El amasijo
Grandes Rebajas Por Fin de Temporada
Por: John Argerich
(Donde se habla de que al dorima lo inventaron para formar)
Creo que alguna vez les relaté unos pensamientos profundos, con que sabía
sacudirnos la pensadora el Arturito Masetta, primo hermano de mi cuñada
Esther. Un loco que con cualquier excusa se ponía a distribuir tarjetas de
visita perfumadas, que lo presentaban como cantor de tangos y recitador
profesional. Siempre bien empilchado, de traje azul marino a rayitas blancas.
Y el lope era una viaba de Brillantina peinada a la cachetada, como decíamos
antes. Pintón, el loco, y siempre escarbadiente en boca, silbando un tango
inmortal, como símbolo de estatus.
“¿Cómo hacía para no perder el ritmo, con cada rempujón de la luenga?” -de
fija dirán ustedes.
Pero la verdad de la milanesa, no tengo respuesta a su inquietud, porque ése
hasta el día de hoy es un misterio. Y el loco disfrutaba sus mejores momentos
cuando mi barra de tíos, primos y demás deudos caía al jagüel con la seca del
día 5. No por falta de agua, entendámonos, que esa porquería sólo la toman los
giles, sino por falta de vino. ¿Imprevisión? No, señores. Mala pata en la
prospectiva, por no haber llegado a tiempo los mangos salvatierra con que el
Social premia nuestra virtud. Y si el dueño de casa -nunca elegido al azar-
andaba medio forrado, el paisanaje iba al grano, hasta ponerse al día. Que
novedades de mesejante calibre al gran público no se le pasan por alto.
-¡Pase otra vuelta ‘e tinto, paisano!
-Y a mí acérqueme esa botellita ‘e cerveza Quilmes, que está pidiendo guerra a
gritos, desde el armario.
Al acabarse el chupi, la fiesta seguía en el Bar Salsipuedes, donde daban
crédito empeñando alguna cosita. Entonces el Arturo abría la boca, llenando el
salón con la nostalgia de una lágrima largamente contenida. Porque el coso no
servía para ningún laburo conocido, pero para deschavarse con el gotán, era
mandado a hacer. Siempre un tema oportuno, siempre una letra que te dejaba
pensando en nuestras vidas.
“Liquidación por traslado,
casa en Flores se remata,
-empezó a cantar, tras un rato de suspenso-
algunos pasan por Merlo
cuando van a Mar del Plata.
Y desde la popu, la muchachada hacía coro:
Duraznos al natural,
¡qué calor hace en verano!
Si queda otro litro e’vino
¡no lo amarroque, paisano!
Es bien cierto que ese tipo de letra poco
aportaba al discurso social, pero así salió. Como una invitación al diálogo,
porque el que más, el que menos, todos habían pasado los 50, debutando en la
edad del paganini, versión I y versión II. Expliquémonos: El formador
voluntario, o una especie compulsiva que despertaba la solidaridad de los
colegas, aunque nadie se animara a exteriorizarla afuera del café. Esperamos
que el relato siguiente aclare conceptos.
Cuando el reloj que estaba atrás del mostrador marcó las seis de la tarde, el
ambiente del bar “Las Flores” acusó un impacto. Es que caminado de costado
para que nadie advirtiera su presencia, apareció la Susi Quevedo, cónyuge con
libreta del Torcuato Mingorance. Un kilo de hembra cuando no se la conocía
bien, pero temible ejemplar del sexo opuesto, apenas pisaba firme.
-Hola, chuchi -dijo el dorima -Qué hacés por acá?
-¿Qué hago por acá? -repuso ella, mientras entrecerraba los ojos en un gesto
que, mirándolo bien, tenía amenazas de nivel apocalíptico.
-Si, querida...
-Mirá idiota: Vengo reventada de hacer compras, y no se encuentra un taxi ni
para remedio, mientras vos dejaste el coche en la vedera, para hablar de
bueyes perdidos con esta manga de boludos. ¿No tenés un cachito de solidaridad
con la madre de tus hijos? ¿No tenés vergüenza, decime? ¡Qué disgusto, si te
viera mi mamá!
-No te tomés las cosas tan a pecho, querida. Apenas me bajé un refresquito
para combatir la calor...
