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Rosita
Quiroga: La Piaf del arrabal.
- 16/1/04 (Argentina)
 
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Rosita
Quiroga: La Piaf del arrabal
Agenda de Reflexión
Nació entre chapas y madera en el barrio de La Boca el 16 de enero de 1901. La madre era una china cordobesa, doña Serapia, y el padre, un carrero asturiano que cargaba carbón en el Riachuelo. Cursó hasta cuarto grado en una escuela de la calle Patricios y, justo a los 14, dejó el aula y se puso a estudiar canto. Por la situación económica de su familia decidió probar suerte en un teatrito de Bahía Blanca cuyo propietario la había escuchado cantar. Más tarde se fue abriendo paso y, como en la gente de alta sociedad había muchos aficionados al canto criollo, en ellos buscó amigos y encontró a los Villar Sáenz Peña, los hijos de Roque, que le abrieron las puertas de la Víctor. Pero al principio no llegó a la sala de grabación, ni tampoco hizo una larga carrera teatral porque el dúo
Gardel-Razzano le habían conquistado los mismísimos escenarios al canto criollo.
A principios de la década del 20 se volcó al tango, debutando en la radio en 1924 en la
LOI, una de las primitivas emisoras de la naciente radiofonía. Fue la primera artista que actuó en ese flamante medio, en el que cantaba canciones nativas, pero luego pasó al tango, teniendo actuaciones en teatros y muy especialmente en la RCA Víctor. Grabó para ese sello más de doscientas composiciones -la primera de su repertorio fue La tipa-, las que se difundieron por todo el mundo. Rosita Quiroga inauguró en la Argentina la era de las grabaciones eléctricas. El hecho aconteció el 1º de marzo de 1926: ese día realizó cuatro grabaciones eléctricas, pero por número de matriz la primera y por lo tanto emblemática en la historia discográfica de nuestro país fue La musa mistonga de Antonio Polito y Celedonio Flores, su gran amigo. Comenzó entonces a ganar bastante dinero. Luego hizo un viaje triunfal a Japón, el primero que difundió el tango en aquel país asiático.
Poseía un estilo irónico y burlón, un arrastre canyengue de tono arrabalero y una "ese" africada que fue característica, y motivo de simpatía para sus admiradores. Con áspera voz narraba las historias de los tangos casi con desdén, sin incurrir en trazos gruesos o melodramáticos. Más que cantar, decía. Según José
Gobello, "se puso a chamuyar morosamente las letras, como para que la gente la escuchara con la oreja pegada a la gran flor azul de los gramófonos...". Fue la primera cantora, heredera directa de los primitivos payadores. El suyo fue un caso único en la historia de la mujer en el tango. Ninguna se expresó como ella; cantaba con la misma cadencia y el mismo dejo con el que hablaba; fue el prototipo femenino, irrepetible, del arrabal porteño. Interpretaba naturalmente, como le salía, y pulsaba la guitarra por tonos, tal como le enseñara la inspiración magistral de Juan de Dios Filiberto, su vecino del barrio.
Hablaba intercalando palabras lunfardas y vulgares con un ritmo
canyengue, tal como lo habría escuchado de los hombres de su casa, laburantes del puerto y
carreros. Su voz no era potente, pero generaba un clima intimista como si cantara para sí misma. Este estilo la acompañó hasta su muerte, a pesar de que ya había superado la pobreza y tenía una posición económica acomodada. Apareció en el momento preciso y fue distinta a todas. Casi siempre cantó acompañada por guitarristas, pero en sus comienzos también lo hizo acompañada por orquestas.
Rosa Rodríguez Quiroga de Capiello, la entrañable Rosita Quiroga, fue la más genuina representante del tango arrabalero, hoy una leyenda de la más rancia estirpe porteña, para muchos la más grande, y por eso venerada. Su voz, marcada por acentos de ironía arrabalera, le dio al tango un tono particular de dicción y un estilo que enfatizaba las letras sin excesos dramáticos. Ella hizo un tango a su medida, un tango de cámara o de boliche, y lo silabeó con una prosodia de
"eses" muy dulces. Comenzó a "decir" el tango, cuando Gardel y Corsini aún lo tenorizaban y cuando la Maizani lo gritaba. Mantuvo su vigencia por un par de lustros, pero en 1931 prácticamente dio fin a su carrera, a los treinta y cinco años, aunque siguió presentándose en radio en forma esporádica. Realizó sus últimas versiones en 1952 y sus últimas apariciones serían en el programa de televisión "La Botica del Tango", de Bergara
Leumann.
Contó, entre sus admiradores, con dos notables: Eva Perón, que la invitó a su despacho de la calle Perú cuando grabó De mi barrio, uno de los tangos favoritos de la Señora, y Julio Cortázar, que la recordó como una voz irreemplazable del tango. Murió en su casa de la avenida Callao el 16 de octubre de 1984.
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