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Un doctor sacro
El padre Leonardo Castellani nació hace 104 años en Reconquista, Santa Fe, el 16 de noviembre de 1899, ordenándose sacerdote de la Compañía de Jesús, con la que luego tuvo una relación controversial y de la que fue finalmente expulsado. En su niñez perdió un ojo, que fue reemplazado por uno de vidrio.
Es el único argentino que ha conquistado con su esfuerzo, y saliendo airoso de todas las pruebas, con las mejores notas, hasta alcanzar dos títulos doctorales en dos centros de los más encumbrados de la intelectualidad europea: se graduó con todos los premios en psicología y filosofía en la Sorbona de París y en teología en la Gregoriana de Roma. En esta misma ciudad eterna, testigo de su primer hazaña, se postuló al examen Ad gradum, el cual exige el conocimiento y desarrollo de temas tan especializados y difíciles que, en cada siglo, uno o dos candidatos se presentan a rendirlos; mas, en ocasiones, ninguno los aprueba. Castellani, con notas todas de sobresaliente, obtuvo el título más alto que la iglesia católica otorga a los más sabios entre sus doctores. "Diploma bulado" lo llaman, por llevar como protocolización el mismo sello de plomo de las bulas pontificias. En él, el papa Pío XI y el General de la Compañía de Jesús, en 1931 acreditan con su firma, que Leonardo Luis Castellani es Doctor sacro Universal (Cum licentia ubique docendi, es decir que su título lo habilita a enseñar filosofía y teología en cualquier país del mundo, sin reválida). El eximio título de Doctor sacro Universal, asimismo, le daba derecho a publicar sus escritos sin censura previa, en los países donde no hubiese otro título igual o superior al suyo. Superior, no existe ninguno; igual, nadie lo tenía en la iglesia desde el descubrimiento de América hasta él. Magnífica hazaña de atleta intelectual, registrada solo en el libro de la vida que los ángeles llevan en el Reino de los Cielos. Y en el corazón de sus fieles discípulos.
Charlista fenomenal, polemista excelente, político nacionalista –aunque de un humor formidable-, docente y periodista, gran poeta, enorme ensayista, novelista, inmenso crítico literario, escribió unos cincuenta libros y miles de artículos. Ajeno a las ideologías que marcaron el siglo XX, y escasamente pertrechado de prudencia mundana, padeció el marginamiento intelectual de una especie de "ermitaño urbano" en un medio hostil e ingrato, pero que sin embargo permitió germinar su talento en una obra admirable.
Murió el 15 de marzo de 1981 en Buenos Aires.
Flaco y barrigón
Le tuvieron lástima al Matungo, que ya no podía con los huesos, y en pago de sus doce años de tiro lo soltaron para siempre en un alfalfar florido. El alfalfar era un edén caballuno, extenso y jugoso, y Matungo no tenía más que hacer que comer a gusto y tumbarse en la sombra a descansar después, mirando estáticamente revolotear sobre el lago verde y morado las maripositas blancas y amarillas.
Y sin embargo Matungo no engordó. Era muy viejo ya y tenía los músculos como tientos. Echó panza sí, una barriga estupenda, pero fuera de allí no aumentó ni un gramo, de suerte que daba al verlo, hundido en el pastizal húmedo hasta las rodillas, la impresión ridícula de un perfil de caballete sosteniendo una barriga como un odre.
- ¡Qué raro!
- No crea. Lo mismo le pasa a mucha gente. Al que lee mucho y estudia poco, al que come en grande y no digiere, al que reza y no medita, al que medita y no obra. Flacos y barrigones.
