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La
Jugada
Como nunca vino gente a la
cancha. No es una exageración
asegurar que el barrio entero se
encontraba presente. Había un
par de enfermos, grupos de
evangélicos, los maestros del
garaje, los funcionarios del
Cine San Miguel ¾ que ese día
cerró sus puertas de manera
especial¾ , y muchas chicas de
los burdeles clandestinos.
Algunos llegaron con bancas.
Otros trajeron viejos sofás y
sillas de paja. Se ubicaban
detrás de la línea de cal, a lo
largo y ancho del estadio
"Dagoberto Espínola", nombre de
un difunto ex ídolo local, a
quien los fanáticos llamaban "La
Llorona", y que había muerto de
un ataque al corazón cuando
disputaban un partido con
treinta cinco grados de calor.
Esa tarde se enfrentaban dos
enconados rivales: la gloriosa
Unión Milán y Deportivo El
Llano. Era un clásico no sólo de
fútbol, sino también social y
político. En efecto, los del
Deportivo El Llano defendían los
colores e intereses del
aristocrático sector pudiente
ubicado en la lujosa zona de San
Miguel. En cambio, Unión Milán
se caracterizaba por tener en
sus filas a figuras populares,
muchos de los cuales trabajaban
en las empresas de los
millonarios del Deportivo El
Llano.
Este partido era el sueño que
todos los patipelados querían
jugar alguna vez en su vida.
Cada año, en la sede del club,
se solía escuchar un deseo:
"Ojalá lleguen a la final los
gallinas del Deportivo...". Se
hablaba de llenarles la canasta
con goles. De agredir, con
pelota, a esos delanteros
rubios, delicados, bonitos, que
olían bien y pertenecían a otra
estirpe. En otras palabras,
muchos querían vengarse de los
atropellos laborales que venían
soportando hace años;
ridiculizarlos por medio del
deporte de manera legal y
pública.
La estadística señalaba doce
encuentros de liga entre ambos
clubes. Con igual número de
victorias para Unión Milán,
jugando de local y visita. El
Deportivo había marcado apenas
tres goles ¾ que celebraron como
hazaña¾ , contra los treinta y
siete de su clásico rival.
Hubo una fiesta cuando un
dirigente llegó con la noticia
que el Deportivo El Llano pasó a
la final luego de ganar en un
discutido cotejo al Zanjón de la
Aguada. Muchos dijeron que el
partido lo arreglaron con unos
cuantos pesos, pues, en un
ambiente normal, el Zanjón de la
Aguada debía ganar por goleada.
Pero les anularon tres dianas,
les expulsaron al arquero ¾ por
quejarse de un cobro injusto¾ y
a dos atacantes. Al final del
encuentro, nadie dijo nada. Los
perdedores agacharon la cabeza y
se metieron al camarín. Los
dueños del Deportivo a viva voz
se comprometieron a mejorar el
salario de los derrotados, "por
su ejemplar comportamiento
después del mach".
Lo único que no pudieron
conseguir los del Deportivo, fue
que la gran final se disputara
en una cancha neutral ¾ no les
gustaba jugar en el reducto del
Unión Milán porque tenía pulgas
y demasiadas moscas, decían¾ .
Aunque estuvieron a punto de
conseguirlo, la Asociación de
Fútbol impuso el criterio de la
diferencia de goles ¾ Unión
Milán tenía veinte dianas de
diferencia¾ y el derecho natural
de ser locales en la última
fecha, por estatutos. También,
se consideró desmedida la
presión, y de haber procedido
con la solicitud se habría
tratado de una medida
prepotente, impresentable y
fuera de los reglamentos. La
resolución no fue pan comido:
hubo amenazas veladas, intentos
de pugilatos y agresión verbal.
El pleito se calentó apenas se
conocieron los nombres de los
finalistas.
En el barrio se habló toda la
semana del partido. Los
jugadores, que trabajaban en las
empresas de los dueños del
Deportivo El Llano, se quejaron
de maltrato indebido, intentos
de despido y ofrecimientos de
estímulos económicos: dos astros
sucumbieron ante las promesas,
aceptaron dinero y se declararon
lesionados. Incluso uno de
ellos, Juan Zenteno, goleador
del campeonato, se puso una
falsa bota de yeso en el pie
izquierdo. Ambos jugadores
fueron expulsados del club,
acusados de traidores y borrados
para siempre de los registros.
