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La recompensa
 
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Félix Pita Rodríguez
Los ojos de Marta se clavaron en
el cuerpecito arrugado y
empequeñecido por la fiebre.
¿Dónde estaría aquella bolita
que corría por dentro y era el
mal? Nicolasa había vuelto a
ponerle en el costado la mano
grande y obscura, como quemada.
-Cuando el mal se encarama por
encima se en la enjundia de las
costillas, ya una no tiene
fuerzas para atajarlo, Marta.
Eso es lo que pasa.
-¿Y ya le va por ahí?
-Tócale aquí y lo sentirás.
-¿Dónde?
-Aquí, por el filo de las
costillas. Es como una bolita
que se mueve.
-Yo no la siento. Pero debe ser
la ignorancia, Nicolasa.
-Eso debe ser.
Volvió a apoyar el índice,
levantándolo un poco para que la
uña sucia no se le hundiera en
la piel de la niña, pero la
bolita del mal se deslizaba,
negándosele.
-No, no la siento.
-No importa. Ahí está subiendo.
Se agarra a las costillas para
llegar al corazón.
-¿Eso quiere decir que se va a
morir?
-Pudiera ser... A veces se para
antes de llegar y se hace un
grano empuja la piel y revienta.
Pero a veces... Si me hubieras
llamado un poco antes.
-Yo no podía saber.
-Claro, claro.
Nicolasa se incorporó,
separándose del catre, y Marta
sintió que se quedaba sola. Los
pensamientos de diez días con
sus noches le atravesaron los
labios en un susurro
desesperado.
-Si Martica se muere. Francisco
no va a comprender.
Lo dijo caminando hacia la
puerta abierta. Un pedazo de la
ciénaga estaba al otro lado, con
su color triste, angustiador. El
pensamiento de Marta resbalaba
por los lodazales, corría.
Francisco estaba allá, en la
islita, después de pasar el mar.
Estaba allá, pensando en Martica
y quería que viviera. No iba a
comprender aquello de la bolita
que subía para llegar al
corazón. La negra Nicolasa se
apoyó en el marco de la puerta
torcida.
-Tal vez si la llevaras a La
Habana, Marta.
-¿A dónde?
-A La Habana. A veces los
médicos pueden.
-Pero La Habana está muy lejos,
Nicolasa.
Lo dijo de un modo que Nicolasa
comprendió. La tierra enferma de
la ciénega no terminaba nunca. Y
La Habana estaba al otro lado de
ese nunca, que era como el otro
lado del mundo.
Es verdad, cuesta mucho.
Nicolasa sacudió la cabeza como
un árbol al que ya no le queda
ninguna hoja que dejar caer.
-Francisco no podrá comprender,
Nicolasa.
-Ni Francisco ni nadie, Marta.
Eso no es cosa de Dios.
Los ojos de Marta se escaparon
otra vez por la ciénega enorme.
Allí estaba el mar, donde las
nubes parecían bajar un poco. Y
al otro lado, pero hacía falta
un barco para llegar, la islita
y la prisión.
-Cuando Francisco cumpla y
venga, la buscará. Yo lo
conozco. Y una carta no le
bastará para comprender.
-¿Cuánto le falta, Marta?
-Ocho años, como los que tiene
Martica ahora. Es mucho tiempo.
Nicolasa.
-Mucho tiempo.
La negra Nicolasa se quedó
mirando por encima de los
fangales interminables de la
ciénaga, como si quisiera ver a
Francisco al otro lado.
-A los que se portan bien les
perdonan un tiempo, Marta.
Quería consolarla con aquello,
pero ella sabía que de nada
podía servir, porque Martica
estaba a su espalda, con la
bolita del mal subiendo, su
biendo.
-Por mucho que le perdonen,
Nicolasa.
-No desesperes. Lo último que se
pierde es la esperanza.
-Pero cuando se pierde...
Martica gimió en el camastro y
Marta se volvió con su miedo que
no era el de siempre. Nicolasa
lo vio como se ve la luz del
sol.
-No tengas miedo. Si eso pasa,
no será hoy.
La muerte estaba allí otra vez.
Se había retirado un instante,
pero volvía por la ciénaga,
desde muy lejos, desde su
extraña casa de tinieblas.
-Yo me cambiaría por ella a
causa de Francisco.
No sabía decir hasta qué punto
Francisco quería a su hija.
Nicolasa quiso aliviar.
