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Del Haití:
Entre la espada y la pared
Sally Burch
ALAI-AMLATINA
Brasil ha aceptado liderar la fuerza
internacional de paz de las Naciones Unidas en
Haití, a partir del próximo 1 de julio, cuando
los Cascos Azules tomarán el relevo a la fuerza
encabezada por EE.UU., que desplazó al
Presidente Jean-Bertrand Aristide del poder el
pasado 29 de febrero. Esta fuerza está compuesta
actualmente por 3700 efectivos de EE.UU.,
Canadá, Francia y Chile.
Por su parte, el gobierno interino firmó un
acuerdo, el 4 de abril, con partidos políticos
(entre los que no se incluye el partido Lavalas
de Aristide) y representantes de sociedad civil,
para la realización de elecciones el año
próximo. El presidente democráticamente electo
asumirá el poder a más tardar el 7 de febrero de
2006.
La población, entre tanto, sigue sumida en
condiciones de escasez y caos, ante la casi
ausencia de servicios básicos y orden público.
La capital se encuentra sin electricidad desde
hace semanas y con la basura apilada en las
calles. Se ha desatado una "caza de brujas"
contra los partidarios de Aristide, muchos de
los cuales están escondidos, mientras que
decenas han sido asesinados. Las bandas armadas
siguen haciendo la ley a su manera,
especialmente en zonas del interior del país,
donde aún no se ha nombrado a las nuevas
autoridades locales. En ciertas zonas escasea la
comida.
El gobierno del primer ministro interino, Gérard
Latortue, lucha prácticamente sin recursos por
restablecer un cierto orden en este país de casi
8 millones de habitantes. El gobierno saliente,
enfrentado al congelamiento de unos $500
millones de ayuda internacional, luego de las
acusaciones de fraude electoral, dejó un déficit
presupuestario de unos US$ 100 millones de
dólares.
Buena parte de la infraestructura estatal se
encuentra destruida luego de los motines de
febrero -cuyos daños se estiman entre
100 y 300 millones de dólares- y se ha reducido
a un mínimo la capacidad de recaudación de
impuestos. La ayuda anunciada recientemente por
EE.UU., de US9 millones para la democracia, que
será administrada por la OEA, y otros $55
millones en ayuda económica y humanitaria, no
deja de ser un monto irrisorio en relación al
tamaño de las necesidades.
El desorden público se complica por la
complacencia de las autoridades y de la llamada
fuerza de paz con los rebeldes armados, que no
apresuran su desarme. Estos, compuestos en su
mayoría por antiguos militares golpistas y
fuerzas paramilitares de la derecha, se regodean
de la calificación de "luchadores de la
libertad" que les reconoció Latortue,
prometiendo integrarles a la fuerza policial.
Ahora, uno de los líderes rebeldes, el ex
coronel del ejército Remissainthe Ravix, reclama
incluso la reconstitución del ejército. Ravix,
quien dice comandar a 1681 antiguos soldados,
pretende que "somos el ejército haitiano" que
sería "una fuerza constitucional". El ejército
fue eliminado por Aristide cuando reasumió el
poder como presidente constitucional hace 10
años, luego de un intervalo de tres años de
dictadura militar.
La complacencia de EE.UU. con las fuerzas
rebeldes no es sorprendente cuando se ha
mostrado evidencia de que este país las viene
apoyando desde hace algún tiempo. A fines de
marzo, se dio a conocer en Santo Domingo los
resultados preliminares de una Comisión de
Investigación sobre Haití, instaurada por el
antiguo Fiscal General de EE.UU., Ramsey Clark,
que indagaba sobre los acontecimientos de
febrero. La Comisión reveló que los gobiernos de
EE.UU. y República Dominicana habrían
participado en el armamento y entrenamiento en
ese último país de los rebeldes haitianos. La
Comisión encontró que 200 soldados de las
Fuerzas Especiales estadounidenses llegaron a la
República Dominicana para participar en
ejercicios militares en febrero de
2003; con autorización especial del presidente
Hipólito Mejía, éstos se realizaron más cerca de
la frontera que lo usual, en una zona desde
donde los rebeldes estaban practicando ataques
regulares en Haití contra instalaciones del
Estado. Algunos centros de entrenamiento se
encontraban en -o cerca de-
instalaciones militares dominicanas. La Comisión
recibió también varios informes del transporte
de armas de la República Dominicana a Haití, por
tierra o mar.
