La sublime victoria del sordo. - 18/12/03
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La sublime victoria del sordo. - 18/12/03 

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La sublime victoria del sordo


Agenda de Reflexión


Se dice que la noche del 16 de diciembre de 1770 una tremenda tempestad se desencadenó de las montañas y descargó toda su furia sobre la ciudad de Bonn, cerca de Colonia (Alemania), a las orillas del Rhin; el viento helado azotaba las puertas y ventanas de las casas, en tanto que la lluvia caía pertinaz y torrencialmente. Esa noche nació Ludwig van Beethoven, en una mísera guardilla –a la que no se podía entrar sino bajando la cabeza- de una construcción humilde en una callejuela infecta. Su madre, una criada tísica, ya había perdido cuatro niños y su padre, un tenor mediocre de la capilla de la Corte, de ascendencia flamenca, era un borracho perdido, incapaz y pendenciero. Por entonces Mozart tiene catorce años, Goethe veintiuno y Napoleón acaba de nacer, al igual que por estas tierras Manuel Belgrano.

De niño Luis fue la esperanza de su padre, decidido a convertirlo en un niño prodigio, aunque sin conseguirlo, exhibiéndolo como a un nuevo Mozart. A los diecisiete pierde a su madre, a quien amaba tiernamente, el padre se apura a vender los trajes de la difunta y el joven Ludwig se tiene que ocupar en más de alimentar y educar a sus hermanos menores. Es petiso, rechoncho, sin cuello, de nariz aplastada, los cabellos espesos y erizados, tez morena y camina, desacompasado y vestido con negligencia, ligeramente encorvado. Huraño, adusto y solitario, de risa y gestos desagradables y violentos, no resultaba una personalidad halagüeña por cierto. Pero Mozart llega a escucharlo tocar el piano y a elogiarlo y, poco después de su muerte, Beethoven, a los veintiún años, encuentra refugio junto al viejo maestro Haydn en Viena, la gran ciudad frenéticamente entregada a la música. 

A los veinticinco años nota Beethoven que su oído, único en finura hasta entonces, comienza a debilitarse. Durante algunos años sufrirá el martirio de oír su propia música en su interior, pero percibir cada día más débilmente las resonancias del piano y de la orquesta y las voces de los cantos. ¡Tragedia del alma! Que oculta por años incluso a sus íntimos, huyendo de la sociedad a la que ama, para ir convirtiéndose en un árido y triste ermitaño. Pero finalmente ya no podrá ocultar su desgracia, demasiado inmensa para él solo. Los riesgos y mortificaciones que su dolencia le causaba en su vida cotidiana lo hundieron en la desconfianza propia del sordo. ¡Mientras Beethoven expresaba en sonidos las más sublimes emociones del corazón humano, el suyo propio era presa de los más crueles tormentos por causa de ofensas imaginarias! 

A los treinta y dos, en una súbita postración, mortificado con la atroz figura del destino, y seguramente sintiendo próxima a la muerte, escribe un desgarrador testamento a sus hermanos. Pero justamente a partir de entonces se consolidará su consagración como músico y su fama en toda Europa, y compondrá sus mejores páginas.

Niño mimado de la nobleza, una sola vez quiso Beethoven dedicar una de sus obras a un hijo del pueblo, y esta sola vez el héroe la echó a perder para él. Su concepto de la grandeza y la inmortalidad le llevó a admirar desde un principio a Bonaparte. Cuando escribió su Sinfonía Grande, añadió con lápiz debajo de su nombre "escrita sobre Napoleón", y en la primera hoja de la primera copia hay sólo dos nombres: "Bonaparte – Ludwig van Beethoven". Pero terminada la genial sinfonía, antes de imprimirla, se entera que Napoleón ha sido coronado emperador por el papa. Lleno de furia, exclama: "¡Un hombre vulgar, al fin y al cabo! Ahora no pensará más que en subyugar a todo el mundo. Necesita estar por encima de todos. ¡Un tirano!". Se dirigió a la mesa, rompió la primera hoja de la sinfonía y tiró al suelo los trozos de papel. Luego escribió nuevamente la primera página, encabezándola con el título de Sinfonía heroica.

Poco después compuso su única ópera, Fidelio, que como casi todas sus obras resultó un fracaso en el estreno. Aquella nueva música revolucionaria debía de parecer demasiado extraña, incomprensible, a sus contemporáneos.

Desde los cuarenta y cinco quedará completamente sordo. Ya no podrá conversar con el mundo sino a través de la escritura. Se verá obligado a renunciar a la ejecución de sus propias composiciones. Y asimismo a la dirección. Que la obra que desarrolle durante el período de su más absoluta sordera haya escalado las más asombrosas cumbres, es lo más sublime que pueda decirse de un músico.