-Si eso pasa, Francisco sabrá
cerrar los ojos y aguantar.
-No, Nicolasa. Otras cosas,
pudiera ser, pero llegar y no
ver a Martica, eso es distinto.
-Sabrá. Marta.
No respondió. Un pulgar ancho y
sucio había encontrado el
consuelo de un desgarrón en el
vestido y giraba allá dentro.
-Te vas a romper el vestido. No
te pongas nerviosa.
-¿Eh. .. ? Sí... No sé lo que
hago.
-Me doy cuenta, Marta.
Nicolasa quería consolar. Marta
estaba junto a ella, como ella
perdida en el fangal enorme de
la ciénaga, como ella pequeña y
chupada por la soledad. También
Cleofé, su marido, era
carbonero. También ella sabía
que cada sol viene más triste
que el otro. Y eso va pesando
sobre el corazón.
-Si la pudieras llevar a La
Habana, Marta.
-Pero ¿cómo? ¿No ves?
Su mano fue hacia el interior
del bohío y toda la tristeza
obscura del catre de Martica, de
las sillas rotas, de la alacena
claveteada, de la tierra dura
del piso, del tinajón, de la
mesa coja estaba en su gesto
desfallecido. Nicolasa no miró.
-Yo decía si pudieras.
-Si pudiera... Pero La Habana.
-Es verdad.
La ciénaga se iba, se iba por el
horizonte. El mar estaba al otro
lado, y la islita, con su
prisión como una semilla en el
medio, estaba al otro lado. Y La
Habana estaba al otro lado.
-Ten paciencia, Marta.
-Yo quisiera.
Nicolasa sacó de la faltriquera
un tabaco pequeño y aplastado.
Estaba buscando una palabra de
consuelo en aquel mar espeso que
la circundaba y sacó el tabaco
para ayudarse. Lo encendió
apretando los labios.
-Yo no sé, pero la vida.
Quería decir la vieja, la eterna
angustia que estaba ya con el
primer hombre en la caverna
obscura. Pero no pudo.
-Uno nace para morir, Marta.
-Sí, pero morir cuando se está
al final, es claro... Lo que no
puede comprenderse es esto.
Señaló por encima de su hombro,
con el índice curvado, hacia
atrás, hacia la bolita del mal
en el cuerpecito nuevo de
Martica.
-Cuando se murió mi madre, me
dolió, porque siempre duele,
pero comprendí en seguida. Pero
esto, a los ocho años...
La voz se le quebraba, subiendo
y bajando, como si el aliento
que llena las palabras faltase
por momentos.
-Y luego Francisco. Para él,
allá encerrado, Martica es como
el sol, más que el sol.
-Dios nos ayuda a soportar.
Por la vereda, allí delante,
afilado en un relieve extraño
sobre el rojo quemado de la
ciénaga, un jinete aparecía y
desaparecía. La tarde era tan
quieta en su luz, que el humo
del tabaco quedaba tras él en
nubes fijas, que prolongaban la
vida en el vacío tan singular
del mundo. La voz vibró contra
los últimos rayos del sol.
-¡Adiós, Marta! ¿Cómo están por
acá?
-Como Dios quiere, Servando.
La voz de Marta se rompió en el
esfuerzo por alcanzar al jinete,
que ya traspasaba los mangles,
perdiéndose.
-Allá va Servando -la voz de
Nicolasa parecía añorar
cualquier cosa lejana-. Allá va
Servando: ése tuvo suerte.
Había tal vez un poco de
reproche y otro poco de dolor,
porque aquella muerte que
aguardaba en el bohío el momento
de caminar el mínimo espacio que
mediaba entre las costillas de
Martica y su pequeño corazón, le
hacía sentir a todo el mundo
como deudor.
-¡Sí, Servando tuvo suerte! Por
encontrar entre los mangles a un
fugado del presidio le dieron
más dinero del que había visto
junto en su vida.
-Es verdad.
-Claro que yo no sé... Poner el
puente para que los rurales
agarren al que va huyendo...
Nicolasa apagó el tabaco contra
el paral y lo insertó con
movimiento brusco tras la oreja.
-Bueno, Marta, tengo que
aprovechar el poco claro que
queda. Llovió en vuelta de casa
y hay un fangal. Si te parece
que Martica va mal, date un
salto y búscame.
-Está bien.
Nicolasa se alejaba ya con su
paso triste sobre el fondo de la
vereda.
