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Itzuli
MANUEL TALENS
La conoció una mañana en la
playa de Orio, treinta años
atrás. Él entonces acampaba en
cualquier sitio y aún creía en
el porvenir. Era temprano, el
sol apenas salía por el
horizonte. Un perro caracoleaba
en la arena y ella, con los pies
descalzos, recogía conchas de
mar. Le sonrió.
–Egun on.
–Lo siento –dijo él algo
turbado–, no entiendo el vasco.
–Te acabo de dar los buenos
días.
Anduvo un rato junto a la joven
entre las mansas olas que venían
a morir a sus pies.
–¿A qué te dedicas? –le preguntó
ella.
–A todo y a nada, pero en estos
momentos estoy traduciendo un
libro de poemas de Jim Morrison.
–¿El cantante de los Doors?
–Sí.
–Itzuli –dijo ella.
–¿Qué?
–En euskera itzuli significa
traducir y también volver.
–Las palabras son viajeras
–comentó él con timidez–, pero
siempre regresan.
Ella asintió.
–Las personas también.
Hablaron poco más. La muchacha
le regaló una concha nacarada y
le dio un beso en la mejilla al
decirle adiós. Había ya bastante
luz y él pudo ver que sus ojos
eran verdes, con un toque de
ámbar.
Nunca supo su nombre.
Él teclea ante el ordenador. Su
cuarto está en penumbra. Es muy
temprano, el sol apenas sale por
el horizonte y unos tenues rayos
se cuelan a través de la
ventana. Está traduciendo una
novela que trata de un regreso y
de la fuerza irresistible del
deseo. Sobre la mesa, junto al
paquete de cigarrillos, hay una
concha de mar que ha conservado
desde los años de su juventud.
Se siente inquieto, algo va a
suceder. «Itzuli», piensa, y
nota en sus venas un fogonazo de
adrenalina. Se levanta de la
silla y, poseído por una extraña
convicción, corre hacia la
puerta de la casa y la abre con
el pulso enloquecido.
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