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El amasijo
Pochita Morfoni encuentra un
amor
(Donde se habla de riesgos
afines al manducar)
Por: John Argerich
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Lorenzo Doppiatesta era un
porteño hijo de inmigrantes. Y
como su gracia lo indica, tipo
con mucha cabeza. No sólo por
ser portador de descomunal
azotea, sino por su agudísimo
intelecto. La primera condición
le cambió el nombre, una vuelta
que iba a comprarse una boina
con los colores de Independiente
para el clásico de Avellaneda,
así a uno no lo confunden. Meta
buscar, y todas le quedaban
chicas.
-¡Tenés el marote de una
ballena, Lorenzo! -dijo el
tendero.
Y como bien sabemos, en la
patria no se perdona la más
mínima ocasión de cargar al
prójimo. De ballena a pez hay
sólo un paso, y éste es toda una
tentación. Así nació un
nombrecito que lo acompaña hasta
hoy.
-¿Qué decís, farabuti?
-Chau, Pescado.
Ya dijimos que Doppiatesta era
un bocho. Crimen por el cual
terminó en cafúa, como tanto
valor afincado en el exilio. Más
terco que mula de gallego,
además. Y siendo un pensador
innato, llegó a Suecia con el
coco desbordando ideales nacidos
en los corrillos de la vieja
facultad. Que la patria
socialista, que el hombre nuevo,
que patatín y patatán. Pero tras
rumiarse las primeras albóndigas
con dulce de frutilla, vio que
lo concreto tenía entidad
propia. Y aunque duela, a veces
la realidad es poco afin a
nuestros sueños. ¡Aquí la
metafísica se expresa en
efectivo, hermanos! Billetes,
así me entienden, y si abundan,
más mejor. Entonces puso el coco
en segunda, porque la adaptación
al medio es ley del esfuerzo por
subsistir. Así que dejando sus
libros favoritos para mejor
oportunidad, se hizo
mercachifle. O sea un cazador de
giles, con vocación de choreo.
Primero, por ansias de bajar
costos, el Pescado Doppiatesta
sacaba cosas de las tolvas, para
vendérselas a los giles de la
escuela donde le enseñaron a
hablar la lengua nacional. Pero
esos cursos no son para siempre,
y un día desgraciado le dieron
diploma. Entonces se vio
obligado a gastar caminantes de
puerta en puerta. Por último,
puso un puestito en la feria de
usados dominical. El mercadillo,
como digen los gaitas, o sea
feria americana en español. E
iba piola pasándose de vueltas
por hacer negocios, con
chispazos típicos del Mercosur.
-¿Kuánto mucho vale esta sakko?
-dijo un sueco.
-Cien coronas, don.
-Ufa, ké karo, che…
Pero ventas son amores, y el
Pescado dejó volar la
imaginación.
-Se trata de una prenda con
valor histórico, que usó para su
casamiento un primo segundo del
finado Wallenberg.
-Siendo así…
Tras lo cual, el cliente peló la
de cuero, aflojando un canario,
que Doppiatesta chapó al vuelo,
dando las gracias. Con tanta
habilidad comercial, los mangos
iban formando un bulto cada vez
más gordo abajo del colchón, y
así empezó la milonga. Porque
como dicen mis pocos amigos con
guita, cuesta más administrar
una fortuna que ganársela. ¿Cómo
invertir tanto morlaco
honestamente amarrocado?
Pescadito interrogaba a la
almohada, y tras muchas noches
de insomnio, cierto amanecer
brumoso, San Genaro lo iluminó.
-Mirá pibe -dijo el santo,
frunciendo la jeta- ¡Si querés
forrarte de guita, alquiláte un
localcito y vendé comida criolla
al paso! A los cumpas les gusta
el buen morfi, y si me hacés
caso, no te vas a arrepentir…¿Capisci?
Palabras sabias, porque entonces
aqui había muchos paisanos. Y
vistas las razones del más allá,
nuestro héroe laburaba sin dar
ni pedir cuartel. Dejó el
colchón vacío, pero puso un
negocito pipí-cucú. Empanadas
salteñas, pasta frola al dulce
de membrillo, chorizos de campo,
y el tuttiquanti que alegra la
mesa nacional. Después amplió
sus instalaciones ocupando el
garage de una casa vecina, y con
mucho esfuerzo convirtió la
fonda en restaurant. Todo iba
viento en popa, y con el éxito
hicieron crisis las ganas de
rajar.
-¡Me pianto de vacaciones! -dijo
un día.
-¿Ande, compadre? -preguntó un
chileno.
-¡A la Reina del Plata, che!
