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El amasijo
El que fue
cocinero antes que fraile
(Donde se habla de vocaciones y
buena alimentación)
Por: John Argerich
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Todos venimos a este mundo con
pasaje de ida y vuelta. Y
obsesionada por el tema, una
vecina de mi barrio alentaba a
su hijo a dejar huella, para no
haber hecho mesejante viaje al
divino botón. E insisistía con
constancia, para que el loco
fuera algo en su vida. Pero cada
familia es un mundo, dice el
refrán, y siendo nieto de nobles
soldados de la República
Española, el purrete tenía una
vocación medio rara. Ser fraile,
como suena. Así que a la mamá se
le hacía un nudo en la luenga
cuando hablaba del tema. Pero
bien sabemos que el amor todo lo
puede, y doña Rosa respetaba la
vocación del vástago,
alentándolo a prepararse para
triunfar. Aunque fuera triunfar
vestido de cuervo.
-Estudéa, estudéa, higu mío -le
decía, en su mejor gallego
porteñizado- y aljún día
llegarás a ser un gran cerdote.
-¡Sacerdote, mamá!
-Pra'l caso, lo mismu da
-respondía ella, con republicana
intransigencia- Así que en vez
de pasarte el día peloteando en
el potrero, ajarra la Biblia,
che.
El muchacho había salido a sus
antepasados, que eran de buena
estirpe, y aprendió el arte de
llenar su tiempo con trabajo
honesto. De mañana iba al
colegio, y por las tardes
ayudaba en la cocina de un
hotel. Antes de acostarse
rezaba, y leía historias sobre
la vida de los santos. Más que
nada de los patrones del gremio
gastronómico, porque de tanto
pelar papas, iba camino de
convertirse en cocinero
profesional. Pero eso no era
todo. Entre plato y plato
predicaba el Evangelio, para
ganar méritos en el Más Allá
convirtiendo a algún incrédulo.
Aunque su máxima virtud eran las
paellas valencianas, un
monumento al arte del buen
comer.
-Dios te salve, María, sin
pecado concebida... -decía
contagiando fe, mientras batía
una mayonesa al jamón.
Y la respuesta era inevitable.
-¡Marche un plato de ranas con
papas suflé!
-¡Marche un menú del día!
-¡Marche un filet de pez espada
con guarnición!
"¡Qué presión laboral... Dios
nos ampare!", pensaba él,
perdiendo el hilo de sus
oraciones. "¿Cómo se llamaba el
santo patrón de flautistas,
afiladores y camareros, que hoy
debía invocar?"
Así llegó el día en que Antoñito,
harto ya de distracciones y de
matarse como un burro por tres
mangos la hora, decidió cambiar
de oficio. O sea, que había
llegado el momento de golpear
las puertas del seminario. Para
eso conocía a uno de sus
profesores más famosos. Monseñor
Caroli, especialista en el
Apocalipsis de San Juan. Un
cliente habitual del restarurant,
que por esas rarezas de la vida,
cada tanto se hacía llevar las
viandas a una habitación del
segundo piso, donde se oían
música moderna y risas
femeninas. Algo para levantar el
ánimo a cualquiera. Nada que ver
con los conciertos aburridos de
la Catedral.
"Toc, toc, toc..."
-¿Quién golpea a estas horas,
distrayendo a mis discípulos?
-gritó una voz, desde el balcón.
-Perdone, padre, soy Antoñito,
quien lo atiende en el
restaurante.
-¿El de las paellas, dices?
-El mismo que viste y calza,
para servir a Vd.
-Enseguida te mando abrir.
Un monje pelado y regordete, que
caminaba con ayuda de un bastón,
abrió la puerta. El seminario
funcionaba en lo que alguna vez
fue una casona señorial, con un
gran patio en el medio, al que
daban muchas habitaciones. Todo
pintado de blanco, salvo alguna
maceta con un malvón. Y una
pajarera en el costado, llena de
canarios que endulzaban la
mañana con su cantar.
-¡Tómense un recreo, muchachos!
-dijo don Caroli, dirigiéndose a
los seminaristas- Ya les avisaré
cuándo continúa la lección.
Y dirigiéndose a Antoñito, le
extendió la mano.
-¿Qué te trae por aquí, hijo
mío?
-Lo que hablamos la otra vez.
-¿Tu vocación sacerdotal?
-Pues, sí. ¿Qué me dice usted?
La respuesta fue instantánea.
-¡Pues, que no!
-¿Cómo, que no?
-Mira, niño, que te hablaré a
calzón quitado -dijo el fraile,
mientras se persignaba- Si tú te
haces cura, ¿quién alegrará
nuestros corazones con una buena
cazuela los viernes santos?
