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El amasijo
Desde Suecia, con
amor
(Donde se habla de cómo acaba el
juego de quita y pon)
Por: John Argerich
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"Cada comarca en la tierra tiene
un rasgo prominente", dice un
poema de cuando los duendes
cazaban perdices. O sea sus
cosas lindas y sus cosas
fuleras, que uno va descubriendo
mientras rajan los pirulos. Y es
inevitable que esos recuerdos
dejen rastro en el coco de cada
cual. De Buenos Aires no les voy
a contar ni medio, porque
cualquier chanta se las sabe
todas. Que el dulce de leche,
que "¡marche un bife a
caballo!", que el percantaje más
brutabestia del universo, que
solcito en la Bombonera, que
"¡Hasta verte, Cristo mío!" con
quebracho de exportación. Que la
mar en coche. Que qué sé yo. Y
como junar es gratarola, no
podían escapar a este vicio las
cosas lindas que tiene Suecia,
país donde muchos giles tocamos
tierra cuando Colón era purrete.
Uno de los detalles que más me
gustan acá es lo simpática que
es la gente. A los cuatro o
cinco años de vivir en el
edificio ya empiezan a
saludarte, y con suerte ligás un
convite a tomar café. A almorzar
ni te lo sueñes, con el costo de
la vida. Pero la sociabilidad de
esa gente se muestra en muchos
otros aspectos. Por ejemplo,
salís a la calle y si al subir
al bondi, en vez de tirarlo a la
vedera de un codazo al
desgraciado que te disputa el
puesto, lo dejás subir primero.
Entonces todos te miran con
incredulidad, y el interesado
dice "tack". Los comentarios se
escuchan en todo el vehículo:
-Debe ser extranjero.
Y si además dejás a ese ilustre
desconocido llegar antes que vos
a la máquina de fabricar
boletos, la respuesta es
siempre: "tack, tack". Pero
vamos al lado utilitario de las
cosas. Lo dicho hasta acá
siempre es un buen comienzo para
relacionarse, si se refiere a
ejemplares del sexo bello. El
débil, como decimos por licencia
poética, porque la verdad de la
milanesa es que las naifas en
Suecia no tienen un belín de
acomplejadas. Entonces ves dos
asientos vacíos que invitan al
arrime, y se los señalás a la
fulana. Pero como la vida está
llena de decepciones, esta
vuelta la trabucaste de
futurista, y en vez de decirte "tack,
tack, tack", como estabas
esperando, ella te corta en seco
con una frase afín a la cultura
nacional.
-¡Rajá de acá, extranjero de
mierda!
Sin embargo, vos sos un valor
capaz de aguantar adversidades
sin quebrarte, porque te criaste
a mate amargo. Y a pesar del
jopo latino, no tenés complejos.
Así que insistís, a ver si
ocurre el milagro, porque los
lances se inventaron para
tirárselos, como dice el refrán.
-Los deseos de una dama son
órdenes para mí... ¡Adiós,
princesa!
O sea, que escondiste los
bigotes y el rabo de león, para
entrar a la cancha jugando de
corderito, como les gusta a
ellas. Así te ganás un punto, y
volvemos a fojas cero, porque el
témpano empezó a derretirse.
Ella te echa una mirada
condescendiente, y capaz que te
agarra el brazo, para que no te
vayas.
-Tack -dice después.
Entonces viene la parte más
peliaguda del chou. Ir entrando.
Para eso nada mejor que
aprovechar la psicosis del
viernes por la tarde, cuando las
almas en pena empiezan a sentir
el llamado visceral, por
encontrar quien les ayude a
romper la rutina triste del
oficio solitario. Y no es
preciso agregar que dadas las
circunstancias, cualquier tema
de conversa sirve para iniciar
la charla
-¡Cómo llueve!¿no?
-Igual que en Londres.
-No lo había pensado. ¿Y cómo
llueve en Londres?
-De arriba para abajo.
-¡Juá, juá, juá!
Una craneada así quiebra
distancias, y te ganás la
admiración del levante en
ciernes. Porque en la vida de la
persona todo se gana con
calidad. Un laburo más fácil que
soplar y hacer botellas, porque
los suecos son poco afectos a
usar la imaginación. Mucho menos
para hablar en joda, con gente
que no conocen bien.
