|
|
El amasijo
El arte de patear bien
(Donde se habla de cómo Pepe
González llegó a París)
Por: John Argerich
|
 |
 
|
|
A una cuadra de la estación de
tranvías que daba colorido a mi
barrio, había un baldío. Lleno
de charcos, latas y papeles,
como todos los baldíos del
suburbio. Criadero de ratas,
cucarachas, perros atorrantes y
gatos de albañal, pero flor y
truco para el fóbal. Un
verdadero imán de la afición,
donde los pibes gambeteaban sus
berretines cuando salían del
cole. Porque el deporte rey está
en todos los corazones.
Convencidos de que alguna vez el
destino iba a llamarlos a lucir
la camiseta bicolor del equipo
nacional. Es que habían
aprendido a gritar "¡Viva Boca!"
antes que decir "mamá" y "papá".
Con lo cual, y a pesar de los
globos que siempre desparramó la
propaganda británica, surge una
enseñanza. El fóbal no fue
inventado en la abadía de
Westminster, por monjes
pelirrojos que jugaban en el
patio con la sotana remangada. Y
mucho menos por los kelpers que
se afanaron nuestras Malvinas.
El fóbal nació en el Riachuelo,
señores, con música de tango
como cálido arrroró. Cuando los
viejos aún contaban historias
del último malón. La época de
María Castaña, un decir.
-Te equivocás, salame, porque
eso fue ayer, nomás -interrumpió
un conocedor de las cosas
nuestras- El fóbal nació en la
época de los apóstoles. Cuando
los hombres eran tan barbáros
que mataban los pajáros arriba
de los arbóles.
-¡Aijuna, que sabía historia el
loco! -dijo un gil de Balvanera.
Y después empezó la discusión.
-Que patatín.
-Que patatán.
-Que ¿a quién le ganás?
-¡Rajá chauchón!
Un par de castañas, y se
apaciguaron los ánimos. La
historia de siempre. Entonces
una voz sensata llamó a la
reflexión, invocando los deberes
del hinchaje.
-¡Dejesén de buscar roña, y vamo
al potrero pa' jugar un cacho,
che!
-¡Viva el fóbal! -gritaron
todos.
Y entonces se vio que había
espíritu de equipo, porque de la
multitud fue surgiendo un
murmullo.
"Tenemos un arquero que es una
maravilla...
Se ataja los penales sentado en
una silla.
En eso se desmaya, le damos
chocolate,
¡Arriba Boca Juniors, y abajo
River Plate!"
Convicciones que hacen al alma
nacional, porque la hermandad
que empezó en primer grado iba
robusteciéndose con tanto
partido y el correr de los años.
Los pibes se rompían para que
los dejaran jugar como cadetes,
hasta que uno entró en la
quinta. Poco después lo
siguieron varios más. Pero a
pesar de hallarse en carrera
hacia la gloria, no habían
olvidado el baldío que los vió
nacer.
-¡Ese pibe tiene pasta! -decían,
cuando algún purrete se marcaba
un pepino que hacía temblar a la
afición.
-¡Siga así, mijo, y va a ser
alguien en la vida!
Los chicos se iban contentos, y
los adolescentes empezaban a
afilar con el minaje del
vecindario.
-¿Salimos este sábado a la
noche, Juan?
-Disculpáme, Rosita, pero tengo
entrenamiento todo el fin de
semana.
-Entonces salgo con el Cacho,
ese rubio que me está invitando
desde hace un mes.
-Lo siento, querida... ¡Todo sea
por el club!
Mas no hay entrenamiento que
dure cien años, y llegó el día
lunes. Juan fue a visitar a la
Rosita y de tanto hacer zaguán
esperaba que una vuelta lo
dejaran entrar a la casa. Pero
se equivocó como turco en la
neblina.
-¡Hola, querida!
-¡Rajá, boludo! -dijo ella por
toda respuesta- Lo nuestro se
acabó.
-¿Qué sapa?
-Me dejaste sola, y me metí con
el Cacho. El no tiene otra
obligación que ayudar al papá en
la verdulería de lunes a
viernes. Pero sábado y domingo
me los va a dedicar a mí. Además
es hincha de Racing y tiene
bulín en Avellaneda.
-¡No me dejés, piruja!
-Dame una pueba de amor,
entonces, pero sin derramamiento
de sangre. El juicio de Dios
modelo "light".
Y él se retiró llevando en su
alforja otra visita de zaguán
nomás. Decidido a rescatar su
vapuleado amor.
"Mirá, atorrante -decía la carta
del Juancito- Te mando el
presente anónimo valientemente
firmado porque soy un tipo bien.