Cuando dio la espalda a la
ciénaga y sus ojos tropezaron de
nuevo con la tristeza obscura
del catre de Martica, sintió la
soledad.
-¿Cómo estás, mi niña?
Un silbido resbaladizo y pobre
le respondió. La niña peleaba
con la muerte. Pero Marta estaba
tan sola, tan indefensa, que no
podía medir su dolor. El tinajón
vacío le agarró el pensamiento.
-¡Válgame Dios, no hay agua! Y
la tarde acabándose.
Quiso haberse equivocado y se
acercó para mirar al fondo del
tinajón. Un pedacito de luz del
tamaño de una moneda brillaba en
la oquedad.
-Tengo que ir. Menos mal que el
mar está tranquilo.
Cuando se sentó en el bote
crujiente y sus manos comenzaron
a impulsar los remos, el agua le
hizo bien. Muchas veces, sin
saberlo, el mar le había hecho
bien así. Empujó con el pie el
barrilito para que no lo
sacudiera el vaivén. El
manantial estaba a dos
kilómetros, muy cerca de la
costa. Eso hacía al agua
salobre. Pero no había otra.
Remaba.
Remaba, pero no se alejaba del
bohío, no podía alejarse del
catre donde Martica peleaba con
la muerte. Veía a Francisco de
pie junto al vacío inexplicable.
Y se veía tratando de
justificar. "Francisco, yo no
quería. Nicolasa vino. El
corazón se me partía. Yo pensaba
en ti más que en mí misma. Más
que en ella que se estaba
muriendo. Pero no podía hacer
nada. La bolita del mar iba
subiendo. Nicolasa dijo que en
La Habana tal vez. Pero piensa,
¡en La Habana! Yo trataba de
hacer que el mal esperara hasta
que tú llegaras, pero no pudo
ser".
La ciénaga cruzaba a su derecha,
en una línea irregular de
mangles terrosos, de tierras
requemadas, solitarias. El bote
avanzaba, pero Marta parecía no
estar en él. El barrilito vacío
se movió y el pie de Marta lo
llevó a su sitio sin que mediara
el pensamiento. Estaba cruzando,
frente a la ensenada, ya para
llegar al manantial, cuando vio
al hombre.
-Es un preso.
La voz le resonó dentro, como
doliendo.
La silueta azul había saltado
entre los mangles,
desapareciendo en seguida. Pero
ella le había visto. Aquella
ropa bastaba verla una vez para
no olvidarla nunca. Miró sin
dejar de remar. Entre el rojo
triste del manglar lo vio (le
nuevo deslizándose.
"¡Pobre! Si los de la rural le
están siguiendo, debe ser duro
para él. Si se le ocurriera
meterse por el manglar hacia el
arroyo, a lo mejor podía
esconderse en las cuevas. Allí
se metió el Hurón y la rural le
perdió el rastro. ¡Ojalá que lo
hiciera!"
La ensenada quedó atrás. Un
cordel más abajo estaba ya el
manantial. El barrilito volvió a
moverse, oprimiéndole un pie.
"Francisco me dice que cuando
salga, ya Martica será una
mujer. Y que eso va a ser muy
extraño para él. Yo no sé lo que
voy a decirle. ¡Ojalá que al
preso se le ocurra meterse por
el manglar y encuentre las
cuevas! ¿Y si la bolita se
parara, como dijo Nicolasa, y se
hiciera un grano para reventar?
No quiero pensar en eso. Además,
Nicolasa lo dijo para consolar."
La mano derecha se inmovilizó y
la izquierda impulsó el remo
para ganar la orilla. El bote
crujió acostando. Marta iba a
levantar el barrilito, cuando
vio a los soldados. Desde lejos
le hablaron.
-¡Eh, tú! ¿No has visto a nadie
por acá? ¿A un preso?
Iba a responder, cuando la voz
de Nicolasa le llegó otra vez
desde la puerta del bohío: "Allá
va Servando... Ese tuvo suerte.
Por encontrar entre los mangles
a un fugado del presidio le
dieron más dinero del que había
visto junto en su vida".
-¿Estás sorda?
-¿Eh... ? Sí, sí. Ya estaba
oyendo: ¿Qué decía?
-Que si no has visto a un preso
por aquí. Uno que se fugó.
La voz de Nicolasa volvía,
volvía. "Ese tuvo suerte. Por
encontrar a un preso en el
manglar"... Francisco se metía
ahora entre el rural y ella,
como si estuviera parado en la
roca, con su ropa azul, igual a
la del que se arrastraba por el
fango de la ciénaga. "Quiero
salir de aquí para ver a Martica.