Inconformidad caribeña
Una fuerte polémica internacional se ha desatado
en torno a la forma en que Aristide fue forzado
a dejar el poder, y el rol de EE.UU. y Francia
en ella. Muchos sectores, y en particular los
gobiernos miembros de la Comunidad Caribeña,
Caricom, además del gobierno de Venezuela, entre
otros, no reconocen al gobierno interino.
Consideran que EE.UU. y Francia perpetraron un
golpe al obligar a Aristide a abandonar el
poder, infringiendo la Ley internacional.
Caricom ha amenazado pedir una investigación del
caso en la ONU; toda vez, ha demorado en
formalizar el pedido, dejando entrever que está
sujeto a fuertes presiones para no darle paso.
La preocupación de los países de la región
tiene, sin duda, fundamento. La historia del
Caribe abunda en gobiernos derrocados al antojo
de EE.UU., y Cuba y Venezuela en particular
temen estar en la lista de una posible
intervención estadounidense.
Algunos analistas consideran, incluso, que EE.UU.
anhela establecer una base militar permanente en
Haití, como plataforma estratégica para
intervenir con mayor agilidad en la región. Y de
hecho una misión de diputados que visitó Haití
recientemente regresó con la recomendación de
que EE.UU. prolongue su presencia más allá de
julio.
Aristide, entretanto, se encuentra en Jamaica,
luego de su regreso de la República
Centroafricana, donde fue llevado por un avión
militar de EE.UU. el 29 de febrero. Se ha
informado que Sudáfrica estaría dispuesta a
recibirlo. Para el gobierno interino de Haití,
su presencia en un país tan cercano resulta
embarazosa. EE.UU., por su parte, mantiene la
presión sobre el ex presidente. Cuando Colin
Powell visitó Haití a mediados de abril, anunció
que las autoridades estadounidenses investigarán
los posibles nexos de Aristide con el
narcotráfico, para saber si son ciertas las
acusaciones de que se embolsó millones de
dólares procedentes del narcotráfico -como lo
denunció en febrero pasado un narcotraficante
haitiano enjuiciado en Miami- o si solamente se
hizo el desentendido para no interferir con las
contribuciones de los narcotraficantes a sus
programas sociales.
"La intervención confiscó nuestra victoria"
Al interior del país, muchos sectores sociales y
democráticos mantienen una posición más
matizada. Sectores sociales que venían
reivindicando la salida de Aristide por corrupto
y por su estilo dictatorial de gobierno,
mantienen un apoyo crítico al gobierno interino
al considerar que podría encaminar un proceso
democrático en el país.
Las organizaciones haitianas miembros de la
Asamblea de Pueblos del Caribe, que incluyen a
organizaciones de derechos humanos, de
desarrollo rural, de mujeres, de la iglesia
popular, entre otras, emitieron un comunicado,
el 15 de marzo, a sus contrapartes del Caribe,
en el cual solicitan a éstos que denuncien la
presencia de Aristide en Jamaica. Consideran que
Aristide traicionó los objetivos e ideales del
movimiento popular de 1986 (que derrocó al
dictador Duvalier) y que su régimen aplicaba
sumisamente los dictados de Washington y del
FMI, y destruyó las instituciones del país y
buena parte de su capacidad productiva.
Estas organizaciones piden a los amigos/as del
pueblo haitiano que ayuden a consolidar el
proceso actual, para lo cual identifican como
prioridad a la lucha contra la actual ocupación
militar de su territorio. Condenan las
circunstancias en las que Aristide abandonó el
país y la interferencia del Departamento de
Estado en la política interna del país, así como
la insurrección armada apoyada por la CIA.
Denuncian que: "Las fuerzas estadounidenses
intervinieron en Haití para desvirtuar y
confiscar la victoria del Pueblo Haitiano contra
la dictadura de Aristide", precisando que fue el
propio Aristide, mas no el Pueblo Haitiano,
quien pidió la intervención de tropas
extranjeras.
Gentileza:: Revista Koeyu Latinoamericano
koeyu@cantv.net
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