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Bolivia: la complejidad del
cambio y la dimensión popular y
plurinacional
Luismi
Uharte*
Barómetro Internacional
Fue René Zavaleta Mercado,
el intelectual crítico más
relevante del siglo XX
boliviano, quien a través de un
análisis marxista heterodoxo,
nos proporcionó una
caracterización precisa de la
potencialidad hegemónica y de la
complejidad de lo
'nacional-popular' en Bolivia.
La Revolución de 1952 fue el
primer ensayo serio de llevar a
la práctica un proyecto
'nacional-popular'. La
Revolución 'democrática y
cultural' liderada por Evo
Morales está siendo el segundo
intento, desde una nueva
perspectiva plurinacional.
Autores más contemporáneos, como
García Linera, han redefinido la
dimensión 'nacional-popular'
para adecuarla a los nuevos
tiempos, otorgándole centralidad
-pero no exclusividad- a las
mayorías indígenas y en
consecuencia a la dimensión
plurinacional. Esto significa
que la potencialidad hegemónica
de un proyecto de cambio radica
en la capacidad de articular el
relato indigenista con una
dimensión de clase. Los
proyectos exclusivamente
indigenistas o clasistas han
fracasado, como recuerda el
antropólogo Xavier Albó.
Las victorias electorales de Evo
son la mejor expresión de la
legitimidad de un proyecto
incluyente de sustrato popular y
plurinacional. Sin embargo, un
bloque de estas características
no está exento de
contradicciones y de intereses
contrapuestos. Durante la etapa
de oposición al neoliberalismo e
incluso durante el primer
periodo de gobierno, el
conflicto fundamental se dio
entre el bloque emergente y el
proyecto oligárquico-imperial,
por lo que las contradicciones
internas se situaron en un
segundo plano. La insurrección
oligárquica y racista facilitó
la unidad popular.
Pero es a partir de 2010, con el
inicio del segundo mandato de
Evo Morales y el repliegue de la
derecha tras su derrota
estrepitosa, cuando los
conflictos internos pasan a
ocupar un lugar central. Las
reivindicaciones de autonomía
indígena en el Oriente, las
diversas movilizaciones contra
las consecuencias sociales y
ambientales del modelo
extractivista (hidrocarburos y
minería), los estallidos de
Caranavi y Potosí y el
gasolinazo (intento de subir el
precio de la gasolina para
frenar el contrabando) de fines
de 2010, son algunos de los más
importantes.
La lectura compartida por
diversos sectores era que Evo y
el MAS, tras su aplastante
victoria electoral de diciembre
de 2009, habían adoptado una
postura extremadamente soberbia
que generó una manejo
marcadamente autoritario de
diversas reivindicaciones
populares. La elección a dedo de
los candidatos a las municipales
de abril de 2010, sin respetar
la decisión de las bases,
provocó una fractura con aliados
importantes y la derrota en
bastiones históricos.
El análisis positivo que se
desprendía de estos
acontecimientos era que la
sociedad y sus movimientos
seguían teniendo una gran
capacidad de movilización y de
presión para condicionar la vida
política e incluso para obligar
al gobierno a cambiar de rumbo.
Otro aspecto positivo era que el
gobierno y su presidente
aceptaban públicamente sus
equivocaciones, como ocurrió con
la retirada del decreto del 'gasolinazo'.
El reciente conflicto del TIPNIS,
donde diversos sectores se
enfrentan en torno al proyecto
de construcción de una
carretera, que uniría los
departamentos de Cochabamba y el
Beni y que afectaría a un parque
nacional y territorio indígena,
es el último episodio de la
actual pugna interna. Una pugna
que no se reduce a la ecuación
simplista 'movimientos VS
gobierno', ya que hay
organizaciones sociales que
apoyan este proyecto del
Ejecutivo.
Un proyecto que tampoco se puede
traducir como una mera concesión
de Bolivia a los intereses
comerciales del capitalismo
brasileño y subordinado a la
lógica del IIRSA (Iniciativa
para la Integración de la
Infraestructura Regional
Suramericana). Esto es así, en
parte, pero va acompañado
también de una demanda social
mayoritaria de infraestructuras
viarias, eléctricas, etc. La
complejidad radica en intentar
conjugar estas exigencias de
'desarrollo tradicional' con las
necesarias demandas de corte
ambientalista.
La realidad se complejiza aún
más si somos conscientes de la
heterogeneidad existente dentro
del movimiento indígena y de sus
intereses contrapuestos. Las
necesidades y los horizontes de
un indígena de una comunidad del
Amazonas, de un indígena
cocalero del Chapare o de un
indígena urbano de El Alto,
difieren sustancialmente, de la
misma manera que no convergen a
veces los planteamientos de la
Confederación de Pueblos
Indígenas del Oriente, de los de
la Federación del Trópico de
Cochabamba o de los de las
Juntas Vecinas de El Alto.
Una de las ciudades más grandes
del país, El Alto, con más de un
80% de su población de origen
indígena aymara, es la expresión
más evidente del actual momento
cultural caracterizado por las
'identidades híbridas', donde se
combinan mentalidades y
prácticas rurales y urbanas. Los
horizontes se reconfiguran y la
organización comunitaria propia
del medio rural subsiste junto a
demandas más urbanas que
reclaman luz, agua corriente,
gas, carreteras, etc. Los
discursos de corte
'desarrollista' de Evo Morales
-el de cierre de campaña de 2009
al que pudimos asistir, fue
paradigmático- son un espejo de
esta realidad sociológica
incontestable.
El desafío estratégico del
gobierno, a corto y medio plazo,
más allá del conflicto concreto
del TIPNIS, será intentar
mantener ese equilibrio siempre
precario entre los avances en
clave de 'desarrollo' y las
promesas de defensa de la
Pachamama. Paralelamente,
diversos agentes le plantean un
cambio de metodología política:
reducir al mínimo las
tentaciones de represión,
criminalización e imposición y
darle mayor énfasis a la vía de
la negociación y la
participación ciudadana. La
reciente declaración del parque
TIPNIS como "zona intangible",
la cancelación del tramo II de
la carretera proyectada y la
reapertura de negociaciones
directas con los marchistas
indígenas sería un giro positivo
en este sentido.
*Sociólogo
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