-Juá, juá, juá.
-Enrique, pa' servirla
-Me llamo Britt-Marie.
-¿Y ahora, qué?
-Tengo una idea -dijo ella- Nos
compramos una botella de vodka y
rajamos a casa, para jugar una
vuelta al quita y pon.
-¿Y eso qué es?
-Es un jueguito donde cuando
perdés, en vez de formar con
mangos, pagás con lo puesto.
-¿El póker de pilchas?
-Klädpoker, le decimos acá.
-¿Qué interesante!
-Manija, entonces.
De la forma expuesta, el Chucho
Salvatierra pisó el palito, y
supo lo que es quedarse
literalmente en bolas. Porque
Britt-Marie jugaba como una
experta, después de haber hecho
varios cursos sobre los juegos
de azar y sus constantes
sociológicas en la Universidad
Popular del Kattegatt.
-¡Los pantalones, ahora!
-¡Los calzoncillos!
-¡Las medias!
-Los zapatos dejámelos, por
favor, que no está para andar
descalzo con diez grados bajo
cero.
-Bueno, pero me firmás un
pagaré.
Así terminó la partida. Ella con
un montón de ropa fina para
vender en el mercadillo
dominical, y él en pelotas, como
nuestro finado padre Adán.
-Ahora, rajá.
-¿No tenés nada para prestarme,
así no me agarro una pulmonía?
-Una cortina, y te acerco al
subterráneo.
-¿Ni un besito antes?
-Mirá, negro, acá vinimos a
jugar al póker, no a chapar. Eso
tiene otra tarifa. Ya bastante
con que te tomaste media botella
de vodka.
-¡Pero la había comprado yo!
-¿Y qué esperabas, cararrota?
¿Venir a mi casa con las manos
vacías para ponerte en pedo, la
primera vez que te invito?
-Nunca se me hubiera ocurrido
algo así.
-¿Pensabas violarme, entonces?
Los ojos de ella echaban
chispas, y todos sabemos que
acercar fuego a un barril de
pólvora es peligroso. En ese
momento él le devolvió una
mirada feroz, mientras por un
costado de la careta de
corderito le asomaron los
bigotes de león.
-¡Grrrr...! -dijo, por toda
respuesta.
-¡Ay, qué emoción, el grande
latin lover! -repuso ella.
Después pasó lo que pasa
siempre. La noche siguió su
curso, y el Chucho Salvatierra
ya ni se acordaba de las pilchas
perdidas, arropado en sábanas de
seda y mantas de plumas, con
tenue olor a jazmín. Un tangazo
retumbaba en su memoria, como
para ratificar ese momento.
Y todo a media luz,
que así es mucho mejor,
a media luz los besos,
a media luz los dos...
Pero Malmö no es precisamente
Villa Cariño, donde las horas
espichan entre arrumacos. Aquí
el tiempo es oro, una merca
cualuncue, con cotización diaria
en coronas suecas. Y habría que
estar de la nuca, para tirarlo
propiamente a la marchanta.
-¡Rajá que es tarde y no me
dejás dormir! -dijo ella.
Afuera soplaba el viento helado
del mar.
-No seas mala, princesita...
Dejáme un ratito más.
-Bueno, pero para que te quedés
piola en el molde, voy a poner
en el medio de la cama la puerta
suelta del armario. Así
apoliyamos un cacho antes de
irme al laburo.
Al ratito, ambos luchaban por
pegar un ojo, pero ¿para qué
engañarnos? El horno no estaba
pa' bollos. Así que finalmente,
él se atrevió a dar unos
golpecitos contra la puerta.
-Toc, toc, toc.
-No puedo dormir, Britt-Marie.
-Yo tampoco, pero mañana me
tengo que ganar el marroco como
cualquier otro día, che.
-Casémonos, y trabajaré yo para
vos.
Negocio redondo: El conseguía la
residencia, y ella un macho en
propiedad, no por hora como
hasta hoy.
-¿Lo decís de corazón? -preguntó
ella, con el cuore andando a
100.
-Si -dijo el Chucho.
La respuesta estaba cantada.
-Entonces, sacá el tablón.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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