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El centenario de Las Nereidas
Hace cien años, el 21 de mayo de 1903, después de varios intentos fallidos, se emplazó en Buenos Aires la obra escultórica cumbre de la genial Lola Mora, la Fuente de las Nereidas.
Dolores Mora de la Vega nació en Tucumán el 17 de noviembre de 1866. Ahijada de Nicolás Avellaneda y protegida de Julio A. Roca –con quien, dicen, mantuvo un largo romance- hizo un estandarte de la rebeldía, tanto en su vida como en su obra. Su biografía está entretejida por un misterio que ella misma supo cultivar bien. Fue la primera escultora de América, cronológica y también estéticamente. Murió en la miseria, olvidada del mundo, el 7 de junio de 1936.
La Fuente de las Nereidas, moldeada en mármol de Carrara, representa, en su base, una valva de molusco de donde emergen tres atléticos tritones desnudos, sosteniendo las bridas de tres caballos briosos, semisumergidos en el agua de la valva; del centro se levanta un pilar en piedra rústica que sirve de basamento a dos náyades, sirenas o nereidas, que con evidente esfuerzo elevan una valva más pequeña donde se representa el nacimiento de Venus. La sensualidad de las figuras femeninas es extraordinaria.
Venus –Afrodita-, que según Hesíodo era hija de Urano, nació de la fecundación de espuma de mar por la mutilación de su padre, por Cronos. Es la diosa del amor, la belleza, la gracia y los mares. Las nereidas que sostienen a Venus, mitad mujer y mitad pez, son hijas de Nereo, agrupadas según la Teogonía de Hesíodo en número de cincuenta, y representan la variedad de fenómenos y aspectos del mar, cuyas profundidades habitan en compañía de su padre. Consideradas divinidades bienhechoras y protectoras, eran invocadas por los navegantes de las costas mediterráneas para una feliz travesía. Las tres figuras masculinas, mitad hombre y mitad pez, representan a Tritón, hijo de Poseidón y habitante de un palacio en el fondo del mar.
El fantástico conjunto escultórico había sido encargado por la Municipalidad de Buenos Aires para ser instalado en la Plaza de Mayo. Pero cuando se conocieron los bocetos se produjo un verdadero escándalo de oposición, pues nadie concebía que pudieran ponerse a veinte metros de la Catedral a hombres y mujeres desnudos. Para colmo, durante el período entre la aceptación de los bocetos y el traslado, fragmentada -embalada en veintiocho cajas de un total de treinta y siete toneladas, en el barco Toscana desde Génova, Italia, donde en su taller y residencia de la via Dogali de Roma Lola Mora esculpió la fuente-, se generó un feroz enfrentamiento entre el intendente Adolfo Bullrich y el Concejo Deliberante por la autorización de la partida presupuestaria para la adquisición de la obra.
Después de tres años de impedimentos y laberintos burocráticos, y gracias a la intercesión del ex-presidente Mitre, finalmente, a las cuatro de la tarde del 21 de mayo de 1903, hace exactamente un siglo, la fuente se inauguró en el Paseo de Julio entre Cangallo y Piedad (actualmente Leandro N. Alem, entre Juan D. Perón y Sarmiento), hermosa, impecable, imponente en su nívea blancura circundada entonces en un entorno de jardines, descorriéndose el lienzo gris que la cubría y abriéndose las llaves de agua. Mientras, la banda militar tocaba diana y un puñado de vecinos se deslumbraba, conmovido ante la levedad de los desnudos, la fugacidad de las sombras, las tonalidades alba fusionadas con el paisaje, el cielo y las nubes.
Cien años después, en su nuevo emplazamiento de la Avenida Costanera Sur, donde se la destinó desde 1918 por el gran paisajista Carlos Thays, tal vez por suponer las autoridades municipales que entre los vientos de la orilla y el barro del río se taparían las atrevidas provocaciones corporales, todavía hoy, no se puede contemplar a la genial Fuente de las Nereidas –o la Fuente de Lola Mora, como también la conocemos- sin experimentar un sentimiento vivo y tenaz de admiración y de júbilo.
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