones a una vieja curandera de un cercano pueblo.
A
pesar del rechazo que sentía por esos dos seres que la procrearon,
no sabía vivir sin ellos, fue siempre una niña-mujer muy oscura,
sin decisiones propias y llena de prejuicios sin sentido.
Mientras
sus padres vivieron parecía ser muda, solo emitía monosílabos
y jamás se le dio la oportunidad de pensar más allá de los
pensamientos de su madre. Diez años atrás falleció su padre,
nunca se pudo saber del todo cual era su enfermedad, duró
poco y cuando su mujer llamó a la urgencia, ya solo le quedaban
horas de vida; el certificado de defunción decía Muerte
natural y nadie se ocupó de estudiar el mal que lo había
llevado a la muerte.
Cinco
años más tarde enfermó la anciana madre y falleció en pocos
días; debieron intervenir los vecinos porque su hija solo
la atendía cambiándole las sábanas orinadas y dándole de comer
sin llamar médico ni pedir ayuda. Declararon una especie de
leucemia galopante y todo quedó ahí; a nadie le interesaba
del todo conocer cual había sido la patología real que la
llevó a la muerte.
Su hermano Francisco, que había partido hacia Estados
Unidos antes de la muerte de su padre, hizo fortuna, formó
una familia y como realmente sentía pena por su insignificante
hermana, le mandaba dinero para que pudiera vivir.
Agustina
cambió bastante luego de la muerte de sus padres, salía más,
iba al mercado y a veces solía conversar con algún vecino
sobre las malditas pero inexistentes palomas que le ensuciaban
la casa.
Cuando
transcurría diciembre del año 98 y las fiestas se acercaban,
salió de compras trayendo un hermoso árbol navideño, cosa
que jamás había existido en su tétrica casa, compró regalos,
pan dulce, turrones y hasta un vestido nuevo bastante moderno.
Por la tarde del 24 antes de la Nochebuena y luego de preparar
una adornada mesa de navidad y encender las luces intermitentes
del arbolito, salió en busca de alguien que la acompañara
a festejar por primera vez la navidad.
Caminó
por la avenida donde aún quedaba gente comprando regalos para
el árbol; una música espantosa le llamó la atención; venía
del acordeón de un niño de la calle que intentaba tocar una
especie de villancico sin saber lo que era una nota musical,
a cambio de monedas que la gente le dejaba en un viejo plato
de lata puesto a sus pies.
Agustina
se detuvo y colocó un billete de diez pesos delante del niño
que abrió sus ojos inmensos como no pudiéndolo creer; ante
el agradecimiento del moreno pordiosero, Agustina se agachó
a su lado y le dijo sonriente:
-
¿Te gustaría tener una navidad de verdad?
El
niño respondió alegremente:
-
Seguro, y con árbol y pan dulce!
La mujer lo observó con tristeza
y continuó diciendo
-
Ven conmigo, yo también estoy sola y he preparado todo
lo que se necesita para una Nochebuena
feliz.
Cuando
llegaron al departamento, el chico no podía creer lo que estaba
viendo, todo preparado como para una gran familia y el árbol
lleno de regalos.
-
Y si estás sola, ¿para qué hiciste todo esto y para quién
tantos regalos? Pregunto asombrado.
-
Para vos, todo para vos; sufrís mucho ¿no? acotó la mujer.
Con
gran alegría el muchachito exclamó: - nunca pensé que hubiera
gente tan buena.
Ambos
festejaron como si realmente hubiese una familia completa,
aquella calurosa noche del 24 de diciembre.
El
niño comió con gran avidez, como empujando con desesperación
la comida con las manos.
A
las 12 se abrieron los regalos que era una cantidad de cosas
que el niño jamás hubiese soñado tener, todo para él, era
como un milagro de Navidad. Pero de pronto comenzó a ver como
una especie de neblina a su alrededor, sus oídos dejaron de
escuchar la música del arbolito y se desplomó sobre el suelo
colmado de regalos muy armados con papeles brillantes y moños
de colores.
Agustina
sonrió y le acarició la cabeza tiernamente: - es mejor así
¿sabés? No vas a sufrir más, fuiste feliz después de toda
ésta hermosa navidad que yo te regalé y que jamás hubieras
vuelto a tener ¿verdad?
Supe
al poco tiempo que la loca de las palomas fue encerrada en
la prisión del manicomio, culpable según se investigó, de
la muerte de sus padres por envenenamiento y ahora del pequeño
acordeonista callejero.
En
la celda del manicomio, los guardias suelen oír varias veces
al día:
-¡
Fuera, fuera de aquí! Mamá te amo, papá ya voy

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