Estar contento (idem)
¡Oh, laguna Pipo, si volviera yo a verte una vez más, y pudiese besar tus orillas, mis canas se irían todas de mi cabeza y volverían a cantar en mi corazón los jilgueros de mi infancia! ¡Si te viese de nuevo como aquella mañana en que el sol saliente inflamaba tus inmensos aguazales azules sembrados de totoras y casi materialmente cubiertos por alfombras overas de innumerables aves acuáticas, flamencos rosas, patos blancos, caraús negros, chorlitos, biguás, gallaretas, quillas, tuyuyúes, tuyangos, siriríes, chajáes, teros y garzas que pescaban con inmensa algarabía! Yo estaba contento y escuchaba al borde del agua las cosas que me decían todas las cosas...
- Quisiera poder caminar por la tierra -oí decir a una Mojarra-, entonces sí que estaría contenta.
- ¡Si yo pudiese volar! -silbó la Iguana.
- Nadar por el agua debe ser la gran felicidad -dijo un Tero desembarrando elegantemente sus patas.
- Tonterías -dijo un Pato bachiller-. Yo camino, yo nado y yo vuelo y sin embargo estoy profundamente descontento. Camino mal, chueco y desgraciado, y se ríen todos de mí; nado mal, y no puedo alcanzar a la Mojarra y tengo que comer gusarapos; vuelo mal y me alcanza en mi vuelo la escopeta. Mejor es saber una cosa bien que muchas mal. La felicidad consiste, a mi parecer, en tener todas las habilidades de todos los animales sin ninguno de sus defectos.
- Jay -dijo el Surubí asomando el hocico-, échele un galgo. La felicidad en esta tierra consiste en estar contento.
- ¿Cómo se hace para estar contento con tantas penalidades?
- Para estar contento hay que estar contenido. En latín contento significa contenido. Hay que contenerse con gran fuerza dentro de los límites del charco en que Dios nos puso. La mitad de mis paisanos pasan una vida perra por andar buscando el mar cuando Dios los puso en la laguna. Hay que saber caber en su molde y apretarse adentro de la propia horma, y hacer el gusto a lo poco, mis hijos.
- Esas son teorías -dijo el Sirirí.
- ¿Teorías? -replicó el Surubí muy enojado, asomando la aleta pinchuda y el lomo overo-. ¡Teorías son las de ustedes! Yo he sufrido mucho; y cuando uno sufre, sólo la verdad ayuda, y las teorías se apagan. Yo no he nacido en este barrizal, sino allá en el río Amores, que es un paraíso. Un día, una inundación me trajo aquí y yo que era joven y desprevenido no noté cuando el canal se secaba; y se secó y me cortó y me dejó en la laguna. Yo no soy pescado de barrial y pensé al principio morirme de dolor en esta pobreza. Lloré, grité, maldije, salté afuera a la playa, con peligro de ahogarme, y me golpeé la cabeza contra todas las totoras y los duraznillos. Un día entendí que recalcitrar era al ñudo y resolví explorar en todos los sentidos las posibilidades de la pobreza en que Dios sin remedio me había encerrado, hasta tocar el límite de arriba y el de abajo y los límites de todo el circuito horizontal. Viajé y trabajé y el trabajo me templó. Vi que no era tan pequeño el charco como mi dolor lo había exagerado y que para los años de vida que me quedan, al fin y al cabo, iba a durar sin secarse. ¿Ustedes creen que alguna vez no se acongoja mi corazón queriendo locamente volar por los aires hasta mi río natal espléndido que él siente murmurar dulcemente atrás de aquellos pajonales? Pero yo le aprieto fuertemente por medio de la resignación. Y lo hago estar contento y contenido en este charco, con el trabajo, con hacer bien a todos, con los escasos placeres de este barrizal... y con la esperanza de... ¿quién sabe? ¿Por qué no puede venir un día otra inundación que me abra el camino del río inmortal para siempre? Si yo me muero antes, me basta con esta vida a la que me he acostumbrado; pero, ¿quién me quita a mí la esperanza de la otra?
El Surubí se estaba metiendo en muchas filosofías y a mí la humedad de la tierra en que estaba tumbado escuchando me estaba haciendo mal. Me levanté, le tiré un cascotazo al pato sirirí y todos los acuátiles se zambulleron y toda la bandada se levantó de un golpe, sacudiendo el ambiente purísimo con el aletear repentino y unánime de sus rémiges poderosas.
