|
Todas las cosas tienen tu
voz, clara y lenta
Por Antonio Marín Segovia
Todas las cosas, todos los
objetos tienen un alma, un
corazón más vivo y limpio que
aquel que poseen los animales
humanos. Esto es una verdad
inmutable e indiscutible, ahora
y siempre. Y no hace falta que
ninguna religión o alguna docta
Universidad de rancia
trayectoria, certifique y
difunda oficialmente lo que
algunos hemos descubierto, a
través de nuestros viajes y
derrotas personales.
No es preciso ni conviene
estudiar biología, geología,
geografía, metafísica,
matemáticas o física cuántica y
derecho para intuir que existen
unas leyes internas que rigen la
vida y las relaciones de todas
las cosas con nosotros, esos
seres inferiores, que tanta
palabra y tantos gestos hacemos
a diario para evitar
reconocernos y sentirnos. Es
probable que sí todos los
humanos estuviéramos en completo
y respetuoso silencio durante un
día entero, limitándonos a
mirarnos y a descubrir nuestros
verdaderos anhelos e
intenciones, podríamos descubrir
que estamos hechos de la misma
sustancia que cualquier objeto,
que cualquier caja de cartón o
del abrigo roto que lleva puesto
la joven indigente, esa mujer
que deambula por las calles en
busca de su sombra y de una
limosna.
Seguro que si tuviéramos el
valor de permanecer en silencio
durante todo un día y una noche,
disfrutaríamos para siempre de
la incuestionable y alegre
certeza que afirma saber que no
somos mejores que una piedra o
un puñado de arena marítima. La
vanidad, la codicia, la
violencia, el rencor… dejarían
de ser las leyes humanas
inmutables y crónicas que
dirigen nuestros destinos…
¿Han visto alguna vez a una
montaña compararse con otra o
luchar por obtener un premio o
un ascenso?
¿Y existe algún pájaro que
necesite o reclame recibir
aplausos y elogios del resto de
congéneres para sentirse feliz,
para poder volar libremente?
Es verdad que no hay ningún río
que necesite chismorrear,
injuriar, descalificar,
traicionar o matar a otro río
para poder seguir siendo río,
para poder discurrir en su
lecho…
Para hacerme invisible y
llenarme de energía, procuro
callejear por cualquier ciudad,
sin que me importe llegar a
ningún destino concreto. No hay
prisa ni nadie me espera en
ninguna parte. Hace ya tiempo
que he dejado de tener
expectativas, pues la esperanza
es una enfermedad cruel que nos
conduce a la desolación
permanente, a la tristeza, a
estar casi muerto… Y yo,
únicamente quiero vivir entero,
vivir el hoy, con la mayor
alegría, con el mayor desenfado,
con una ausencia total de
finales.
Y cada día descubro que la
ciudad se renueva
constantemente, ofreciéndome
paisajes sorprendentes, repletos
de una magia que no se puede
encontrar en ningún libro, en
ningún sueño.. Es una relación
de amor la que mantenemos la
ciudad y yo, una unión perfecta,
totalmente dichosa, pues no hay
nunca posibilidad de discutir,
dado que ambos tenemos y
compartimos los mismos secretos
y hablamos el mismo lenguaje,
entregándonos a un combate
amable cada vez que necesitamos
un rato de reconfortante
intimidad.
Todas las cosas (incluso las
manufacturadas en cualquier
fábrica legal o clandestina)
adquieren y desarrollan una vida
propia, un alma peculiar y
única. Hasta los objetos que
acaban en la basura o en el
desván, poseen y comparten una
vida tan estimulante y
contradictoria como la de
cualquier ser humano. Es ya una
obviedad saber que no tenemos un
destino predeterminado, y que
estamos condenados
irremediablemente a no ser nunca
ni libres ni capaces de expresar
nuestros miedos y nuestras
incertidumbres. Lo
verdaderamente único que sabemos
(y lo hacemos en contadas
ocasiones en el transcurso de
nuestras existencias) hacer y
compartir las mujeres y los
hombres, es la risa y algunas
pocas y espontáneas alegrías.
Y todos los objetos que tocamos
con las manos o con los ojos,
forman ya parte inseparable de
nuestro cuerpo, de nuestras
vidas. Así podemos averiguar y
sentir que el único paraíso que
vamos a poder disfrutar, es ese
que no puede ubicarse en ningún
mapa, que no tiene un rostro o
una silueta concreta. Ese
santuario excelso y libre de
dolor, esa ciudad amable, ese
cuerpo acogedor y hermoso es
algo tan cercano, tan familiar
que lo encontramos cuando,
hartos de lamentarnos y cansados
de autocompadecernos, dejamos de
hablar, de pensar, de mirar, de
preguntar…
Gentileza:: marsegan@hotmail.com
nadigital
|