Dicho lo cual, hizo como
esquimal aburrido. Tomarse el
bondi sin calentarse más.
"Después, otra vez Buenos
Aires…", cantaba el gotán.
Todo a pedir de boca, aunque la
rubia Margot no estuviera
esperándolo frente al muelle,
porque llegó en avión. Sin
embargo la fortuna iba a
sonreírle, y doblando una
esquina cualunque tropezó con
Pochita, un viejo amor de la
juventud. Quien fue bomba del
barrio, y una mina de mi flor.
Mas la piruleta pasa para todos,
y si vamos a ser francos, quien
no le da al chupi, le da al
morfi. Entrada en carnes la nami,
para no desmentir un apellido
ilustre. Morfoni, como sus
mayores, llegados de Italia en
1943.
-¿Vamos al cine, mi amor?
-Preferiría un restaurant…
Entonces el Pescado Doppiatesta
recordó unas palabras de
Carlitos Gardel, cuya suma
algebraica es prenda de nuestra
identidad nacional.
-A las minas de hoy -dijo el
sabio- no se las puede engrupir
con conversa. ¡Hay que darles de
morfar!
Y la Pochi sacudía contenta sus
110 kilogramos por esas calles
de Dios. Al punto de provocar
comentarios vehementes, cuando
no irreproducibles en este medio
de divulgación cultural.
-¡Son globos, que la carne buena
se exporte!
Pero en sus largas caminatas, a
veces encontraban un coro mucho
peor, que el Pescado más de una
vez quiso desbaratar a casotes.
"Gorda panceta, revientagalleta,
se llena la panza con pan y
manteca"
Es que pibes y colifas tienen un
rasgo en común, cantar la justa.
Pero el amor es ciego. Y sea por
esa soledad aplastante que es
prenda de Escandinavia, sea para
presentar en conjunto la
declaración del impuesto a la
renta, un buen día los tórtoles
se casaron. Antigua costumbre
que consiste en jurarse ante
testigos un montón de cosas
imposibles de cumplir. Un pacto
informal, cuya ruptura no afecta
el buen nombe y honor de los
contratantes. Pero, soslayando
cínicas intelectualizaciones,
¡viera Vd. qué linda estaba la
iglesia de Santa Consolata! Un
oasis rococó florido en pleno
barrio de La Mondiola. Así
terminó este romance, con el
triunfo del amor
-¡Manden fruta, che! -exclamaron
los familiares directos, al
verlos partir.
Y con un adiós lloroso a Ezeiza,
la moderna aeronave con los
colores patrios trepó cielos,
buscando el sol. Lo cual es un
decir, naturalmente, porque los
recién casados iban a radicarse
en Suecia. Donde, como sabemos
por puta experiencia, el cielo
azul sólo se ve en la películas
de Bergman cuando la nami toma
sol desnuda junto a un lago.
Dicho en otras palabras, un
paraje donde el astro rey
aparece rara vez.
-¡Qué forma de llover! -dijo el
piloto.
-Como en Londres… ¿no? -contestó
la torre de control.
Comentarios corrientes en
quienes, faltando temas para
romper la rutina, recurren a las
veleidades climáticas cuando
traban relación. Pero la vida
sigue su curso imperturbable, a
pesar del mal tiempo. Bueno
fuera, si no.
-¡Qué hermosos ravioles frescos!
-dijo Pochi, embargada de
emoción cuando entró al
Restaurant La Buena Mesa, obra
cumbre del Pescado Doppiatesta.
Y en tren de lastre, pocos le
pisaban el poncho.
-¡Plato del día! -ordenaron dos
turistas con acento alemán.
-Lo siento, no queda más…
Es que Pochita era leal a su
apellido de soltera. Morfoni,
como sus mayores que llegaron de
Italia en 1943. Y no había
inventario capaz de saciar su
hambre, razón por la cual el
boliche debió cerrar.
-¡Del amor a la quiebra hay sólo
un paso! -explicaba Lorenzo
Doppiatesta, lloriqueando, al
señor juez.
-¡Pobre tipo, acabar así después
de tanto esfuerzo! -decían los
amigos, al ver la resignación
con que el Pescado llevaba su
cruz.
Así es como acabó otra vez
vendiendo merca sacada de las
tolvas. De puerta en puerta, y a
la salida del Folkets Park.
Sonriente a pesar de todo, pues
la vida es bella cuando hay
amor. Y mientras Pochita ponía
el tuco a los ravioles, una
radio tarareaba en la cocina los
consejos del Zorzal.
"El que quiera naifa en casa,
¡que le dea de morfar...!"
THE END
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Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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