Los Obreros de la Viña (de Domingueras prédicas)
(Desgrabación de la Homilía del Domingo de Septuagésima, de 1963)
En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo". Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?". Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado". Díceles: "Id también vosotros a la viña". Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros". Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor". Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?". Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.
(Mt 20, 1-16)
La parábola de los obreros de la hora undécima es la más difícil que hay en el Evangelio. La he explicado ya aquí mismo el año pasado si no me equivoco y también en mi comentario al Evangelio de Jesucristo; de modo que hoy por no repetirme les hablaré de las relaciones de Cristo con el dinero.
La parábola pone un patrón que contrata varias tandas de obreros a diferentes horas; de modo que los primeros trabajaron doce horas, de sol a sol, y los últimos trabajaron una hora; y después mandó pagarles a todos igual un denario. Uno de los primeros se enoja con el patrón y lo increpa; y parecería tiene razón. Pero el patrón también tiene razón: "¿No te contraté a ti por un denario? ¿No te pagué tu denario? Si yo quiero darle más a éstos, ¿qué te importa? ¿Con mi dinero no puedo hacer yo lo que quiero? Porque mi mano sea buena, ¿tu ojo tiene que ser torcido? (Esta actitud de "mi dinero es mío y yo hago con él lo que quiero" es común en los ricos; no es ciertamente la actitud que les recomendó Cristo; pero es común lo mismo).
Dos cosas sencillas y muy importantes quiso significar aquí Cristo; una, que a Dios, que es el patrón de todo, no lo podemos juzgar nosotros; injusto no es nunca, pero su justicia no la podemos medir por nuestra justicia; no tenemos todos los datos y él tiene todos los datos para juzgar. Es lo que tantas veces inculca la Escritura; "mis caminos no son como vuestros caminos –dice el Señor- y mis pensamientos no son vuestros pensamientos".
La otra es que Dios, en la distribución de los bienes terrenales, se muestra aparentemente caprichoso; se muestra como indiferente y despreocupado en eso, y tiene razón, pues esos bienes son temporales, efímeros y a veces peligrosos y son como nada en parangón con los bienes eternos. También lo dice el Evangelio: "Sed como el Padre celestial, el cual hace salir el sol sobre los buenos y malos y hace llover sobre los justos y los injustos". Nosotros no podemos hacer salir el sol ni llover, pero podemos hacernos indiferentes (en lo posible) a la lluvia y el buen tiempo: o sea, despegarnos de los bienes terrenales.
El denario dado a todos son, pues, los bienes terrenales, de los cuales necesitamos: hay que trabajar sin embargo, poco o mucho, pues no les da el denario sino a los que trabajaron. Aunque se hayan dado otras interpretaciones figurativas de esta parábola, esta interpretación es la segura.
Todos los bienes terrenales están representados por el dinero: la pelea aquí entre el patrón y el obrero es por el dinero; el obrero quiere más dinero (y ya no puede hacer una huelga). Está frito.
Jesucristo no maldijo el dinero, como hicieron Proudhon, Papini o León Bloy: maldijo el mal uso del dinero, a los malos ricos y la adoración de dinero, al cual llamó el "ídolo inicuo, mammona inequitatis": ídolo, porque lo idolatramos; inicuo, porque hacemos por él iniquidades (ustedes no, probablemente).
Jesucristo sabía lo que era el dinero. ¿Qué es el dinero? El dinero es un "ticket", un boleto, como esos que nos dan en el colectivo; solamente que en vez de procurarnos solamente un viaje en colectivo, nos puede procurar todas las cosas, incluso la felicidad, según muchos creen. En sí mismo no vale nada; vale como signo. Un billete de mil pesos, hacerlo cuesta cincuenta centavos; y si no representara una cantidad de bienes (que en la Argentina va siendo menor cada vez) ni siquiera valdría cincuenta centavos: es un papel que no serviría para nada, ni siquiera para escribir una carta. Y sin embargo, el dinero se vende, se compra y se alquila, como si fuera una cosa en vez de un signo.
