|
|
El amasijo
PRELUDIO DE NAVIDAD
(Donde se habla de una pasión
colosal)
Por: John Argerich
|
 |
 
|
|
Cuando conocí a Angusina, la
fulana me gustó. Y no sólo
porque fuera un monumento al
bello sexo. Estaba para quitarte
el sueño, pero más que nada
impactaban sus modales finos,
tan raros en la actualidad.
Además, sabía comer. Nada de
eruptos satisfechos ni juego de
escarbadientes, con que te
desaniman tantas naifas
pintonas. Porque si en la mesa y
en el juego se conoce al
caballero, malditos tarados
seríamos negando la vicevérsica.
O sea, que con ellas pasa igual.
Ya pescan lo que estoy pensando,
supongo. Para decirlo en dos
palabras Angusina era una dama,
señores. Y vivía en un bulincito
blanco decorado a la francesa,
con vista al Nydala Park. No
diré "hermoso", que suena mersa,
sino pipí-cucú. Y después de
corto romance, empezó la vida en
común.
-¡Qué linda mesita! -dije un
día, cuando volví del trabajo.
-¡Ay, sí! La compré ayer, porque
había ido al centro con Elisita
y la prima, para mirar vidrieras
-contestó ella, con ojos que
regalaban dicha- ¡Hay muchas
cosas bonitas por todos lados,
si sabés buscar! Pero eso no es
nada...¡También me tenté con
unas cortinas nuevas llenas de
voladitos, que son la última
moda de catálogo, che!
Así descubría esa mujer de
ensueño las facetas más íntimas
de su personalidad. Consciente
de lo que se usa, ante todo, a
pesar de su gloria efímera.
Teniendo además claro concepto
de rol en esta conflictiva
sociedad. Aunque solamente fuera
conflictiva para los demás,
entendámonos. Porque Angusina
conocía muy bien su papel. En la
meca del consumo, ella era ante
todo compradora ejemplar. Mujer
y madre, un escalón después.
-¡Y téngalo presente! -decía un
locutor con saco amarillo y
corbata verde en la pantalla
extrachata del televisor
flamante- ¡Esta preciosa
alfombra es lo que Vd. precisa
para completar la decoración de
su hogar, señora! Así que no
deje para mañana lo que puede
adquirir hoy, aprovechando
nuestra gran liquidación...
-¡Lástima que sean las once de
la noche, y los negocios estén
cerrados, che...! -dijo ella,
cuando estábamos tomando el
capuchino del desempate.
-¿Precisás algo urgente?
-pregunté, con miedo de que se
le hubiera acabado la pildorita
del día antes, y acabáramos
metidos en la milonga del día
después.
Pero ella estaba a años luz de
distancia del horror que me
producían esos pensamientos. Y
batió la justa, sin sopesar
consecuencias.
-La alfombrita, viejo... ¿No me
conocés? -contestó sonriente y
tensa, como en un inocultable
arrumaco de pasión.
Después de corto chamuyo nos
fuimos al sobre, pero ella
estaba en otra cosa, y vino una
noche de perros. Nada de
efusividades. Una noche sin
pegar un ojo, digno epílogo de
tanta miseria. Mirando el reloj
cada diez minutos, aguardando el
amanecer. Y ella sentada en la
catrera, pura matemática. Porque
contaba los fasules, birome en
mano. Enrojecida de ansiedad.
-¡Ay de mí, si llegan a acabarse
las alfombras, querido!
Su expresión de angustia
enternecía.
-No te tomés las cosas tan a la
tremenda, vieja... -le contesté,
con ganas de ayudar- Todo ese
discurso de la tele es mula
comercial...
-¡El locutor parecía sincero,
che!
Yo le dije que todos los
sinvergüenzas son simpáticos,
pero nada. Y entre dimes y
diretes, pasaron las horas. Con
una gran carga de nervios, es
muy cierto, aunque sin que el
tiempo hiciera mella en la
determinación compradora de
aquella preciosa mujer. Hasta
que al dar las 9 en punto,
entramos al salón de ventas
apartando a cuantos se pusieran
en nuestro camino. Lo que se
dice a paso de liquidación.
Algunos empleados aún estaban
con facha de medio campo, entre
la vigilia y sus sueños
truncados. Pero todo sea por una
buena comisión.
-¿Deseaban algo, los señores?
¿Para qué lo habrá preguntado?
Angusinita parecía Garibaldi
cuando sonaba el clarín. Se
compró la alfombra, y mientras
enrrollaba aquel tesoro, tomó mi
mano en sus manitos blancas, y