Me afanaste la Rosa con chamullo
mersa de puro sport. Podría
hacerte pomada, pero ella no
quiere ver fiambres. Vení a la
cancha si sos hombre, que tengo
el puño prohibido. Y traéte una
canastra, para llevarte los
pepinos. Sin otra cosa que
agregar, me cago en vos y en el
Racing Club.
La suerte estaba echada. Si
aquel desgraciado tenía madre,
iba a contestar. Pasaron dos
días, y por fin apareció un
papel clavado en la ventana del
Juan.
"Che cornudo" -decía la
respuesta, trabajosamente
escrita con caligrafía inglesa-
"Si les tenés pavura a las
piñas, yo a vos te reviento
igual jugando al truco. O al
fóbal, o con las minas, así que
elegí, nomás.
Había llegado el momento de
hablar por el celular. Pocas
palabras, eso sí.
-El fóbal.
-Formá equipo, entonces, que voy
con once valores de Avellaneda
para hacerte pasar vergüenza.
-Pasado mañana a las 12 y media
en el baldío que está cerca de
la estación de tranvías.
-El que pierde paga los chorizos
y se olvida de Rosita.
-Está bien, pero hay algo más.
El que pierde se liga también
una patada en el culo, como para
aterrizar en Francia.
-Eso está a 15.000 kilómetros de
Buenos Aires... ¡Qué mal la vas
a pasar!
-Menos charla, maricón.
Los días transcurrían
lentamente, como crónica de una
pateadura anunciada. Todo el
barrio pendiente de los
resultados.
-Le voy a poner una vela a la
Virgen del Carmen para que lo
ayude al Juancito -decía una
señora entrada en grasas, al
salir de la carnicería.
-Yo también, doña Consuelo.
-Pero me han dicho que en
Avellaneda hay mucha afición por
el Cacho, un verdulero tan
desgraciado que hasta cobra la
verdurita, dicen.
-¿Cobra la verdurita? ¡No se lo
puedo creer!
-Eso no es nada. También roba en
el peso.
-Y le han puesto velas a San
Cayetano para que le haga ganar
el partido.
-Nosotras le pondremos velas de
lujo, entonces, de esas que
venden en Luján. Así el santo se
da cuenta de que no somos unas
rascas como la pandilla del
verdulero. Que además son todas
hinchas del Racing Club.
-¡Qué asco, doña Flora...! No me
lo puedo creer.
-Créamelo doña, que le estoy
batiendo la pura.
Por fin llegó el día del
encuentro, con un cielo
encapotado que amenazaba lluvia.
Y todos sabemos lo que ocurre en
Buenos Aires cuando empieza a
llover en junio. Frío, mucho
viento, inundaciones a todo lo
largo de la costa. Así que la
gente estaba apurada por que el
match empezara cuanto antes.
-Acérquense los capitanes -dijo
un gordito que tenía ferretería
en Banfield, y jugaba de referí.
Y allí estaban ambos rivales,
sacando pecho. Juancito de azul
y oro. El Cacho de azul y
blanco.
-¡A jugar como caballeros! -dijo
el ferretero- Putear se puede,
pero nada de casotes ni patadas.
¿Me oyeron bien?
Después tiró la pelota, y dio
comienzo la lid. Los boquenses
presionaban, pero la Academia se
mandaba unos contraataques para
dejar temblando al más pintado.
-¡Gol de Boca!
-¡Gol de Racing!
-¡Dos a dos!
-¡Tres a tres!
-Tiempo adicional.
-¡Tres a tres!
-Se decidirá por penales
-dispuso el de las pilchas
negras.
Pero se cansaron de patear a
quemarropa, y nadie atajaba un
gol.
Entonces Juancito decidió tomar
el destino en sus manos. O mejor
dicho, en sus pies. A falta de
goles para humillarlo, se puso
detrás del Cacho, y le disparó
un terrible envío rumbo al culo.
Adrenalina pura. Pero nadie
había ganado ese partido, y tal
agresión, descalificaría a los
pizzeros. Así que un hincha
llamado Pepe González, que no
tenía nada que ver con el
asunto, corrió para empujar al
visitante y esquivarle la
terrible coz. Mala suerte,
porque le dio a él de lleno en
el culo. El hombre se elevó en
el aire, describió una curva
balística, y desde entonces vive
en París. Con lo que se cumplió
un viejo dicho: No hay comedido
que salga bien.
THE END
|
 |
Copyright: John Argerich,
2006
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios, de 9 países
paginadigital |
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|