Entre sus ciento veinticinco obras podemos desatacar la fantástica inspiración de sus Sonatas -que lo muestran como un amante inmaduro que se enamoraba locamente de mujeres imposibles sin cesar, y soñaba romances que pronto lo defraudaban, con la consiguiente amargura y sufrimiento-, las Oberturas, los conciertos para piano –sobre todo el número 5, El emperador- y el de violín, las nueve sinfonías, en particular La heroica, La Quinta –la página más significativa de la sinfonía clásica (como La Novena lo será de la sinfonía romántica), de cuyas cuatro notas iniciales diría el compositor "así llama el destino a nuestra puerta"-, y La Pastoral, los Cuartetos de cuerdas y la Misa Solemne en Re mayor.


En mayo de 1823, a pocas semanas del inicio del exilio europeo de nuestro general José de San Martín después de la enorme gesta de liberar medio continente, Beethoven presentó su Novena sinfonía. Aquel fue su último concierto. Estuvo presente en él, pero no dirigió la orquesta. Cundía el espanto en el corazón de los oyentes: en aquella corta hora fue reconstruida para ellos la lucha de su vida... Cada uno, no importa dónde se librara la batalla contra fuerzas extrañas, se sintió vivir en los mismos presentimientos; jamás el juego del destino con los mortales, su reto y su ataque, ha sido plasmado en forma tan formidable por la mano humana..., nunca. Y si usted no lo cree, mientras lee estas líneas, escuche alguna buena versión de la Novena.

Aquellas personas oyeron (y ojalá que usted también lo esté haciendo), en el primer movimiento, cómo la humanidad aparece totalmente anonadada, mientras el caos estalla en truenos. En el segundo emprende la marcha intrépidamente, adelante, siempre adelante, con sus aperos y cuernos de caza, pero los tambores la echan por tierra. Vuelve a levantarse, vuelve a emprender la carrera, pero siempre el tambor la hace retroceder.

Sin embargo, en el tercer movimiento se olvida del destino. Un hombre vaga solo por el paisaje y experimenta lo que los dioses no pueden experimentar: amor, dolor, la gran sumisión humana ¡Qué dulce y suave es todo, cómo se mueve plácidamente todo! En la eterna ordenación de las cosas, entre el eterno cortejo, vibra una leve, esotérica prevención, un augurio. Siempre, cada vez que el bombo se insinúa, el golpe atronador es amortiguado con la palma de la mano. ¡Qué lejos está el destino! De pronto se eleva la pareja humana, serenamente, con muchas y anhelantes miradas a las amenazadoras nubes del destino. Una sola vez se recuerda al hombre que afuera le aguardan las luchas; pero se rinde nuevamente al amor.

Luego de un dulcísimo final, el caos se abre de nuevo, los tambores suenan enfurecidos, el cielo amenaza. El violoncelo aventura algo como un interrogante... El tumulto estalla con más furia. Pero la hecatombe cósmica despierta a los prisioneros. ¿Son animales? ¿Son esclavos? Se agitan con impaciencia en sus rechinantes cadenas... ¡Piden su libertad! Los poderes de la luz y de la sombra luchan con denuedo mientras los prisioneros gruñen. En la mente de los hombres surge la idea y el anhelo de una felicidad tranquila. Violoncelos y contrabajos cantan, hablan, evocan... Diríase que todos los instrumentos de la orquesta han adquirido el lenguaje de los hombres. Hablan, antes que los hombres se acerquen. Un gran congreso de los cautivos, en su despertar, se ha inaugurado; una asamblea de criaturas racionales.

De pronto, de mágicas distancias llega, alada e imprecisa, una nueva idea, y mientras los contrabajos se llaman articuladamente unos a otros, como animales liberados por maravillosa influencia, se dan cuenta, de súbito, de que se les ha llamado al orden, y empiezan a murmurar la gran melodía con los demás. Los violines les siguen, ansiosos. Agudas y claras, como conviene a un canto de amor, suenan sus notas. Una preocupación se apodera de todos los corazones, como si temieran lo que el porvenir les reserva. El destino irrumpe inopinadamente, dispuesto a acallar el magnífico himno.