No fue todo: curiosamente se les
aumentó el horario de trabajo de
ocho a doce horas, y la jornada
diaria se extendió de lunes a
sábado. El que no cumplía,
quedaba cesante. De modo que el
director técnico del Unión Milán
no pudo contar con sus figuras
para entrenar y preparar el
cotejo del domingo. Esto generó
rabia, malestar, y aumentó la
adrenalina. Los jugadores
prometían una goleada de
proporciones a los insistentes
hinchas que llegaban a
alentarlos.
Más que impotencia, la gente se
reía de estas medidas. Estaban
acostumbrados a esos tormentos
de los patrones. Tenían certeza
que ganarían a medio tranco.
Nunca en la historia el
Deportivo sacó un punto en ese
reducto de tierra, pedruscos y
crecidas champas. Sabían que le
darían un baile, como tantas
veces. Si la cosa se complicaba,
bastaba un empate para
consagrarse campeones por
enésima vez. Una proeza. Sin
embargo, la preocupación cundió
entre el viernes y el sábado: de
madrugada se apersonaron agentes
de investigaciones en las
moradas de varios cracks y
fueron violentamente amenazados
con penas del infierno si no se
dejaban ganar... No sería todo:
el domingo por la mañana, se
recibió una nota en el club
señalando la inscripción de
cinco nuevos jugadores por parte
del Deportivo El Llano... ¿Cómo
lo hicieron? Nadie lo supo. El
libro de inscripción estaba
cerrado. No había tiempo para
reclamar. Tampoco nadie tuvo
ganas de hacerlo. Aunque, cuando
se enteraron que se trataba de
cinco jugadores reconocidos
nacionalmente, profesionales,
que formaban parte del plantel
de Áudax Italiano y Universidad
de Chile, el semblante de los
dirigentes empalideció, y por
primera vez sintieron el halo de
una derrota indigna.
Sólo un detalle dejaron pasar
los del Deportivo: el nombre del
árbitro ingenuamente designado
para conducir la bullada
contienda...
El árbitro, José María Godoy, no
era muy querido en el barrio.
Tenía una personalidad dura,
huraña, antisocial. Se destacó
de niño por ser malo para la
pelota. Por lo mismo no lo
ponían en ningún equipo, tenía
pocos amigos y hasta se quedó
sin sobrenombre, asunto raro y
poco viril en un arrabal. Pocos
sabían que su único sueño de
infante era jugar por la Unión
Milán, ante toda esa gente que
repletaba la cancha. Alguna vez
contó que se vio defendiendo los
colores de esa camiseta en el
mismo Estadio Nacional, igual
como acostumbraban hacerlo los
chicos de la Primera y Segunda
de la serie menores. Imaginaba,
¡vaya que lo hacía seguido!, que
lo tomaban en andas, que lo
paseaban por el barrio, y que lo
halagaban con bellas palabras.
Curiosamente sólo aprendió a
realizar dos maniobras con los
pies: la chilenita y el taco.
Ambas jugadas las podía hacer en
el aire y con gran destreza, eso
era indiscutible. Nunca supo por
qué no fue capaz de parar un
balón, de dar un pase decente y
de ubicarse en la cancha. Años
tuvo en mente la idea fija de
que un día le salía una
chilenita o un sutil taco para
dedicarlos a sus viejos: lo
intentó en los pocos partidos
que le tocó entrar. Jamás le
llegó un balón preciso en el
momento exacto. Daba pena verlo
volar por el aire tratando de
golpear un esférico que no
existía, o haciendo taquitos
estériles de frente a la
popular. Así que lo sacaron del
equipo para siempre. No reunía
condiciones. La naturaleza no le
prestó esa viveza mental y
agilidad en las piernas, que
tenían sus compañeros. Le costó
reconocer que era aturdido, que
no servía. Cuando se dio cuenta
que lo suyo no sería este
oficio, continuó ligado al
fútbol como árbitro. ¡Y vaya que
era estricto! No tenía
conmiseración con ningún club.
