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Caras y Caretas
Llegó procedente de Montevideo bajo el signo del liberalismo conservador, durante la semana previa a que Julio A. Roca asumiera su segunda presidencia; luego conoció la apertura popular y democrática y la experiencia inédita de tres gobiernos radicales; más tarde, fue testigo de un nefasto golpe militar y pudo comprobar los excesos y la corrupción que imperó en la década infame, antes de apagar definitivamente las rotativas después de más de cuarenta años en 1939. Aprovechó los avances técnicos y mecánicos de fines del siglo XIX en la impresión por sistema tipográfico y el empleo de cromos y fotograbados, e inauguró el uso de la fotografía con sentido periodístico, además de otros aspectos innovadores y revolucionarios.
La revista Caras y Caretas tuvo su origen en Montevideo en 1890, sobre la base de una idea del español Eustaquio Pellicer, un poeta humorístico nacido en Burgos. Su amigo Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del ex presidente y fundador del diario La Nación, lo invitó a sacarla en Buenos Aires en 1898. Pero se estimó inconveniente que Pellicer la dirigiera: el conflicto con España provocado por el no reconocimiento de la independencia de Cuba hizo que los naturales de la madre patria no fueran bien vistos en estas tierras. Eran otros tiempos. También se presentó un segundo escollo: el general Mitre no vio con agrado que su apellido estuviera involucrado en una revista destinada a satirizar y ridiculizar a sus adversarios políticos, por lo que se descartó también a su hijo. Finalmente se nombró director a un extraordinario escritor costumbrista que alcanzaría bien ganada fama, José Sixto Alvarez [Gualeguaychú, 26 de agosto de 1858 – Buenos Aires, 23 de agosto de 1903], quien quedó inmortalizado bajo el seudónimo de Fray Mocho. Hace poco pasó casi desapercibido el centenario de su muerte.
Finalmente Caras y Caretas salió en esta orilla del Plata el 8 de octubre de 1898. Ese mismo día un pibe, Juancito, cumplía tres años en una vieja casona sobre la calle Buenos Aires del pueblo de Lobos, ciudad nacida en torno a un fortín de la pampa infinita, y recibía de regalo un caballo de madera. Su padre, don Mario, soñaba por entonces con instalarse con la familia a probar fortuna en la Patagonia. El semanario aparecía los sábados y costaba 25 centavos, aunque al poco tiempo el precio de tapa se redujo a 20 centavos, precio que mantuvo durante sus cuatro décadas de existencia. Ya dijimos que eran otros tiempos. Los canillitas la voceaban “El Caricareta”. Contaba 24 páginas, la cuarta parte de ellas destinada a la publicidad. La Prensa la recibió así: “El festivo semanario, anunciado con tanto gracejo por sus fundadores, ha aparecido ya, y su número primero no sólo ha cumplido sus promesas colmando las esperanzas del público, sino que ha excedido unas y otras. El señor Bartolomé Mitre y Vedia, que debía ser su director, anuncia en esta primera entrega haber renunciado a ese cargo y haberse separado de la empresa con gran sentimiento suyo, por causas de fuerza mayor relacionadas sin duda con las exigencias de otras ocupaciones”. La revista dejó de aparecer con el número 2.319 del 17 de octubre de 1939, poco después que en Europa estallara la Segunda Guerra Mundial. Para entonces Juancito ya se había convertido en el teniente coronel Juan Domingo Perón y había sido destinado en misión especial al norte de Italia por el Ejército a estudiar la organización de las tropas de montaña y a seguir “in situ” la delicada situación internacional del viejo continente. Y ni siquiera para entonces nadie podía imaginar todavía que ese estudioso oficial de 44 años recién cumplidos pronto se convertiría en el conductor indiscutible del pueblo argentino, para elevarlo a uno de los períodos más dignos y luminosos de su historia.
Caras y Caretas se prendió un 8 de octubre y se apagó un 17 de octubre, pero -¡qué paradoja!- no conoció al peronismo... Así que, la verdad es que se perdió lo mejor del siglo XX argentino. Fue una revista ilustrada, que iba a fundar en nuestro país el género del magazine al estilo y al formato europeos, en donde el comentario de actualidad, la noticia internacional, la sátira política y la información científica y social al alcance de todo el mundo, alternaban con excelentes colaboraciones literarias, fotos, caricaturas, aguafuertes, semblanzas, artículos costumbristas, tradiciones, viñetas ilustradas, etcétera. Y el aporte de dos extraordinarios dibujantes: Manuel Mayol y José María Cao. Constituyó, sin duda, el más fiel reflejo de aquella Argentina del cambio de siglo y de la metamorfosis de la “gran aldea” convertida en ciudad moderna. Llegó a tirar cien mil ejemplares, una fantástica cifra que asombra aún hoy.
Cuando se inauguró el primer tranvía eléctrico en Buenos Aires, Caras y Caretas representó a la parca volando con un tranvía entre sus manos, pronta a depositarlo en la calle:
Quiso la muerte un día
que no quedase aquí bicho viviente,
y como otro recurso no tenía,
nos mandó ese tranvía
con el que está matando a tanta gente.
A pesar de la amenaza mortal y las protestas, nada detuvo el pujante proceso modernizador, y al año siguiente la ciudad contaba con once compañías de tranvías.
Historia lamentable:
-¡Te doy muerte, sin miedo a la ley,
si no juras fumar Monterrey!
Obsérvese que el precio de tapa de la revista era el mismo de un paquete de cigarrillos.
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