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No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión
Número 66, Buenos Aires, miércoles 7 de mayo de 2003
El 7 de mayo de 1883 nacía Evaristo Carriego [1883-1912]
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Nació en Paraná, Entre Ríos, hijo del abogado y periodista del mismo nombre que tuvo gran actuación después de Caseros. Se educó en Buenos Aires, y desde joven vivió el clima de las tertulias literarias porteñas, en las cuales gravitaban Rubén Darío y Almafuerte. Escribió en
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diversas publicaciones de la época, como “La Protesta", "Papel y tinta", "Ideas", "Caras y caretas" y otras. Allí dio a conocer también sus poesías y cuentos breves, que pintaban la vida del suburbio. Su único libro de versos editado en vida, Misas herejes, apareció en 1908. Adquirió fama con los poemas La costurerita que dio el mal paso, El alma del suburbio, La viejecita, Residuo de fábrica, Los perros del barrio, y los que se agrupan bajo el subtítulo de Intimas, que le dieron gran popularidad. Murió en Buenos Aires
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el 13 de octubre de 1912. Dejó una obra de teatro, Los que pasan, estrenada en el teatro Nacional poco después de su desaparición. En 1927, vieron la luz sus cuentos, en un tomo titulado Flor de arrabal. El resto de su obra poética fue publicado como Poemas póstumos. Jorge Luis Borges, que fue su gran admirador, trazó un penetrante ensayo sobre su vida y obra.
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El amasijo
Dejó de castigarla, por fin cansado
de repetir el diario, brutal ultraje,
que habrá de contar luego, felicitado,
en la rueda insolente del compadraje.
Hoy, como ayer, la causa del amasijo
es, acaso, la misma que le obligara
hace poco a imponerse con un barbijo
que enrojeció un recuerdo sobre la cara.
Y se alejó escupiendo, rudo, insultante,
los vocablos más torpes del caló hediondo
que como una asquerosa náusea incesante
vomita la cloaca del bajo fondo.
En el cafetín crece la algarabía,
pues se está discutiendo lo sucedido
y, contestando a todos, alguien porfía
que ese derecho tiene sólo el marido...
Y en tanto que la pobre golpeada intenta
ocultar su sombría vergüenza huraña,
oye, desde su cuarto, que se comenta
como siempre en risueño coro la hazaña.
Y se cura llorando los moretones
-lacras de dolor sobre su cuerpo enclenque...-
¡que para eso tiene resignaciones
de animal que agoniza bajo el rebenque!
Mientras escucha sola, desesperada,
cómo gritan las otras -rudas y tercas,
gozando en su bochorno de castigada-
burlas tan de sus bocas, burlas tan puercas...
El 7 de mayo de 1919 nacía Eva Perón
Se llamaba Eva...
(Por el Dr. Alejandro Olmos)
En la ciudad del silencio la historia talló su imagen y le dio un pedestal en la eternidad del tiempo. Hizo de su nombre una bandera, de su vida un ejemplo, y de su muerte un símbolo.
No fue ella la ilusión de una promesa, porque hizo una realidad de la esperanza. No consagró el dogma de un partido, porque fue el amor cristiano de una obra. No gobernó a una república, porque reinó en el corazón de los humildes.
La siguieron los débiles, porque ella rindió a los poderosos. La reconocieron los justos, porque ella condenó los privilegios. La amaron los hambrientos, porque ella fue el pan de su justicia.
En la plaza de las multitudes selló su destino un 17 de octubre. Y, desde la entraña misma de su pueblo, fue rebeldía, inspiración y nervio al lado del caudillo que parió la patria.
Renunció a los honores del Estado para servir de consuelo al sufrimiento. El dolor de los desposeídos crispó sus manos y un anhelo de justicia fervorizó su sangre. La doctrina de Perón se hizo evangelio en la obra de su vida, y agotó su sacrificio al servicio del pueblo.
En el invierno de una noche entró en la inmortalidad de los grandes. Y un país, convertido en llanto, fue una larga sombra de gratitud y silencio.
El crimen de los bárbaros desterró su imagen en la impiadosa conjura de los odios. Peregrina en caja anónima, tuvo por sepulcro un suelo extraño, y por lápida un nombre ajeno.
El pueblo la perdió en el día de la derrota. El pueblo la rescató en el amanecer de una victoria.
En la parábola del arrepentimiento y el pecado, volvió a la patria. Y la patria le dio tumba junto al caudillo. Pero el odio de la infamia y la violencia los separó, de nuevo, en la ciudad dividida de los muertos.
La magia de su signo alienta a quienes toman su bandera, y estremece a quienes siguen el eco de su historia.
Se llamaba Eva... Y en la lucha que ella emprendiera contra la injusticia de su pueblo ganará batallas al conjuro de su nombre.
Dr. Alejandro Olmos
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