Incluso a la Unión Milán, en su
propia cancha, con sus
familiares presenciando el
partido, le cobró en contra un
par de penales dudosos y varias
otras sanciones a favor de los
cuadros visitantes.
¾ ¡Debo ser imparcial en mis
pagos! ¾ se defendía cuando le
reprochaban por las faltas
exageradas que pitaba.
Hasta que llegó el esperado día
domingo.
Un silencio fúnebre quedó
flotando en el aire cuando el
gentío vio descender de los
lujosos automóviles a un grupo
de atletas de desarrollados
músculos, crecidas melenas y
buen porte. Junto a ellos venían
los dirigentes, masticando
habanos encendidos, y una barra
de cien personas, más o menos.
Detrás de los arcos, se ubicaron
dos carros policiales. Los del
Deportivo no usaron el camarín.
Les daba asco. Venían con buzo.
Preparados. Una vez que
reconocieron el campo, se
quitaron el buzo y aparecieron
sus poderosas piernas, bien
trabajadas y alimentadas.
Mientras peloteaban, los
muchachos del Unión Milán
recibían las últimas
instrucciones.
¾ Quiero que la toquen, que
inventen, que se diviertan y que
no se dejen provocar por estos
hijos de putas... ¾ fueron las
sabias recomendaciones del
entrenador.
La cosa no sería fácil. Así lo
entendieron, de entrada, los
dirigentes del Unión Milán.
Aunque tenían fe en los chicos ¾
ninguno tenía más de veinte
años¾ , sabían que jugarían en
desventaja, por todo lo que pasó
en la semana, por esos cinco
profesionales, por la presión
laboral que, seguro, tenían
metida en la cabeza. Más encima
el árbitro sería José María
Godoy... Un tipo raro, incierto,
de pocas palabras. ¡Y esa bronca
que le tenía al club por no
haber triunfado en las series
infantiles...! En fin, los dados
estaban echados. Había que
confiar en las oraciones que
durante la semana se mandaron
los hermanos evangélicos.
Resonó el pito del árbitro en el
centro de la cancha, llamando a
los protagonistas. Los muchachos
de Unión Milán salieron
tranquilamente del camarín, en
fila india, tocándose la
cintura, y la multitud los
recibió con gritos, aplausos,
silbidos, cánticos. ¡Parecía un
equipo juvenil frente a uno
adulto! Pero estos chicos sabían
de triunfos, de conquistas, de
gloria. Eran unos ganadores
innatos. Muchos de ellos eran y
fueron pretendidos por clubes
grandes, pero no se marchaban
por amor al barrio, por el
encanto que produce la pobreza
cuando se tiene como amiga,
cuando se creció junto a ella,
porque eran felices jugando para
regalar alegrías a personas que
no tenían otra diversión que
esos partidos los domingos,
donde podían ver en acción a
talentos que llevaban su sangre.
Cuando José María Godoy llamó a
los capitanes, recién pudo darse
cuenta que el Deportivo El Llano
alteró las reglas. Miró a los
jugadores y, por cierto, no
estaban aquellos que
semanalmente jugaban. Reconoció,
sin que nadie le dijera, a los
astros profesionales. Como era
acucioso, pidió el libro de
inscripción y constató que todo
se hallaba en regla. El abuelo
de él aprovechó de pedirle que
fuera imparcial en sus cobros.
Se lo pidió con manos en cruz.
José María Godoy, al escuchar
esas palabras, por primera vez
le daría un fugaz vistazo a sus
parientes: estaban todos juntos,
padres, hermanos, tíos,
vecinos... Le desearon suerte.
En ese minuto no sabe ¾ ni
tampoco ahora¾ , por qué evocó
con tanta fuerza aquel pasado
tiempo cuando quería gritarles
un gol de chilenita o de taco, y
después, si quería, podía
abandonar la pasión del fútbol.
Obsesivo, todavía no entendía
por qué no fue capaz de realizar
algo tan simple, que sabía hacer
mejor que nadie.
A las cuatro de la tarde, hizo
sonar el pito y el partido
arrancó. Desde ese instante,
José María Godoy supo que no
podría dirigir tranquilo.