¿Quién me atenderá en el
reservado cuando deba calmar mi
espíritu?
-El problema no es insalvable,
si existe una auténtica
vocación. -dijo el muchacho- La
cazuela puedo hacerla después de
la jornada laboral.
-¿Y las compras? Dirías misa de
6 a la disparada para llegar al
mercado cuando abren, que
después no queda más pescado
fresco. Para no hablar de las
verduras, que te venden sólo
cosas viejas.
-Eso también tiene arreglo. Le
puedo pedir a algún colega
comprensivo que me ayude y diga
el sermón.
-No es tan sencillo.¿Cómo
discutirlo antes, con la
profundidad que requiere tu
ministerio, pensando en
salmoncillos, langostino y pez
espada? No, hijo, ese proyecto
no tiene visos de realidad.
Piensa también en lo que me
ayudas con los servicios
confidenciales del hotel. A
ellos debo haber respetado a
rajatabla mis votos de celibato.
Que celibato es una cosa, y
castidad es otra, Dios me
ampare.
-¡Dios me ampare también a mí!
-Además, está la tradición
familiar, que es obra del
Altísimo. Eres hijo de cocinero,
y veo en ello la mano del Señor.
-Pero podríamos ponernos de
acuerdo en trabajar con horarios
flexibles, tipo americano, o sea
decir misa a la hora señalada, y
pronunciar el sermón cuando
quede tiempo libre.
Don Caroli se estaba poniendo
colorado de ansiedad, y
repentinamente, su léxico
cambió, surgiendo la lunfa
agresiva de su juventud, tanto
tiempo reprimida por las suaves
charlas del convento.
-No funca, che -repuso al fin-
Andá a laburar al restaurante y
quedáte piola, que de no, los
curas te amasijan. Lo digo como
consejero espiritual, porque
todos están interesados en
modernizar la Iglesia.
Desalentarlos causaría un gran
quilombo.
-¿Y a santo de qué, me lo dice
Vd.?
-Por experiencia, muchacho.
-No entiendo.
-Mirá mi caso. De pebete
laburaba en un dancing del Paseo
Colón, de esos donde empezabas
bailando un tanguito, y por dos
mangos, vía libre a la catrera.
Yo era el encargado de marcar
los puntos, para que las pupilas
los dejaran como Adán. Hasta que
de tanto ir el cántaro a la
fuente, un día cayó la cana, y
fuimos todos en galera. Vino una
amansadora de cuarenta y ocho
horas, y el que no tenía para
coimear a los botones, estaba
frito. Los machos con guita, y
las hembras en especie. Y yo,
que de gay no tengo un pelo,
poco hubiera podido ofrecer. Así
terminé en un reformatorio hasta
cumplir dieciocho abriles.
-¡Otro que va a aprender moral
entre rejas, che! -dijo el juez,
mirando de reojo al crucifijo
que tenía en la pared del
escritorio.
-Era la época de los milicos
chupacirios, y cuando me avivé
de cómo venía la mano, empecé a
frecuentar la capilla -prosiguió
don Caroli- No hizo falta mucho,
porque todos estaban esperando
algún milagro para salir en La
Nación. Así que un cacho de
blablabla, y conseguí que el
capellán me sacara de cafúa para
evangelizarme. Me llevó a su
casa, yo limpiaba, y cada tanto
aportaba con una pierna para
romper su soledad. Algo para lo
que no tenía que herniarme,
porque conocía a todas las locas
del Bajo. ¡Hay que ver cómo las
disfrutaba el cura! Y yo, piola
en el molde... Es que a la
primera de cambio, uno vuelve a
su oficio, pibe.
Antoñito se quedó pensando, y el
cura lo miraba con simpatía.
-¿Pescás hora?
-¿Pesco lo qué?
-La verdad de la milanesa. Vos
naciste para el morfi y las
relaciones públicas, no para los
corrillos de Navidad.
Habían llegado al terreno de las
convicciones profundas, y viendo
cómo venía la mano, el pibe miró
al cura en los ojos, y se animó
a tutearlo por primera vez.
-No te puedo... -dijo.
-Podéme que es la pura -contestó
su asesor espiritual- El que fue
cocinero antes que fraile, sabe
más de pasteles, que de
sermones.
Entonces Antoñito pensó en las
paellas, las cazuelas y la
ensalada de mariscos que el cura
deglutía en el ritual de sus
cenas secretas. Después recordó
las risas subrepticias y la
música suave que venían del
segundo piso. Y como ya estaba
sospechando que la única
felicidad segura es la de este
mundo, se tomó un cachito para
pensarlo otra vez.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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