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El amasijo
Los tranvías de
Santa Marta
(Donde se habla de que cualquier
sueño es posible, si hay guita)
Por: John Argerich
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Cuando éramos pibes estaba de
moda un cantito con que te
remachaban las orejas desde
asomar el primer rayito de sol,
hasta bien entrada la
medianoche. Después venía la
hora del bolero, presentado por
la voz gangosa de un fabricante
de camisas. Y antes de amanecer,
andá a saber qué tocaban, porque
el suscripto y sus selectas
amistades apoliyaban tipo
bestia. Pero nadie puede saber
lo que ignora, dice el refrán,
así que para qué meterse en el
tembladeral de los pensamientos
profundos. Lo que puedo
asegurarles es que el cantito
ése nos tenía a todos con el
cerebelo gastado, y había sido
tan grande el machaque, que lo
repetíamos en las situaciones
más diversas. Como al rasurarnos
la incipiente chiva con
productos marca Gilette, o
mientras semblanteábamos al
minaje esperando La Razón
quinta. Un mamotreto que
aparecía como fierro a las cinco
en el zaguán, y por diez o
veinte guitas llenaba de
suspiros y ofertas comerciales
el tiempo libre del lector. Como
hace la teve de hoy. Y apoyado
con aire deportivo contra el
marco de la puerta, uno llevaba
la de transistores a todo
volumen, para llamar la atención
del sexo bello. Sin olvidar el
escarbadientes preferido atrás
de la oreja, que da un toque de
mundo aportando confort. El
funye negro medio ladeado, las
manos en los bolsillos, y el
caminante de izquierda afirmado
en la pared. Pavadita de
estampa, un decir.
Santa Marta, Santa Marta tiene
tren
-decía el cantor-
Santa Marta tiene tren,
Pero no tiene tranvía....
A lo que un coro de ángeles
aportaba su cuota de dura
filosofía:
Si no fuera por los rieles,
¡caramba!
Santa Marta moriría, ¡ay,
caramba!
O sea que los ñatos tenían un
regio despelote irresuelto, y de
cualquier modo que se mirara su
desgracia, uno llegaba a la
misma conclusión. La culpa era
del gobierno, lo que a la corta
o a la larga daría lugar al
revuelo popular. Por haber hecho
el tren sin antes poner tranvía,
o por no poner tranvía cuando ya
pasaban raudas las formaciones
del tren. Que casi más viene a
ser lo mismo, aunque tiene sus
bemoles. A saber. En la
Argentina los trenes y los
tranvías llegaron más o menos en
yunta, por capricho del inglés.
Una especie de embudo de la
aspiradora, para chuparse las
entrañas del país con el menor
costo posible. Pero en tierras
más norteñas mandaban los
hermanos de Washington D.C., y
les tocó a ellos prioritar como
vendría la garufa. Así que no
faltaron casos donde se puso
primero el tranvía, para que los
laburantes llegaron temprano a
colocar las vías férreas. "Trataplán,
trataplán, trataplán, plan,
plan..." iba cantando su soneto
el engendro, para orgullo y
terror del vecindario. ¡40, 50
kilómetros por hora, con buen
tiempo! Hasta los doctores más
renombrados de la capital
rehuían comentar las
consecuencias de mesejante
velocidad sobre el organismo
humano. Por eso hubo tanta
resistencia, y en las ciudades
más serias, como Santa Marta,
triunfó la sensatez. Ver para
creer. Por eso la gente primero
se trasladaba en carro, hasta
que llegó el servicio automotor,
ya probado en otras zonas del
país. Así que cuando alguien
decidió poner de nuevo el
problema en el tapete, ya nadie
se acordaba del tema.
-¿Trancuánto, dijo el señor?
-Tranguáy, muchacho - replicó un
llanero que de tanto cruzar el
Río Bravo, ya casi dominaba el
inglés.
Así es cómo Santa Marta se fue
quedando al costado del
progreso, y empezaron a
cargarla.
Santa Marta, Santa Marta tiene
tren,
Santa Marta tiene tren,
Pero no tiene tranvía....
Un cantito insoportable para los
oídos santamartinos,
santamartenses, o "S.M.", como
se dice ahora para simplificar,
estilo americano. De modo que la
inquietud fue tomando estado
público, hasta convertirse en
tema de oración y plataforma
política.
