|
Vivir igual de libre que un
trozo de mar
Por Antonio Marín Segovia
La vida es algo que sucede
siempre, aunque uno se empeñe en
quedarse quieto y parloteando
sobre las cosas y asuntos de
otros… Esos otros que tampoco
saben (ni sabrán nunca) bien que
son ellos y para que están aquí
o allá… Y hay, indudablemente,
muchas y absurdas maneras de
permanecer estático, paralizado:
hablar constantemente, practicar
todo tipo de "deportes",
reunirse con todo tipo de
corteses y afables imbéciles;
participar, con indolente
pasión, en todo tipo de
desconcertantes seminarios,
conferencias, congresos,
reuniones…; aproximarnos lenta y
sigilosamente, a las curvas
dulces de una encantadora y
sonriente dama, contenedor
primero de todos nuestros
anhelos y final obligado de
nuestras bajas y oscuras
pasiones, tan salvajes como el
silencio que precede a un beso
sincero…
Todo el presente catálogo de
frenéticas actividades humanas,
son siempre excusas inoportunas
e inútiles, banales argumentos
que sirven para aceptar y ser
plenamente consciente de que la
vida no precisa de espejos,
pizarras o plazas para que
podamos coincidir, sentirnos
unidos y proyectados en una
comunión íntima y amable. Es
verdad que para vivir no
precisamos del espejo, el
aplauso o la alabanza, mientras
sepamos y deseemos escribir
nuestros nombres y dibujar
nuestros sueños en otros ojos,
en otras sonrisas…
La vida que realmente vive en el
presente, no necesita de teorías
ni de formulas matemáticas para
ser compartida con uno, con
otros. La vida no exige sueños
heroicos o procesiones
multitudinarias. Tampoco hace
falta que la vida coloque su
corazón en el centro de una
bandera o encierre a su amor
amado en la torre de un castillo
para poder seguir viviendo igual
de libre que un trozo de mar…
Y el mundo, que en realidad es
igual en todo que tu mirada (la
misma mirada, los mismos ojos
que ahora mismo recorren estos
signos), tiene la misma, la
exacta forma y sabor que tu
cuerpo, que tu respiración, que
tus sueños, que tus silencios
llenos de sol y mar…
No te preocupes tanto por
salvarme, por convencerte de que
necesitamos reír juntos al caer
la noche, al despertarnos, al
encontrarnos inesperada y
casualmente. La vida sigue y el
mundo es igual de grande que tu
corazón, aunque no tengamos la
necesidad de anunciarlo a los
cuatro vientos . Todo sigue su
camino, todo sigue girando,
bailando, con una cadencia
perfecta y musical. Todo lo
verdadero (que es siempre
pequeño, lento y casi
invisible), sigue latiendo,
ajeno a nuestros deseos, a
nuestro afán por sentirnos, por
querernos como el centro, como
el fruto necesario y magnífico
de todas las nadas, esas nadas
que han renunciado a ser ángel o
niño.
Querida mía: el mundo, la vida,
las noches y los días siguen
viviendo hasta cuando exhalamos
nuestro último suspiro o
procedemos a mutar en sol o en
ceniza nueva, en grito o en
naufragio colectivo.
Y recuerda, niña mía, que
nosotros somos unos seres muy
simples, unos elementos
rutinarios, condenados a la
velocidad paralizante de las
palabras y las reuniones. Somos
los humanos breves fragmentos
desesperados de un domingo
olvidado, siempre empeñados,
empecinados en ignorar, en
ocultar nuestro insignificante
tamaño, nuestra escasa y
miserable altura. No debemos
ocultar que todos los que
estamos aquí, somos hijos de un
Dios desconocido, de una Mirada
que no tiene prisa en darnos su
mano, en abrazarnos con ternura,
mientras pronuncia nuestro
verdadero nombre…
Gentileza:: marsegan@hotmail.com
nadigital
|