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Buero
Vallejo, Alfonso Sastre y comentarios al hilo. -
29/09/03 (España)
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Buero Vallejo, Alfonso Sastre y comentarios al hilo
"Antonio José Quesada Sánchez"
Es común indicar que el mundo es un teatro, y es un tópico no falto de razón, miren alrededor y lo comprobarán. A veces dicho tópico es denigratorio para el teatro en sí, pues ya quisiera yo un mundo tan chispeante como el descrito por Oscar Wilde en mi comunidad de vecinos o en mis relaciones. Desgraciadamente, somos más aburridos.
En fin, sueños aparte, esto viene a cuento porque hoy quiero asomarme a cierta época y cierto teatro. De modo breve, como de costumbre, no tensemos el arco demasiado. Pongámonos en situación: termina nuestra guerra civil y no llega la paz, sino la Victoria. Vuelve el Imperio, recuerden: la Reserva Espiritual de Occidente se puebla de gasógenos, cartillas de racionamiento, Inclusa y Acción católica, ex-combatientes, ex-divisionarios, ex-otras cosas, depurados, funcionarios del catastro que meten a sus conocidos a trabajar en Sindicatos, etc... y, cómo no, arriba las estrellas. Como Dios manda. Las mujeres en casa, que ya se sabe que la carne es débil, y el español muy hombre. Además de alejar tentaciones, aprovechan así para zurcirnos los calcetines a nosotros, sus hombres, y las llamamos “amas de casa” aunque sean amas pero reciban las órdenes, algo que ningún experto en economía de la empresa entendería fácilmente.
El censor corregía con bolígrafo rojo lo que el españolito de Nodo diario no podía ver u oír: piernas de mujer (desde Eva ya se sabe, no dejan de provocar), dudas políticas o religiosas, etc. Euskadi no existía, ya que España era una unidad de destino en lo universal, y Vascongadas era una tierra de gente extraña a la que no se debía dejar hablar su lengua. Por tanto, eran las paredes las que hablaban euskera. Ya se sabe: donde no hay democracia hablan las tapias y las puertas de los cuartos de baño.
En esa España imperial el teatro, lógicamente, debía ser políticamente impecable. Y ahí estaban para recordárnoslo José María Pemán, Juan Ignacio Luca de Tena, José López Rubio, Joaquín Calvo Sotelo, Víctor Ruiz Iriarte o Edgar Neville, a quienes Dios guardó muchos años. Eran autores como Dios manda, por supuesto. Seguían la estela de Arniches, Marquina o Benavente, también dramaturgos como Dios manda, y todos ellos nos recordaban lo bonito que es vivir si uno es una persona recta. Un portador de valores eternos.
Sin embargo, era inevitable que por las pequeñas rendijas de la cultura se colaran algunos francotiradores de la libertad que metieran el dedo en el ojo al respetable. Y le recordaran que debajo de las banderas, los desfiles imperiales, el señor obispo (Su Eminencia Reverendísima), el gobernador civil (Excelentísimo Señor), los funcionarios de obras públicas o del catastro y demás ciudadanía en blanco y negro de Nodo, bajo la sombra del águila, existía una España que no comía tan bien ni tan a menudo como la otra, la España del Nodo, del Caudillo inagurando un pantano o recibiendo las credenciales del emplumado embajador de algún sitio de Asia. Que esa otra España, próxima a la anti-España, no vivía en las casas que se podían ver en las obras de Pemán. Que también había miseria. Que el recibo de la luz había subido una barbaridad. Que las hijas de Doña Pilar, la de la mercería de la plaza, se habían ido a Madrid a servir. Que la mordaza era inevitable en muchas casas, donde el paterfamilias ejercía su imperio, caudillo con minúsculas, capitán de hombres jóvenes, como el marqués, y de mujeres de su casa, como Dios manda.
En este escenario aparecen dos autores de gran frescura para esta España de color ceniza: Buero Vallejo y Alfonso Sastre. Mantendrán después una gran polémica sobre el posibilismo que, en el fondo, nos enriquecerá a todos, pues ambos tiene su razón o sus razones. Buero comienza a describirnos esa España derrotada en “Historia de una escalera”, donde pagar el recibo de la luz, que nunca baja, puede ser todo un reto. Y en “El tragaluz” nos inserta de lleno en la España de los derrotados, a los que se condena a la semioscuridad sólo iluminada por un ventanuco tristón desde donde se puede ver España desde una perspectiva curiosa, a los pies de la España imperial.
De entre sus obras, y ya que puedo ser subjetivo, pues no respondo ningún examen de oposición para profesor de literatura en algún sitio, quiero destacar expresamente, además, “La doble historia del doctor Valmy”, alegato contra la tortura que en nada desmerece a mi gran preferido en estas cuestiones, Mario Benedetti (véanse bastantes de sus cuentos, especialmente los encuadrados en “Con y sin nostalgia” y “Geografías”, así como “Primavera con una esquina rota” o “Pedro y el Capitán”). Lógicamente, la censura no dejó que se estrenara en nuestro país hasta que murió el General, para evitar libertinajes, ya se sabe. Que se confunde libertad con libertinaje, como dicen algunas vecinas cuando se quejan en el ascensor de cómo está la vida. Que esto con Franco no pasaba, ya se sabe.