Entonces se eleva de entre los palpitantes instrumentos, presos todavía del encanto, la voz de un hombre. Su primera palabra es "felicidad"; la segunda "rebeldía". Es la primera vez en la historia que se ha incorporado la voz humana a un sinfonía. Parecería que a Beethoven no le alcanzaba con un centenar de instrumentos para expresar su grito estremecedor de libertad. Empieza la gran revolución. Ya muchos imitan la obstinación del nuevo Prometeo. Ya las llamaradas del destino son ahogadas por el coro de voces humanas. ¡Paz! Rápidamente se extingue el grito; asustados de sí mismos, se quedan escuchando. ¿Qué se acerca, qué comitiva viene, acompañada por el tintineo de los triángulos? ¡Un héroe triunfante! El lo ha logrado. Lo inexplicable ha sucedido: el timbal, instrumento marcial y símbolo del destino, ha entrado al servicio de los hombres, que están jubilosos.

En el instante en que el tema de la alegría va a hacer su primera aparición, la orquesta se calla bruscamente... Un súbito silencio da a la venida del himno un carácter divino y misterioso: en verdad, el tema es cosa celeste. En medio de una paz sobrenatural, baja del cielo la alegría, a acariciar el dolor, la angustia y la nostalgia con su leve aliento. ¡Qué ternura produce la primera impresión que nos hace en el corazón convaleciente!

El coro calla, conmovido; sólo los bajos más graves expresan excitados su nuevo lenguaje hasta que, acompañados de trombones, en amplios acordes, llaman a los hombres primero, luego a las mujeres, a la solemne unión de toda la humanidad. ¡Abrazos! ("Todos los hombres serán hermanos... // ¡Un abrazo confunda al mundo entero! // ¡Hermanos, sobre la bóveda estrellada // debe morar un Padre amante!"). Ahora marchan todos, sin cadenas, dueños de su libertad. La humanidad forja para sí misma un gobierno más sublime, e invoca con su corazón, humilde y emancipado, al Padre amado, que está sobre el altar sembrado de estrellas. Toda una humanidad trémula alza los brazos al cielo, y en un poderoso clamor, se levanta hacia la alegría y la aprieta contra su corazón. De entre la multitud de voces se eleva la más alta y clara de dos hombres y dos mujeres. Cantan nuevamente la Oda a la alegría de Schiller, descendiendo y elevándose a su ritmo. Pero la multitud quiere ser oída; el momento de las voces solistas ha terminado. Unos segundos más, y las voces de todas las mujeres se mezclan a las del cuarteto. La gran tremolina empieza mientras las suaves alas vuelven a pasar rozándolos ligeramente, hasta que los desenfrenados grupos se mezclan inextricablemente, se enfurecen los emancipados y una tremenda bacanal derriba las fronteras que separan a los hombres de los dioses.

Todo esto oyeron los hombres en la gran sala del teatro de Viena, por primera vez (¡Ojalá también lo haya hecho usted ahora!). Y asimismo, por primera vez, se sintieron aprehendidos (como seguramente usted, si escuchó lo mismo). Con júbilo se entregaron al apenas extinguido júbilo, prolongando, según parece, el festivo himno que un coro trascendental había iniciado. Cada uno se levantó de su asiento, gritando de alegría, agitando el pañuelo, pronunciando su nombre.

Pero el sordo magistral continuaba en su asiento del escenario, vuelta la cabeza, inclinado hacia adelante, en actitud de escuchar. En aquel patético momento de espanto y de emoción, una joven solista cobró valor, caminó hacia el genio, lo tomó por el brazo y le hizo darse vuelta, para que sus ojos vieran lo que no percibían sus oídos.

Había llegado el momento culminante en la vida de Beethoven. Por fin había sido comprendido. El, que había concebido y dado a luz aquel coro sublime de libertad; él, que literalmente había forzado el destino... no oyó el grito de los emancipados, y el júbilo del corazón de los oyentes fue mudo para él.

Unos años después, a las seis de la tarde del 26 de marzo de 1827, en medio de una violenta tormenta –como la del día de su nacimiento-, luego de una penosa agonía de dos días, sordo, enfermo de neumonía y solitario, sin hogar, en todas partes extraño, pobre, desventurado, desasosegado, sin ninguna mano amiga, engañado y rechazado por todos, el ardiente corazón de Ludwig van Beethoven dejó de latir. El rayo que anunció su nacimiento, extendía, a su muerte, los truenos de su música inmortal. Como en el comienzo de la Novena, al caer la tarde se acumulan densos nubarrones hinchados de relámpagos, negros de duelo y preñados de truenos... Súbitamente, en lo más recio del huracán, se rajan las tinieblas, es arrojada la sombra del firmamento, y torna la serenidad del día, por un acto de voluntad. Es que con la Novena Beethoven dominó las tempestades, se convirtió en el heroico vencedor de la mediocridad humana, de su propio destino y de su martirio.

La gloria de esta conquista, de esta sublime victoria, es la más luminosa que haya nunca alcanzado el espíritu humano.







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