Por Jorge
José Abazyan, (Especial para Agencia NOVA)
San Martín, como todos los grandes
conductores, ha sido hombre de grandes
objetivos, y jamás empeñó acción alguna
tras un objetivo pequeño. Su vida misma,
puesta al servicio de una gran idea, es la
prueba de ello, y su renunciamiento a
desviar su conducta hacia cuestiones
pequeñas de la política, evidencia la
firmeza de su ideal; y la máxima que
regló su vida: “Serás lo que debas ser, o
si no, no serás nada”, es otra muestra de
esta aseveración.
Conocedor
profundo de su arte, fue un maestro en la
economía de la fuerza, empleando siempre
el esfuerzo simultáneo y evitando los
parciales. Así decía en 1814: “Yo no he
visto en todo el curso de nuestra
revolución más que esfuerzos parciales,
excepto los emprendidos contra Montevideo,
cuyos resultados demostraron lo que puede
la resolución; háganse simultáneos y somos
libres”.
San Martín
caracterizó al conductor reflexivo y
consciente. Poseía las grandes cualidades
morales imprescindibles en un comandante
de tropas. Era también un acabado maestro
y un edificante ejemplo para sus
oficiales. Los mejores Generales de la
República en la Revolución fueron
reclutados por él o instruidos en la
escuela de su enseñanza, que será la mejor
norma eterna para los oficiales
argentinos.
Era así un
conductor y un maestro, difícil dualidad
que solo se consigue en los hombres
dotados de un equilibrio extraordinario.
He dicho en
otra oportunidad que en tiempo de paz
cambiaría un conductor por un maestro.
Como también en tiempo de guerra cambiaría
todos los maestros por un conductor.
Clausewitz hizo por el arte de la
conducción más que muchos de los
conductores juntos. Estos enseñaron a
hacer la guerra, y aquel enseñó a
comprenderla.
San Martín
fue para su ejército ambas cosas: maestro
y conductor. Fue, como todos los grandes
conductores, el estratego que busca la
batalla decisiva, y al empeñarla llevó “la
firme resolución de morir con gloria”, en
buscadle aniquilamiento del enemigo.
Su
conducción es clásica, eminentemente
clásica. Su arte es el arte superior de
los genios. Como organizador se distingue
sobre todos los conductores americanos de
su época: el Ejército de los Andes es el
mejor ejército que se haya creado en
América, tanto en su organización como en
su instrucción y dotación. Formó
personalmente los mejores jefes y
oficiales de la Emancipación, algunos de
los cuales se mantuvieron en el comando de
sus tropas hasta la época de la
organización nacional, y eran
irreemplazables. Sus tropas instruidas,
disciplinadas y entrenadas, fueron
superiores a los veteranos españoles de
las guerras napoleónicas.
El Ejército
de los Andes fue creado de la nada. Fue
necesario fabricar todo, y para ello
dentro de la falta absoluta de medios. Sin
embargo, San Martín, con su talento
múltiple, montó fábricas, formó depósitos,
capacitó operarios y fabricó desde la
canana y el mandil modestos, hasta el
propio afuste del cañón.
Fue el
creador en América de la artillería de
montaña a lomo y sobre prensa-zorra. Fue
el primer conductor sudamericano que
dispuso de un Estado Mayor organizado.
También fue el creador de los servicios de
estado mayor, revelándose un maestro en
las informaciones y organización de
aprovisionamientos y reabastecimientos. La
aplicación de sus recursos políticos,
económicos, financieros, industriales, en
el servicio de un estado mayor,
representan hoy un ejemplo a imitar. Sus
planes de operaciones pueden servir de
modelo al ejército más moderno de nuestra
época.
En el campo
táctico se distingue la alta inspiración
de un Aníbal y de un Napoleón. Sus
batallas son de aniquilamiento absoluto.
El empleo de grandes masas para producir
el éxito y explotar la victoria es su
característica más marcada. Empleó la
artillería en masa, por concentraciones de
fuego, en contra de las ideas de la época.
La acción sobre el flanco y la retaguardia
del enemigo, por la maniobra de ala, fue
su preferencia.
Una energía
extraordinaria en las operaciones y la
aplicación de una ofensiva persistente y
metódica fueron las características
tácticas de su acción.
En la
batalla su actitud personal fue decisiva,
y lo vemos multiplicarse en todas partes
para la dirección de la misma y aún
intervenir personalmente en la acción,
cargando al frente de sus granaderos,
cuando la situación, como en Chacabuco,
así lo impone.