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Aníbal Jorge Sciorra
 
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Perder la cabeza
Un texto de anisci
Me pongo frente al espejo y me
miro. No puedo creer lo que veo.
Veo todo mi cuerpo, la pared que
está detrás de mí donde están
colgadas el cuadrito de las
flores en el florerito que pintó
la tía Ermenegilda y el otro
cuadrito con la foto del abuelo
Horacio, pero no me veo la
cabeza. Mi cabeza no aparece en
el espejo. Igualmente, pienso,
que no todos los espejos
funcionen bien. Éste está ya muy
viejo y es probable que falle.
Un día de éstos lo llevaré a una
vidriería para que lo reparen y
listo. Me causó asombro cuando
llevé uno de mis dedos a la
nariz (tengo esa costumbre de
escarbarme los dos agujeritos
nasales para quitarme algún
moco) y no sentí tocarme la
nariz, como si mis dedos
hubieran quedado en el aire.
Luego probé tocarme otros puntos
de la cara y otra vez la misma
sensación. ¡Hasta los anteojos
no sentía! Volví al espejo
alarmado y comprobé nuevamente
que no tenía cabeza. Probé con
el espejo del baño. Allí tampoco
aparecía mi cabeza. Mi cuerpo,
mis brazos, mis manos, piernas y
pies, estaban íntegros... sin
embargo mi cabeza... Frente al
espejo del baño intenté tocarme
el pelo pero vi como mi mano
pasaba por el espacio que
ocuparía éste y siguió bajando
hasta encontrarse con el cuello,
del que la saqué impregnado en
sangre.
Impresionado, traté de hacer
algo, ir a algún hospital,
llamar a un médico.
Evidentemente no tenía cabeza.
Al pasar por la habitación de la
tía Ermenegilda, la puerta de
ésta estaba entreabierta, por la
que se dejaba escuchar la radio,
costumbre ésta, la de la tía, de
acostarse a descansar con la
radio encendida. Mientras camino
temblando escucho por el
"Rotativo del aire" de Radio
Rivadavia que un taxista
encontró en su vehículo una
cabeza que algún pasajero dejó
olvidada en el asiento trasero.
Según la descripción que
hicieron de la cabeza no cabía
ninguna duda: era la mía.
Recordé que esa misma mañana yo
había tomado un taxi, y sí
recordé que en todo el trayecto
no hice más que pensar en todos
los quilombos que debía resolver
la semana siguiente. Tomé nota
del teléfono del taxista, en
cuyo perder se encontraba mi
cabeza y lo llamé
inmediatamente:
- ¿Hablo con el taxista que
encontró una cabeza que dejó
olvidada en su auto como
pasajero?
- Sí. - me contestó el hombre.
- Bueno, yo soy el dueño de la
cabeza. ¿Cuándo y dónde puedo
pasar a buscarla?
- No se moleste - me dijo el
tipo amablemente -si se trata
realmente de la suya se la llevo
a su casa. ¡No va a salir a la
calle así, la impresión que le
va a dar a la gente cuando lo
vea!...
- Yo le agradezco y le pediría
por favor que me la devuelva
cuanto antes! A ver si todavía
se empieza a descomponer...
- No se preocupe por eso - me
trata de tranquilizar el
taxista- la tengo guardada en el
freezer...
La pasé rápidamente la dirección
y me encerré en mi cuarto,
metiéndome en la cama en la cama
y tapándome todo para que nadie
me viera.
Como una hora y media después
sonó el timbre. Le grité a la
tía que atendiera, que era un
señor que traía algo para mí.
Escuché a la tía quejosa, como
siempre, que fue de mala gana a
atender la puerta. Hizo pasar al
hombre a mi habitación y vi cómo
de una bolsa arrugada de
supermercados "Coto" (yo te
conozco), sacaba con ambas manos
mi cabeza, la cual me entregó.
Al principio me dio un poco de
impresión pero después pensé que
después de todo era mi cabeza y
traté de volvérmela a colocar.
La sentí un poco fría, sería por
el afecto del freezer, quizás, y
despacio, me la fui colocando
hasta apoyarla en el cuello.
- ¿Y? ¿Cómo la ve?... - le
pregunté al taxista.
- Me parece que está algo
torcida. A ver, póngase
derecho... mmm, sí, está algo
inclinado hacia la izquierda.
¿Me permite?...
Y sentí cómo el tipo con sus
manos rústicas ubicada
delicadamente a mi cabeza en el
lugar correspondiente.
- Ahora sí, le quedó bien. Hasta
los lentes le quedaron
derechitos. Trate de sacarse
esos pedacitos de hielo que le
quedaron en el pelo y límpiese
ese hilito de sangre que sale
desde la unión con el cuello
porque se le va a manchar la
camisa, ¿sabe?
- Sí, gracias. No sabe cómo
agradecérselo. Vea, yo quisiera
darle algún tipo de recompensa.
¿Cuánto quiere? ¿50? ¿100? ¿200
pesos?... - le ofrecí.
- ¿Queeee?.... ¿Está loco usté?
No, por favor. ¿Sabe la cantidad
de gente que deja olvidada la
cabeza en el taxi casi todos los
días? Diga que no todos, como
usted, la reclama enseguida que
si no...
- ¿Porqué? ¿sino porqué? ¿qué
pasa?... - le pregunté curioso.
- ... Y, yo aviso a la radio que
encontré una cabeza así y asá, y
si no llaman para reclamarla en
cuarentiocho horas se la vendo a
los estudiantes de medicina. Eso
sí, los de la privada, porque
los de la UBA no tienen un
mango... ¿Saben que bien las
pagan a esas cabezas?...- me
contesta lo más campante.
- ¿Cuánto le pagan? - le
pregunté asustado.
- Y, por ejemplo el otro día por
la cabeza de un pelado que
parecía ser la de un ministro o
algo así me dieron unos 2.500
dólares...
Dicho esto, el taxista, dio
media vuelta y se fue hacía la
puerta de calle. Antes de salir,
me miró y me dijo con una
sonrisa algo sarcástica...
- Ha sido un gustazo, amigo.
Y se fue cerrando la puerta
suavemente, como si estuviera
poniendo una cabeza en su lugar.
Buenos Aires, Julio 14 de 2001.
Gentileza:: anibal sciorra [
anisci2003@yahoo.com.ar ]
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