Concentrado. Oía los gritos. Las
órdenes de los entrenadores.
Garabatos. Reclamos. El sonido
ambiente. El tránsito de los
buses por la Gran Avenida. ¡La
voz de su madre pidiéndole
entrega a los jóvenes de Unión
Milán! A ratos, cobraba bien las
faltas, mas no se daba cuenta.
Se iba del partido. En dos
oportunidades aprovechó de mojar
la cabeza para espabilarse. No
fue posible. Seguía como
atontado. Algo fuera de sí. Un
inusual conflicto de intereses
bullía en su mente. De pronto se
acordaba de las deudas. Del pago
de los consumos, de los líos con
su señora, de la reunión de
apoderados, de muchas cosas que
no venían al caso. Incluso,
cuando pasó hacía el poniente el
cansino ferrocarril de la
maestranza San Eugenio, se quedó
absorto observando sus vagones.
Por suerte no ocurrió alguna
jugada peligrosa.
El partido avanzó disputado a un
ritmo infernal. Se metía fuerte
la pierna. Se defendían todas
las pelotas. Hubo manotazos.
Golpes por la espalda.
Agresiones encubiertas. No se
daban tregua. Pocas veces se vio
una final tan reñida.
Impredecible. Donde el jugador
siente esas palpitaciones a mil,
desbordantes, que le tapan los
pulmones y empalidecen el
rostro. Es la ansiedad. El temor
a perder un balón en una trágica
porción de segundo. Está también
la ocasión soñada de hacer una
hazaña para transportar fuera de
las latitudes la fama, la magia,
el nacimiento de una epopeya.
Como sucede en situaciones
límites, la tensión se apodera
del cuerpo y sólo saldrá de
aquel laberinto aquel que logre
dominar la angustia. El miedo a
lo desconocido. ¡El que tenga
una seguridad natural de sus
condiciones!
Hasta que terminó el primer
tiempo, empatado a cero. Si bien
el trámite era parejo, las
llegadas de gol estaban a favor
del Deportivo El Llano. Se
notaba que estaban con
confianza. Que manejaban con más
pulcritud el balón y tenían una
experiencia superior. Los chicos
ponían garra, talento, pero de
tanto en tanto hacían un caño de
más, un sombrero de más, un
driblen de más, y no
finiquitaron dos o tres
situaciones propicias. Lo único
positivo era que José María
Godoy les cobraba casi todo a su
favor... Incluso, en qué estuvo
que no sancionó un penal
inexistente, "era muy pronto y
desvergonzado", pensó el juez.
Después diría, en lo poco que
pudo hablar, que el Presidente
del Deportivo El Llano le gritó:
"¡Me cobras ese penal, Godoy, y
mañana no existes!". Pero él lo
ignoró. Ni siquiera lo miró de
reojo. No lo tomó en cuenta ni
sintió pavor. Algo le pasaba. Se
sentía mentalmente fuerte. "El
hambre de gloria renació en mí
de forma inconsciente",
confesaría más tarde.
En el segundo tiempo el trámite
del partido continuó parejo. Los
hinchas del Unión Milán ya
destapaban botellas de vino y
cervezas. Ya celebraban. No
tenían por dónde encajarles una
diana. Más encima el árbitro
estaba de su parte, por primera
vez. El "¡ole..., ole...!", se
empezó a escuchar de manera
humillante. A ratos, los chicos
brillaban. Sólo faltaba el gol
para manejar con calma el
partido. Se habían perdidos tres
o cuatro claras nuevas
oportunidades, además ¾ por
supuesto¾ del penal injusto que
pitó a su favor el juez de la
contienda, y que Juan Valenzuela
"el Níspero", capitán del
equipo, malogró mandando la de
cuero a las nubes.
Cerca de los treinta minutos,
sucedió el fatal imprevisto: gol
del Deportivo El Llano. Uno de
los profesionales sacó un remate
de otro planeta. Imparable. El
arquerito nada pudo hacer,
salvo, claro, mirar con
impotencia cómo se metía el
balón en el "rincón de las
arañas". Con esta diana eran
campeones. Silencio sepulcral.