Santa María, madre de Dios,
-recitaba el cura-
Ora por nosotros los pecadores,
y si no puedes mandarnos
tranvía,
haz llegar el trolebús"
Pero el tema era tan alucinante
que prendió en los cuarteles, y
se hizo grito de guerra.
-¡Camaradas! -decía un teniente
coronel, aferrado a los
micrófonos de Radio ABC. Nos han
estado tomando el pelo, pero esa
joda se acabó. Esta es la
respuesta que derrotará a la
corrupta política de comité,
para que nuestro suelo sea
ejemplo de América, fecundado
por los rieles del progreso.
¡Basta ya con esa historia de
que Santa Marta no tiene
tranvía! ¿Los políticos
corruptos quieren guerra? ¡La
tendrán, porque somos capaces de
empuñar las armas de la nación
luchando hasta el último hombre
y arrojarlos al mar, como
aprendimos en el Comando Sur.
Nos espera la victoria, y si
caemos en la lucha, resucitarán
nuestros muertos, para
vencerlos, como hizo Cristo.
¡Viva el tranvía de Santa Marta!
¡Viva la patria...! ¡Abajo el
Partido Liberal!
Y la tropa replicaba, con fervor
místico.
-¡Libertad, libertad...!
Pero, como bien sabemos, las
cosas son siempre conforme al
color del cristal con que se
miren. Así que en Wall Street la
noticia no cayó mal.
-Good morning, Mr. Rockyfellow,
¿durmió bien?
-Si, che, uno poco de mucho
whisky, pero con dos alka
seltzer se pasa el mono. Qué
noticias hay?
-China invadió al Japón.
-No me interesa, porque los que
se matan son todos amarillos. Si
no, los tenemos aquí como
inmigrantes clandestinos. Pero
con eso no se puede ganar
dinero, así que estamos
perdiendo la tiempo.¿Otra
cosita?
-Las Islas Malvinas le
declararon la guerra a
Inglaterra, suplicando ser
admitidas como provincia
argentina.
-Very interesting, así suben
nuestras inversiones en
farmacopea psiquiátrica. Hágame
uno informe. ¿Nada más?
-Si, lo de Santa Marta.
-¿La que no tiene tranvía?
-Efectivamente. El ejército se
ha rebelado contra el gobierno,
anunciando una marcha para
tender rieles y acabar para
siempre con ese cantito.
-Llame por telephone al general
Galíndez y ofrézcale como
donation alguno de los tranvías
viejos que pensábamos vender en
Africa. Así se entusiasman, y
después les encajamos todo el
viejo elevado de New York.
-Pero esas máquinas se dejaron
de fabricar en 1960, y no hay
más repuestos.
-Buen negocio, porque podemos
fabricarlas en Santa Marta City,
con un préstamo del F.M.I. a
bajo interés. La ingeniería es
antigua, así que no hay
regalías, y el proyecto sale
gratis. Do you understand?
-¡Vd. es un genio, jefe!
-Hable con los milicos,
entonces.
Al día siguiente volvió a salir
el sol.
"Los liberales se cagaron",
decía el titular a toda página
de "Prensa Libre", "mañana
embarcan el primer coche de
nuestro servicio tranviario". Y
aparecía la figura brillante de
un coche recién pintado, con los
colores de la bandera nacional.
"El cantito se acabó. ¡Viva la
patria!"
Pero la imaginación popular no
tiene límites, cuando se trata
de expresar emociones largamente
contenidas.
Santa Marta, Santa Marta tiene
tren,
Santa Marta tiene tren,
y también tiene tranvía...
-cantaban ahora las felices
multitudes-
Si no fuera por las botas,
caramba,
Santa Marta moriría, ¡ay,
caramba!
Poco después, las gloriosas
fuerzas militares ocupaban hasta
el último rincón del país,
fusilando a los opositores, que
fueron reemplazados por
patriotas de carrera. Y como las
noticias se esparcen a gran
velocidad, al ratito su
estruendo llegaba a Wall Street.
-Sírvase otro whisky, don
Galíndez.
-¡Basta de tanta formalidad,
hombre...! Dime Pochito, pero
antes de seguir hablando de
negocios, querría ver esa boleta
del Cayman Islands Savings Bank.
Llegando a esta altura del
relato, la pluma se resiste a
seguir escarbando en una
historia tan deprimente. El
mango les gusta a todos, pienso
yo.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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