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El amasijo
-Ecos de un viaje
a Buenos Aires-
CUIDANDO LA LINEA
(Donde se habla de
gorduras y reactivación industrial)
Por: John Argerich
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-¡Araca la pálida!
-lloraba el presidente- ¡Que vienen los garcas
del FMI…!
-Non calentarum -sentenció un consejero- Esta
vuelta les ponemos la tapa, les ponemos, che. La
economía ha repuntado, porque hicimos las cosas
bien.
Pero la felicidad sin consenso de poco vale, y
un filósofo que por allí pasaba metió el puñal
sangriento de una duda.
-¿O sonó la flauta, por casualidad? -dijo,
sottovoce.
La cosa estaba buena, pero antes de entrar en
materia pongamos este embrollo en sana
pespertiva. Siempre habrá contreras, es bien
cierto, y ésa fue una crítica amargueta, aunque
tenga sus cultores. O sea, que si a pesar del
bolonqui que casi más nos manda a la lona,
salimos otra vuelta a flote, no fue gracias a la
administración nacional. La verdad del curro es
bien distinta: ¡Dios volvió del exilio, che!
¿Cómo explicar, si no, una capacidad de
recuperación, que deja chato al afán suicida de
la nomenklatura? Pero al milagro hay que
encontrarle autores, porque en este mundo cane
nada es casualidad. La respuesta del millón cae
de madura. Esto es obra de la muchachada. Los
grasas, como vos y yo. Sabérselas bancar, un
decir. Y en el cante de la justa, debido es
reconocer que las ondas vitales fueron muchas.
La maratón de los cien barrios. Pero sería
macarrónico nombrarlas todas, así que
dedicaremos esta crónica a un caso testigo de lo
que puede hacer el balero patrio. Modelo que sin
ser único, pinta el espíritu de nuestra época.
-No manyo ni cinco -dijo un gil.
Pero como decía Taboada, el que plantó la
lechuga, me se morfa la ensalada. Todo tiene su
génesis, y cada época muestra un peculiar
concepto de lo bello. A Rubens le gustaban las
gordas, y el colérico van Gough compartió desde
Tahití idéntica devoción.
-Más vale que sosobre y no fafalte- solían decir
los caballeros de la época.
Sin embargo la abundancia es pasajera, y después
de unas festicholas de órdago, vino la
austeridad victoriana. Que trajo púdicas
redondeces, ineptas para inspirar al más
fanático del ato sesual. Es preciso llegar a los
locos años veinte, para vivir el destape.
Entonces hubo un bruto cambio de ideales,
surgiendo como modelo estético la hembra ojerosa
y frágil. No hace falta relatar el producto de
mesejante berretin, con la malaria reinante. Las
tuberculosas hicieron estragos sentimentales,
como en el gotán de Margarita Gauthier. Pero
pasó el tiempo, y luego de que los cultos
europeos se rompieron el orto a cañonazos por
trigésima vez, llegó la prosperidad. Buenas
nuevas, aunque con ella hizo irrupción un
saboteador de la dicha tan trabajosamente
alcanzada. El indiscreto tejido adiposo,
localizándose siempre donde peor queda. Y ese
romance de la panza llena fue preludio de
argentinidad. Es que morfando bien, todo parece
más bello. En resumen: Con la crisis la gente
adelgazó bastante, pero cuando por arte de magia
empezaron a lastrar mejor, renació el espíritu
empresario. Así aparecieron gimnasios,
dietistas, baños turcos, y expertos en
liposucción. Pero no hay que buscar
protagonistas en los claustros universitarios ni
en las filas del Opus Dei. Una epopeya con los
héroes de siempre. Por ejemplo, el tuerto
Bacigalupo, que había vivido muchos años en
Suecia. Quien luego de pasarse la diestra por el
occipital, dijo:
-¡Ajá!
Hombre de pocas palabras, cuando los comentarios
sobran. Vd. la vió venir. Al que carbura una
idea brillante para salir de pobre, le conviene
quedarse piola, por si las moscas. Así no cunden
deseos de emulación. O envidia, que es peor.
Pero un día el loco largó prenda, porque se
pasaba de vueltas. Su idea era hacer guita
vendiendo huevos de lombriz solitaria, que
arrasa con la gordura más empedernida. Los
muchachos de la barra primero lo escucharon sin
poder dar crédito a esas palabras. Nadie es
profeta en su época. Y de tan imbéciles que
eran, terminaron tomándolo de punto. Craso
error.
-Dejálo al pobre, que se le pase la rayadura…
-decían en el café.
Pero él se mantuvo como fierro en sus cuarenta.
Hombre de visión, a pesar del ojo izquierdo.
-Una piña cuando era pibe -decía.