Faltan pocos minutos. Celebran
los visitantes. Los ánimos se
calientan. Más encima, el gol
afectó sicológicamente a los
muchachos, y perdieron el
control del juego, se
recriminaron unos a otros,
cayeron en una letal
somnolencia. Confusión. ¡Tres
pelotas golpean en el travesaño!
Los jóvenes no despiertan. No
reaccionan. Y el tiempo avanza
con una rapidez exasperante.
Muchas mujeres echaron a llorar.
El grupo de evangélicos no
perdió la fe, la esperanza, y
oraban, pero se notaba que con
las imprecaciones no bastaba.
Hasta ahí José María Godoy
rememora con lucidez. Lo que
viene a continuación es una bola
gris. Una nube. Mejor, un
torbellino de polvo. Le cuento
que el balón viajó por el
espacio de área a área. Quizás
demoró un par de segundos en
desplazarse. Por un impulso
que desconoce, él siguió la
pelota dando veloces trancos, su
corazón jadeaba, claro, era
comprensible, un árbitro debe
seguir la jugada, pero nunca con
ese énfasis: aquello no le
importaba. No estaba en sus
planes inmediatos hacer "nada
inusual". En el trayecto pasó a
llevar a dos jugadores, "¡a un
lado, gallinas, que el pase
viene para mí!", gritó, sin que
nadie entendiera, sin poder
calmarse, hasta que de pronto se
detiene, suelta el pito de la
mano, esperó el descenso del
balón y da un brinco
espectacular, magistral,
acrobático, de cara y panza al
cielo, solo, sin que nadie lo
marcara, bueno, ¡es utópico
marcar a un juez!, y en esa
milésima de segundos quiso darle
a la pelota moviendo
armoniosamente ambas piernas,
como tijera, en pleno aire:
desgraciadamente calculó mal...
La pelota bajó y luego él cayó
pesadamente al piso. ¿Qué pasó?
¿Qué hizo? ¿Se volvió loco por
un momento? Se pensó en un
resbalón. En una caída
imprevista. Nadie entendió nada.
Lo fueron auxiliar. Alguien
habló de un ataque epiléptico,
que sería, en buenas cuentas, la
explicación médica más
convincente que pululó.
Tardaron cinco minutos en
volverlo en sí, en curarlo, en
quitarle el polvo de la cara, de
las orejas y del traje negro. Un
popular personaje del barrio, se
acercó hasta su oído y le
susurró:
¾ Estuvo buena la idea, Godoy,
pero que la "otra" sea menos
evidente...
Los del Deportivo El Llano
pedían el término del partido.
Con reloj en la mano, mostraban
que el tiempo había concluido.
Pero el árbitro decidió jugar
siete minutos adicionales. Hubo
quejas. Discusiones. Amenazas.
Finalmente, se acordó disputar
los tres minutos que
originalmente le faltaban al
partido. Los fanáticos de Unión
Milán parecían estar
participando en un velorio.
Había un silencio fantasmal. La
derrota rondaba las narices de
los hinchas.
Pero todo no estaba dicho...
Demostrando una parcialidad
increíble, José María Godoy
reanudó la brega cobrando tiro
de esquina a favor de Unión
Milán, asegurando que la pelota
rebotó en la espalda de un
defensa. No hubo manera de
convencerlo que aquello era
irreal, que nunca existió el
córner. Calmó a los del
Deportivo señalando que sería la
última jugada del lance.
Mientras acomodaban la pelota,
todo el gentío corrió hasta
aquel arco, y gritaban,
intimidaban al golero, azuzaban
a su equipo, se pelearon a
trompadas con algunos
visitantes, hasta que vino el
pelotazo. Era lo que se llama un
buen centro. Perfectamente
lanzado, que, de acuerdo a los
cálculos de José María Godoy,
caería en el punto penal, donde
había un hueco, un espacio
suficiente para hacer algo
imprevisto, rápido, una
cabriola, meter un puntete,
golpear la pelota con el
empeine, incluso hacer una
palomita, pero veía que los
chicos no advertían ninguna de
esas posibilidades: se estaban
codeando, arañando, sujetando,
con los demás, y el balón caería
ahí, a medio metro de donde él
estaba, en el lugar exacto y en
el momento preciso, como lo soñó
cuando pibe, con la camiseta de
Unión Milán en el pecho, el
estadio "Dagoberto Espínola"
colmado de asistentes, con sus
viejos y los vecinos del barrio
haciendo barra, entonces ojeó al
portero, se hallaba escondido
entre tanto jugador, ¡no tapaba
un sector del palo izquierdo!,
él también estaba metido en
aquel bosque humano, donde el
polvo que se levantaba hacía más
difícil las cosas, permitía
ocultar la evidencia de lo que
pretendía hacer, si Dios y la
suerte lo acompañaban, y el
balón seguía viajando, lento,
seco, suave, perfecto,
diciéndole, apuntándole sólo a
él dónde descendería, en qué
instante, y no lo piensa más, da
un pasito, hace un giro y toma
con el taco, en al aire, la
pelota, y le cambia el sentido:
gol... Estalla la gente.