Cuando eso pase, ella será una
mujer y me va a resultar
extraño, pero vivo pensándolo."
El rural se cruzaba el correaje,
esperando. "Por encontrar a un
preso en el manglar y decirlo,
le dieron a Servando más dinero
del que viera junto en su vida."
Volvía la voz de Nicolasa como
de otro mundo. "Si la llevaras a
La Habana, tal vez." La bolita
del mal iba subiendo y Francisco
no podría comprender... Marta
dejó los remos y cargó el
barrilito para saltar a la
orilla cenagosa. El rural estaba
esperando. Marta veía al hombre
arrastrándose y veía el catre
sucio con Martica en el medio, y
oía la voz de Nicolasa. "Si la
llevaras a La Habana, tal vez."
La mirada subió despacio por la
piedra que hacía pedestal al
soldado. A Servando le habían
dado más dinero del que viera
junto en su vida. Y Francisco no
iba a comprender.
-¿Es verdad que al que lo dice
le dan dinero?
La voz fría del rural le rayó
encima, como una lluvia.
-Es verdad. La recompensa. Si lo
sabes, te conviene hablar.
Marta sintió igual que aquella
vez en el bautizo de Martica,
cuando se había bebido cuatro
copas de moscatel: un frío que
le subía desde muy adentro del
estómago y una repugnancia
angustiosa. El soldado esperaba,
tan extraño así, en la altura de
la roca. Marta dejó el barril
sobre el fango.
-Vayan por la orilla, y cuando
lleguen a la ensenada, den, la
vuelta. Está allí, en medio del
manglar.
Al regreso, los remos le pesaban
como si tuvieran piedras en las
puntas. A sus pies, el
barrilito, lleno hasta los
bordes, se balanceaba, pesado,
reflejando las primeras
estrellas.
"Ya deben estar buscándolo entre
los mangles. Él tratará de
arrastrarse para que no lo vean.
Pero no podrá hacer nada, porque
ellos saben y van rodeándolo. No
le diré nada a Francisco. Nadie
tiene por qué saberlo. ¿Cuándo
me darán el dinero? El rural
dijo que en seguida. Tengo que
hacerle una bata a Martica para
llevarla a La Habana. Con el
percal que me dio Severa le
saldrá bonita... Le puedo poner
el entredós que le quité a mi
túnica. ¿Me sobrará dinero para
llevarla al presidio cuando la
cure el médico? Tengo que
ahorrar para que alcance.
Francisco va a estar loco de
alegría. ¿Ya lo habrán
encontrado? Tal vez, como está
obscureciendo pueda burlar a los
rurales. No. El manglar es
chiquito y ya lo rodearon,
seguro. Me darán el dinero.
¡Pobre! ¡Ojalá que se entregue y
no lo maten!"
Los remos le pesaban como si
tuvieran piedras en las puntas.
Fue acostando, porque llegaba.
La cumbrera del bohío salía
entre dos árboles. ¿Se habría
dormido Martica? En aquel
momento cruzó el cielo el
restallar seco de tres disparos.
Las manos se le pusieron frías
sobre los remos.
Le estaba dando el cocimiento a
Martica, cuando sintió el
chapoteo de los caballos en la
vereda. En la noche de la
ciénaga, los ruidos son siempre
como de otro mundo. Pero Marta
supo en seguida que eran los
rurales. Descolgó el quinqué
para llevar la luz afuera. Desde
la puerta los vio entrando por
el trillo, enormes en la mentira
de las sombras. El tercero, lo
vio en seguida, traía al hombre
cruzado en la montura, colgando
en dos pedazos, a un lado y
otro. La voz que la había
hablado desde la piedra, allá
junto al manantial, le llegó de
nuevo.
-Lo agarramos. Estaba metido en
el manglar, pero le dimos la
vuelta, y cuando salió para
huir, tuvimos que tirarle. Ya es
muy tarde. Vamos a pasar la
noche aquí.
Ya estaban desmontando y
cargaban al muerto entre dos.
Cuando entraron en la zona de
luz triste del quinqué, Marta
vio la cara de piedra de
Francisco. Tenía los ojos
abiertos, fijos, desolados, y la
boca torcida y enlodada. Desde
el catre, entre las sombras,
llegó el llanto pequeñito de
Martica
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