dijo con una sonrisa de oreja a
oreja:
-¡Renovarse es vivir!
Yo la miré medio confuso, porque
a pesar de lo bien que la
conozco, no observaba ningún
cambio significativo en su
persona.
-¿Cómo te renovaste, querida,
podés decírmelo? -pregunté.
Ella me me miró con gesto de
desdén, y por la forma como se
le frunció la napia, debe
haberse puesto furiosa.
-¡Siempre charlando de política
con tus amigotes, en el café!
¿No te das cuenta que eso te
oxida el cerebelo, viejo?
¡Comprarse algo lindo es vivir!
La miré de refilón pero no dije
nada, porque ahora se le había
empezado a hinchar la verruga. Y
eso nunca grantiza que las cosas
terminen bien. Mientras tanto,
el cambio de mi pobre luca
quemaba sus manos.
-¡Mirá esa cafeterita eléctrica,
qué barata, che!
Yo la miré y me pareció una
porquería, al lado de la
nuestra. Y carísima además, como
si el precio fuera en cachada.
-¿Para qué la querés, si tenemos
una que anda lo más bien? -atiné
a decir, en un vano intento de
racionalización presupuestaria.
-Cuestión de autoestima. -repuso
ella- ¿A quién se le ocurre
conservar un modelo pasado de
moda...? ¿No te das cuenta del
quemo, si viene alguien a comer?
Le entregaron el paquete, y ella
pagó antes de que el vendedor se
arrepintiera porque todo estaba
regalado. ¡Pichinchas así no se
hacen diariamente! Luego,
enfilamos a la puerta. Y ya
estábamos por transponer el
límite entre la oferta y la
demanda, cuando Angusinita dijo:
-¿No querrás tomar el café en
tazas viejas, verdad?
Ese fue el comienzo de mi
tragedia. Porque después se le
nubló el coco. Entonces
siguieron platos, cubiertos,
mantel, servilletitas haciendo
juego, y qué sé yo.
-¡Pará, que no tengo un mango
más encima, querida!
-¿Y la tarjeta?
-¡Ni pensarlo! La pusieron en la
lista negra el mes pasado,
después de todo lo que gastamos.
"Crédito cubierto", dice el
monitor. O sea que no te fían ni
cinco guitas más.
-¿Por la aspiradora nueva,
querés decir?
-Claro. ¿A quién se le ocurre
cambiar la que teníamos, porque
viste una con música?
-¡Ya te lo dije mil veces, y no
me hagás repetirlo...! -gritó
ella, furiosa por mi
incomprensión- Renovarse es
vivir, entendélo bien.
Aquella fiebre adquisitiva era
imbatible. Angusina cada vez más
identificada con la sociedad de
consumo. Y yo, aparte de mis
convicciones, sin un mango
cortado en cuatro para
bancárselo. Así terminé
empeñando las cosas que ella
traía a casa. Algunas con la
etiqueta del precio aún puesta.
Porque para usar los
chirimbolos, no había apuro. Y
muchas veces quedaban guardados
en un armario, oxidándose sin
perspectivas de estreno. El
gustazo está en comprar.
-¿Otra vez por aquí, joven?
-dijo la empleada del banco de
empeños.
-¡Qué le vamos a hacer...!
Y de tanto ir a buscar el mango,
me enamoré de Ruth. Una rubia de
ojos dulces, que atendía con
creciente solidaridad mis crisis
financieras. Actitud poco
profesional, es cierto, pero no
es culpa mía haber nacido
pintón. Un sueño color de rosa,
para abreviar. Mas cometí un
gran error, olvidando que con
tantas computadoras, en Suecia
carecemos de intimidad. Vale
decir, que los secretos no
duran.
-¡Hijo de puta! -gritó Angusina,
toda colorada, cuando la
chismosa del 5° "B" le contó mi
fato.
Y yo, mientras me atajaba una
maceta, apenas pude defenderme.
-¿Qué querés, vieja? -dije, como
prenda de paz- Vos misma me lo
enseñaste... ¡Renovarse es
vivir!
Entonces ella hizo las valijas
con cara de asco, y se tomó el
bondi.
-¡Me voy a la guerrilla, para
luchar por la liberación
femenina! -dijo.
-¡Chau, Pinela!
De su paso por mi vida quedaron
solamente cuentas a pagar y un
recuerdo con perfume francés.
¡Había sido cabrera la nami,
che! ¡Menos mal que rajó antes
de aprovechar las pichinchas de
Navidad!
THE END

ANGUSINA EN LA GUERRILLA
Copyright: John Argerich, 2003
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
* ** * *
Curriculum
vitae clic aquí
paginadigital |
|
 
|
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|