¿Por qué? Porque además de signo es un instrumento; con dinero puedo comprar instrumentos y producir más bienes –además de comer y vestir. Si yo presto una azada, ¿puedo cobrar un alquiler por prestarla? Sí, porque no puedo trabajar con ella mientras la tiene el otro, y además la azada se gasta; y esto se llama el "interés" o renta. Pero si yo le exijo al prestatario de la azada que me dé todo lo que gane con ella, menos una pequeña suma para que pueda comer y seguir trabajando para mí, ¿es justo? Esto se llama usura, y es la base del actual capitalismo. ¿Y si yo monopolizo todas las azadas que hay en la República Argentina, y entonces al que quiero le alquilo, al que no quiero no, y puedo cobrar el alquiler que se me antoja, o si no se mueren de hambre? Esto se llama Gran finanza, o Alta finanza, o Capital financiero.
¿No podemos dejar que la Alta finanza se coma todas las azadas y nosotros comer trigo? No, porque no podemos producir trigo con las manos.
La Alta finanza, que es un poder oculto, y formidable, opera por medio del sistema bancario moderno. El sistema bancario moderno está basado en una ficción, o digamos una estafa, pues abre la puerta a innumerables y enormes estafas. Pongamos el ejemplo típico: el primer banco moderno que se fundó fue el Banco de Inglaterra, modelo y maestro de todos los bancos. (Los italianos inventaron los bancos, pero los primeros bancos lombardos y genoveses eran relativamente decentes: prestaban azadas). El Banco de Inglaterra se fundó en esta forma: el rey Guillermo III necesitaba 1.200.000 esterlinas, y se las prestó un prestamista judío de Frankfurt llamado Rothschild, o sea, escudo rojo; con esta condición: el rey recibía esa cantidad en oro, y la debía a Rothschild; y Rothschild recibía autorización para emitir un millón y pico de billetes y prestarlos; eso se llamó "el activo" del Banco. De modo que, ustedes ven, el dinero se ha multiplicado por dos: el rey tiene un millón y lo gasta; el Banco tiene otro millón y lo presta; y el rey sigue debiendo un millón de libras. Como el dinero representa bienes (y si no, ningún valor tiene) y se ha multiplicado por dos, y los bienes no se han multiplicado por dos, los bienes cuestan ahora el doble; y ese aumento, que va a parar a los cofres de Rothschild, lo paga el consumidor.
Eso no es nada todavía: queda la llamada "reserva". Los banqueros se dieron cuenta pronto que la gente que pone dinero en el banco, para que ellos lo vendan o alquilen, no lo saca de golpe, a lo más un 5 ó 10% es exigido al banco habitualmente, contando lo que entra habitualmente. "Pongamos 20% para más seguridad" –dice el banquero- "y podemos alquilar 80% más" –es decir, podemos prestar dinero que no existe, que le llaman "crédito". Es decir que el banco presta y saca dinero del préstamo, no solamente por todo el activo que tiene sino por cuatro veces más de dinero que no existe y de bienes que no existen. Es decir, que si tiene veinte pesos depositados, que son reales, hace préstamos por cien pesos; y cobra interés. Es decir que no solamente fabrica dinero, sino que saca dinero del aire: "dinero fantasma", no para los financistas ciertamente, sino para nosotros.
¿Por qué pueden hacer eso? Porque la gente cree y tiene experiencia que si va a exigir su dinero al banco, el banco se lo da. Pero es un error: si toda la gente fuese conjuntamente a sacar su dinero, el banco no puede pagar; se produce un pánico, lo que llaman una corrida, y el banco quiebra; y los depositantes pierden su dinero o parte de él.