Celebran. Entran a la cancha.
¡Nadie sabe quién hizo la diana!
Los de la Unión Milán se
abrazan, se preguntan quién
metió ese taco fantástico, quién
rasguñó el balón con esa clase:
¡qué importa! Muchos goles en la
historia del fútbol mundial no
tienen dueños. El árbitro validó
de inmediato el gol y corrió al
centro de la cancha. Anotó como
autor de la conquista al nueve,
Miguelito Pacheco, "El
Correcaminos", a quien le
pareció ver próximo a la jugada.
Pero aquí sucedió lo inevitable:
un grupo de hinchas del
Deportivo El Llano invadieron el
reducto y vino el caos, la
trifulca, las peleas, los
heridos, los balazos de la
policía, y "las múltiples
contusiones internas y externas"
de José María Godoy, el más
perjudicado de todos, que perdió
el trabajo, que fue expulsado de
por vida del gremio referil,
pero que logró la gloria que
soñó en la infancia: hacer un
gol maravilloso en la cancha
"Dagoberto Espínola", ante toda
la gente del barrio, para
quitarse de encima esa mala fama
de aturdido que cargó durante
años y, de algún modo, para
doblarle la mano al propio
Destino y convertir en Campeón
al club de sus amores, aunque
nadie nunca, jamás, lo reconoció
como autor intelectual y
material de la histórica
conquista...
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BREVE INFORME DESCRIPTIVO DE
CARRERA LITERARIA Y PROFESIONAL
REINALDO EDMUNDO MARCHANT
Sobre Estudios y Cargos
Relevantes:
Reinaldo Edmundo Marchant (1958,
Santiago de Chile).
Escritor. Estudios superiores
Facultad de Letras de la
Universidad Católica, Diplomado
en Administración de Recursos
Humanos, con Mención en
Comunicación y Cultura. Profesor
de literatura y Director de
Talleres Artísticos. Diplomático
Agregado de Cultura y Prensa en
Embajada de Chile en Uruguay –
1994 – 1997 – y Embajada de
Chile en Colombia – 1998 –1999-.
Articulista y Cronista diario La
Época, La Nación, Revista
Análisis, Pluma y Pincel, Cauce,
Semanario Chileno Alemán
"Cóndor", Revista Todo Música,
Suplemento Deportivo Diario La
Segunda (otros medios). Gestor y
Productor Cultural. Editor
Medios de Comunicaciones para el
poder local: Semanario Municipal
Pedro Aguirre Cerda y Semanario
Municipal El Bosque. Actualmente
es Profesor de Literatura de la
Universidad Diego Portales y
Consejero Nacional del libro y
la Lectura.
TRAYECTORIA LITERARIA, ACADÉMICA
Y CULTURAL
Se dio a conocer en la década de
los ochenta como integrante de
la Nueva Narrativa Chilena.
Desarrolló en esos años una
prolífica labor literaria y
periodística. En 1988 remitió
cinco novelas inéditas al
principal Concurso Nacional de
Literatura Andrés Bello,
logrando el primer lugar con su
libro "El Abuelo"; dicho
certamen se dirimió sólo días
después triunfo del NO del 5 de
Octubre.