-¡Yo te viá dar, refresquito! ¡Lo que estás chupando es vodka!
-¡El mozo debe haberse equivocado de vaso, te lo juro, porque yo sólo tomo
naranjada! Preguntále a cualquiera.
-Mirá Torcuato -dijo ella- el que la hace, la paga. Esta joda te cuesta un
vestido nuevo, con zapatos, cartera y cinturón. Y tenés suerte, porque las
tiendas están regalando todo, por fin de temporada.
-¡Tranqui, vieja, se te va la mano! Te compro ese collarcito que me mostraste
el otro día, y quedamos en paz.
-Un fato así no lo arreglás con chirolas, che.
-El vestido y los zapatos, entonces, nada más.
-La cartera y el cinturón también, papi, así tu mujercita está linda, para
salir a pasear con un churro como vos.
-¿Y te quedás en el molde, entonces?
-Sí.
-¿Y no rompés más los quinotos cada vez que me encuentro con la barra del
café?
-Te juro por Dios que no.
-Tomá un cincuenta, entonces, y andá nomás.
-¡Pero, pibe! Con esa mosca no voy ni a la esquina, no voy. Hacé las cuentas
en serio, así paso por las tiendas antes de que cierren.
En resumen, al Torcua Mingorance ese desliz le costó la módica suma de ciento
veinte mangos con quince guitas, moneda nacional. Y si la sacó baratieri,
según se mire, fue por las grandes festicholas consumistas para fin de
temporada, que meten progesterona en los accesos al mostrador.
-¡Este modelito es mío, porque yo lo vi primero!
-¡Si serás caradura, vieja sinvergüenza! ¡Hay que joderse, con la gentuza que
viene ahora a los negocios finos!
-¡Auxilio que me roban!...
-¡Largá esa cortina, o te mato, che!
Y cuando las primeras clientas empezaban a tirarse del pelo, comenzaron a
volar sillas y enseres en general. Eso sí, cosas cada vez más grandes, porque
había varios grupito de exaltadas que trabajaban en equipo, arrastrando los
muebles entre tres. Después le llegó el turno al revestimiento de las paredes,
y cuando las clientas estaban por prenderle fuego, apareció un caballero
vestido de azul marino con corbata plateada, empuñando una manguera. El
gerente de la firma, azuzado por la gritería, y alarmado porque visto cómo se
deterioraba la situación, este asunto no era para tomarlo a la ligera. En
otras palabras: De prolongarse la gresca media hora más, el local quedaría en
ruinas. Hacía falta tomar una actitud firme. Y don Ambrosio Piedrabuena era
hombre de carácter.
-¡Bajen las cortinas, y llamen a la comisaría, che...! -exclamó, dirigiéndose
a unos empleados que se protegían a duras penas del respetable público, en las
penumbras de un probador.
-Como Vd. disponga, señor gerente...
En ese momento apareció el Torcuato Mingorance, preocupado por las compras que
estaría haciendo la señora. Y miraba en todas direcciones, sorprendido por el
show. Pero adivinar el pensamiento humano, es un don poco común.
-Ese negro tiene facha de terrorista -dijo el señor gerente- Seguro lo manda
la competencia para dar el golpe de gracia. Agarrelón hasta que llegue la
autoridad.
De tal forma el Tocua acabó atado de pies y menos, con un trapo metido en la
boca, para que no pudiera dirigir nuevos desmanes. Lo que ocurrió más tarde,
es un epílogo fácil de imaginar. Cana, celular, calabozo, y juicio oral.
-Diez años, a pan y agua -dijo el juez.
Así comenzó la vida de penado del Torcuato Mingorance.
-Pobre morocho... -decían los amigos del café- La verdad, tenía sus cosas,
pero tan peligroso no lo habíamos imaginado.
Entonces se oyó la voz de la experiencia.
-Hubiera puesto una luca sobre la mesa, cuando la señora empezó a quejarse
-razonó un paisano que chupaba de invitación- Hasta el más salame se daba
cuenta de que no había escapatoria. Al dorima lo inventaron para formar.
THE END
Copyright: John Argerich, 2009
All rights reserved.
corrmalmo@hotmail.com
La serie quincenal “El amasijo”se publica regularmente en medios virtuales e
impresos, de diez países. |
|