Buero paseará su seriedad progresista por el Madrid gris ceniza del Caudillo, de los Años Triunfales, ganando a veces a la censura y a veces no. Asumida en sus huesos la estancia en un campo de concentración castellonense (perdón, en qué estaría yo pensando, si esto no existió nunca, que no salía en el Nodo) y con una condena a muerte a sus espaldas, su tristeza serena recuerda que hubo gente que una vez soñó y que no fue convencida, aunque sí vencida a secas. Después de unos años nos dejaran ver su retrato de Miguel Hernández, realizado cuando ambos compartían suerte como derrotados en alguna prisión cuyo nombre da igual, pues todo el país pasó a serlo. Habían perdido una guerra, ya se sabe. La historia no la escribe el vencedor, demasiado ocupado en vivir la victoria y sin arte para escribir, pero la escriben por cuenta del vencedor.
Alfonso Sastre es la otra cara de la moneda, el rupturista: el hombre que critica el militarismo ciego (o militarismo a secas, qué se yo) en “Escuadra hacia la muerte”, o al caudillo con minúsculas en “La mordaza”. Quien nos recuerda que hasta Guillermo Tell no puede evitar tener los ojos tristes ante lo que ve, que las tabernas pueden ser fantásticas si vemos no la historia, sino las intrahistorias, que en Numancia había quien utilizaba las palabras de Ché Guevara frente al romano y que Servet pasó lo suyo y más todavía. La tortura se analiza en obras de obligada lectura también como “Prólogo patético”, “Asalto nocturno”, “Tierra roja” y “En la red”. Que no falte Sastre.
Luego se euskaldunizó y esto ya gustó menos en esta España de tortilla, toros y fútbol: adaptó “En la red” al contencioso vasco para la televisión sueca, provocando un escándalo mayúsculo y mojándose totalmente, sin hacerse para nada el sueco: le salió “Askatasuna”. En “Las guitarras de la vieja Izaskun” nos recuerda el Bilbao reconquistado por las tropas nacionales, y revolotea el espectro del galán diplomático que luego sería puesto como ejemplo de hombre de estado, demócrata de derechas y llegaría hasta a noble, si no me falla la memoria, que va un poco ya a su aire. Eran otros tiempos. Siguió con esta temática en otras dos obras, “Aventura en Euskadi” y “La columna infame”, difíciles de encontrar en el mercado.
El elenco de obras de cada uno de ellos es obviamente, subjetivo, y en ningún momento lo he ocultado. He citado lo que me ha venido en gana. Sin embargo, me sentiría feliz si con este pequeño trabajo acerco a alguien a estos autores, y comprueban que cada cara tiene su cruz, y quedarse sólo en lo que se ve puede no ser toda la verdad. Generalmente no lo es. Peor todavía si se deforma lo que se ve y te lo presentan bonito sin serlo. Entonces entramos en el campo de la manipulación, que es más grave. Hay que saber cómo huele una rosa, pero también que sus raíces se hunden en el barro. Una vez escribí unas líneas adolescentes reivindicando esto mismo, en un poema titulado “También esto es necesario”. Decía así:
“Es necesario que alguien me recuerde
que hay quien muere de hambre lejos de aquí
y también cerca.
Es necesario que alguien me recuerde
las injusticias y desmanes que sufren mis semejantes
(búsqueda de amantes entre las trabajadoras a tu cargo,
prepotencias diversas de jefecillos en alza,
etc.).
Claro que es necesario,
soy consciente de que no debo cerrar los ojos,
de que necesito ver.
Pero hoy
también me hace falta recordar cómo huele una rosa,
cómo llora un bebé al salir del baño
o cuál es el color de los ojos de mi pareja.
También me hace falta saber esto. Lo necesito”.
No lo recitaré muy fuerte, que ya saben que nos llega un concejal de cultura de algún sitio y, en nombre de algún alcalde, nos inagura algo leyendo un discurso en mayúsculas. Pero viene al hilo de nuestra reflexión porque a veces sólo me dicen cómo huele una rosa, y además me la pintan preciosa. Pero si me acerco a ella, ni huele así de bien ni es tan bonita. Me indujeron a error, y quien me sacó de él no se llamaba Pemán o Calvo Sotelo, sino Buero Vallejo y Sastre, entre otros, pero eran frecuentemente censurados.
Lean, por tanto, y sean felices o, por lo menos, optimistas informados, es decir, pesimistas lúcidos.
Gentileza:: Antonio Marín antoniod17@ono.com
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