Tema que evitaremos profundizar para no irnos
por las ramas, como pasa siempre. Y la carne del
puchero es que, tras mucho rumiar sus planes,
puso criadero en el depto. Dios premia la
constancia, dicen, y un huevito hoy, otro
mañana, la idea empezó a funcar. Luego conoció
unos periodistas en la cancha, y fue noticia,
porque éstos siempre andan desesperados por
encontrar alguna pelotudez que escribir. Así
empezaron las vacas gordas, valga la burda
comparación. Y fue preciso invertir en
marketing, para crear una imagen triunfadora de
alcance nacional..
-¡Coma cuanto quiera, amigo, y deje que nosotras
lo hagamos adelgazar! -decía ante las cámaras
televisivas, una rubia tetuda, vestida de
lombriz.
De tal forma, el sueño del criadero doméstico
dio origen a una empresa líder. Bacigalupo
pronto tuvo obreros, empleados, y secretaria.
Todos flacos, eso sí, por la imagen comercial. Y
hasta técnicos, para lograr insosopechadas metas
de especialización.
-¿Su debilidad es el chocolate? Compre huevos
tipo "E"-dijo Radio 10.
-¿Es loco por las pastas? Adquiera nuestra
variante siciliana, "tenia mangiaforte", de
rápida digestión -informaban, a coro, los
canales televisivos.
La empresa tenía un nombre impactante: "Solitarium
Inc." Con un slogan triunfador, como corresponde
a todo proyecto serio. "Lo bueno, en frasco
chico, señor". Enfasis que no debe
sorprendernos, pues los huevos de lombriz poca
afinidad métrica tienen con otras variantes que
llenan el mercado. Verbigracia, huevos de
gallina, pato o avestruz. Y aquellos ofrecen una
ventaja adicional, que las presentadoras se
esforzaban en enunciar. Son irrompibles, así
nadie puede acusar a la firma anunciadora de
romper los huevos para lograr su fin. Dicho lo
cual, sólo falta agregar que el producto se
popularizó.
-Déme dos- decía el porteñaje.
-¿No hay goivos de segunda mano? -preguntaba la
clientela del Once, siempre loca por ahorrar.
Mas a toda acción, corresponde una reacción
igual y contraria. Por cuya causa los rebeldes
de siempre empezaron a revalorizar la vapuleada
adiposidad. Otra forma de rechazo por la presión
vendedora del entorno. Y en vez del popular
sobrenombre "Cofla", se llamaban entre ellos
"Gordo", "Gordix", y hasta incluso "Ultralarge".
Signos de rebeldía, como pintarse el pelo de
azul, o usar aritos en lugares íntimos del
cuerpo de cada cual. En ese entorno hicieron
bruto comeback las señoras de proporciones,
desvalorizadas hasta ayer.
-¡Tá linda, la patrona! -dijo un gaucho
actualizado- Gorda, ¿eh?
-Se aprecia el elogio, don.
Oliver Hardy, rescatado del biógrafo en blanco y
negro, fue puesto en los altares de la idolatría
juvenil. Mientras el flaco Stan Laurel quedó
para escarmiento de villanos. Y los fabricantes
de ropa XX salieron a reclamar su parte del
ambigú. Felices por la revancha del metabolismo
basal.
-¡Fat is beautiful! -decían, porque, para tener
éxito, ciertas cosas hay que expresarlas en
inglés.
En resumen: cuando volvieron los bifes, el bocho
nacional se puso a cien, y floreció la paponia
que dejaría tranqui al FMI. Lo cual confirma el
refrán: Al que tiene guita, todos le quieren
prestar. Pero volvamos al análisis profundo de
nuestra compleja realidad, La onda adelgazante y
su antítesis reflotaron al país. Vivo ejemplo
del devenir dialéctico. Mas a toda confrontación
estructural, sigue una síntesis. Por eso el
tuerto Bacigalupo, acosado por los recuerdos,
tuvo su crisis nostálgica. ¡Algunas gorditas
estaban recontrabien! Y ordenó a sus expertos en
genética que desarrollaran una antisolitaria de
engordar. Había hecho realidad otro sueño
burgués, competir contra sí mismo. Así nacieron
dos nuevas empresas. Una para comercializar el
producto rival, y otra que promoviera el mercado
de ropa "Extralarge". Las cuales se disputaban
el mango sin dar ni pedir cuartel. Claro que de
puro grupo, porque si una perdía, la otra
ganaba, con la vicevérsica de rigor. Pero lo que
no se sabe, no duele. Así el tuerto Bacigalupo
puso el hombro en la reconstrucción nacional,
convirtiéndose en árbitro de la moda, las
conciencias y el poder. Había entendido los
secretos del sistema, y se jugó. No hay logos
sin praxis, decíamos ayer.
Aquí termina nuestra crónica del milagro
argentino. Gracias a hombres de tal porte,
salimos de la crisis. Hasta el otro carnaval.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
john.argerich@telia.com
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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