Podría contarles la cómica quiebra del banco de Amsterdam en 1787, pero no hay tiempo. Me dirán que ahora no se producen corridas porque el gobierno respalda a los bancos; respalda a los bancos, pero cargando ese respaldo en su deuda, o sea en las espaldas de los contribuyentes. La regla es: "el banco nunca resulta deudor, siempre resulta acreedor". Hace poco, con ocasión de las tremendas estafas que ocurrieron en el Banco Nación, ¿por qué no quebró el Banco Nación? Porque lo respalda el gobierno; es decir, nosotros pagamos las estafas por medio de impuestos.
¡Pero ahora el gobierno ha nacionalizado los bancos por medio del Banco Central! No importa. Pero, ¿no se pueden poner freno y riendas a los usureros de las Grandes finanzas? No se puede, ahora y aquí por lo menos. La Gran finanza puede más que los gobiernos y los reyes –por lo menos de las naciones chicas y zonzas-, hace temblar a los políticos, e incluso puede provocar si quiere guerras internacionales.
No acabaría nunca si quisiera reseñar los absurdos que hay en el fondo del capitalismo. No digo que el comunismo, su rival, sea mejor: es peor, es un capitalismo de Estado, más férreo y más implacable.
La Alta finanza presta capitales a los industriales y empresarios, que sin eso no se pueden sostener las grandes empresas industriales, necesarias hoy día; y les cobra intereses usurarios. Los industriales, para no fundirse, naturalmente, mandan esos intereses a los precios: los precios suben, la gente no tiene plata para pagarlos. Carestía; carestía en medio de un exceso de producción. Destrucción de la producción para mantener los precios. Guerras para mantener "mercados". Cuestión social: intranquilidad, amargura, angustia.
Y así hemos llegado a este estado absurdo: escasez en medio de la abundancia; pobreza en medio de las riquezas; hambre en medio de la superproducción de alimentos: en 1933 en San Julián de la Patagonia se degollaron y quemaron sesenta mil carneros; y al mismo tiempo en la India aldeas enteras se morían de hambre ¡y en la Argentina también! Escasez artificial –y criminal.
¿Quién puede arreglar todo esto? Ahora, nadie. Solamente Cristo o el Anticristo pueden arreglarlo.
Si Cristo puede arreglarlo, ¿por qué no lo arregla? Cristo lo arregló ya viniendo al mundo, predicando su doctrina y muriendo por ella. Durante los diez siglos de cristiandad europea, esto no pasaba: no se morían de hambre, no había desocupación, no había miseria, cada uno estaba contento en su lugar, el campesino no envidiaba al rey, más bien los Reyes Santos envidiaban al campesino. ¡Había miseria y hambre!, dirán ustedes. Sí, por causas accidentales, por una peste o una invasión de los bárbaros que quemaban, destruían y rapiñaban, y al fin eran vencidos; pero no como ahora, en virtud de las mismas estructuras sociales: ahora hay una peste continua y un incendio continuo.
Y ahora, ¿no lo arreglará de nuevo Cristo? Puede ser, yo no lo sé. Depende de nosotros, depende de la conversión de Europa (o de la Argentina) a Cristo. Hay muchas profecías privadas que dicen que vendrá un gran castigo de Dios (que tal vez ya haya venido y sea este mismo estado en que estamos) y los hombres se arrepentirán y vendrá un tiempo de orden y prosperidad, aunque sea corto, una generación; treinta años; y después vendrá el Anticristo. Son profecías privadas, yo no lo sé. Yo no he tenido ninguna visión de Dios. No sabemos.
Lo que sabemos es que somos de Cristo; y Cristo triunfará finalmente "por las buenas o por las malas" –como dice Aramburu. Si es por las malas y tenemos que penar y sufrir, paciencia; nuestra compensación es grandísima en el cielo. Total, cuando uno muere, siempre pena y sufre; y todos morimos. Lo esencial es que en la vida y en la muerte, en esta vida y en la otra, suframos o no suframos, por Cristo estamos y de Cristo somos.
Agenda de Reflexión.
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