Junto a su actividad creativa,
escribió durante años los días
domingo en la Revista Temas del
diario La Epoca. También fue
articulista y cronista de
revistas culturales y
deportivas. Como un
reconocimiento a su labor
artística, en 1994 el Presidente
de la República Eduardo Frei lo
nombra Agregado de Cultura y
Prensa en la Embajada de Chile
en Uruguay, donde realizó tres
libros de Antologías de
escritores chilenos y uruguayos,
una en coautoría con Mario
Benedetti; este trabajo le
significó ser nombrado "Miembro
Correspondiente de la Academia
Uruguaya de Letras" (1996),
siendo el más joven en su
historia. En los años 1998 -
1999 ocupó el mismo cargo
Diplomático en la Embajada de
Chile en Colombia. En 1998 se
adjudicó el prestigioso "Premio
Internacional de Novela Ciudad
de Pereira, Colombia".
Ha escrito a la fecha nueve
Novelas, cinco libros de Cuentos
y tres Antologías.
Sus novelas y cuentos han
recibido más de una docena de
premios literarios y
reconocimientos, entre los que
destacan el Concurso Universidad
Católica, 1983; Concurso
Nacional " Cuentos de mi País",
Bata, 1984; Premio Nacional de
Cuentos Antonio Pigafetta, 1985;
Premio Internacional Nuevo
Cuento Latino, EE.UU., 1985;
Premio CMI de Novela, Suiza,
1986; Premio de Novela Breve
Rotary Club de Santiago, 1986;
Premio de Novela Inédita
Ministerio de Educación de
Chile, 1987; Premio Nacional de
Novela Andrés Bello,1988; Premio
Nacional de Literatura Sociedad
de Escritores de Talca y
Universidad de Maule, 1989;
Premio Municipal de Literatura
Eusebio Lillo, El Bosque, 1993;
Premio Asociación Uruguaya de
Escritores, 1995; Premio
Literario Asociación de Mujeres
Escritoras y Periodistas de
Uruguay, 1996; XV Concurso Anual
de Novela Ciudad de Pereira,
Colombia, 1999; Premio Mejor
Libro Publicado, Edición de
Lujo, Cartagena de Indias,
Galería Franco del Arte y el
Libro, Colombia, 1999.
La producción literaria del
autor ha sido incluida en
numerosas Antologías, editada en
Revistas, Diarios nacionales e
internacionales; cuenta con una
gran acogida de la crítica
especializada. Sus libros se han
presentado en diversos países,
siendo impartidos por
prestigiosos profesores como
Lucía Guerra, José Promis,
Guillermo Valencia y David
Petreman, en universidades de
Estados Unidos, Fernando Moreno
y Jorge Luis Sour en Francia, y
también en casas de estudios
superiores de Uruguay, Colombia,
Argentina y Chile.
Ha dictado Conferencias sobre el
Libro, La Lectura, Pablo Neruda,
Gabriela Mistral, Literatura
Chilena Actual, Temática de mis
Libros, Nueva Narrativa – entre
otros temas -, en los siguientes
países. Uruguay: Sala Vaz
Ferreira, Academia Uruguaya de
Letras, Feria del Libro de
Montevideo, Universidad la
República, Embajada de Chile en
Uruguay, Sociedad Uruguaya de
Escritores, Museo de Arte y
Letras, Academia de Historia y
Literatura. En Colombia:
Universidad del Norte,
Barranquilla, Universidad La
Sábana, Universidad Javeriana,
Teatro Municipal de Cartagena de
India, Feria Internacional del
Libro de Bogotá y Melledín,
Instituto Gabriela Mistral de
Cali, Centro Educacional Pablo
Neruda de Bogotá, Salón
Santillana de Bogotá – entre
otros -. Argentina: Salón de
Honor del SADE, Instituto de
Letras Martín Fierro, Feria del
Libro de Buenos Aires, Centro de
Cultura y el Libro de Mar del
Plata – entre otros -. México:
Feria Internacional de
Guadalajara, Embajada de Chile,
Centro Cultural Juan Rulfo –
entre otros -. España:
Universidad de Salamanca,
Instituto de Letras de Madrid,
Feria del Libro de Jirón – entre
otros -.
Correo electrónico:
marchant10@yahoo.es
Gentileza:: Mario Meléndez
[
mariomelendez71@yahoo.com ]
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