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Asociación
Argentina de Filosofía Práctica -(Argentina) 12/8/02
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Boletín
de agosto del 2002
Nuestra asociación busca recuperar
el antiguo ideal socrático de aplicar la filosofía a la vida, promoviendo la
investigación y estableciendo canales entre el conocimiento filosófico y el
espacio público, de modo de contribuir de diversas maneras al bienestar social
y personal.
Indice
-Diferencias en las formas
más habituales de comunicación entre hombres y mujeres, por Paula Kohan
-El catecismo de la autoestima:
cruzada contemporánea del egoísmo, por Roxana Kreimer
-El amor hereos, por Laura
Coton
-Actividades de la Asociación
···
Diferencias
en las formas más habituales de comunicación entre hombres y mujeres
Por Paula Kohan
Deborah Tanner es una lingüista
norteamericana que se ha dedicado a estudiar la forma en que los diversos estilos
conversacionales -por género, etnia, "tribu" o edad- establecen pautas
decisivas de comunicación -o de incomunicación- entre las personas. En sus trabajos
sobre cómo hombres y mujeres se desenvuelven de manera diversa en la conversación
(You Just Don´t Understand; Women and Men in Conversation; Género y discurso),
Tannen parte de unos estudios que realizaron hacia fines de los setenta
Andrew Hacker y la socióloga Catherine Kohler Riessman (Divorce talk)
en los que la mayor parte de las mujeres entrevistadas -y muy pocos hombres-
dijeron que la falta de comunicación había sido la causa principal de su divorcio.
En sus propias investigaciones, las quejas de las mujeres en relación a sus
maridos por lo general focalizaban menos en inequidades tangibles tales como
la renuncia a una carrera para acompañar al esposo en la suya, o la de ir mucho
más allá de la equidad en la división del trabajo relativa a los quehaceres
de la limpieza y de la cocina. En lugar de eso, las mujeres se referían a problemas
en la comunicación: "El no me escucha", "El no me habla",
eran las quejas más frecuentes. Tanner observó, al igual que aquellos colegas
de la década del setenta, que las mujeres desean antes que nada que sus parejas
sean compañeros conversacionales. Sin embargo, pocos hombres comparten esta
expectativa con las mujeres. La imagen que mejor representa la crisis corriente
en la pareja es la escena de historieta en la que el hombre se sienta a almorzar
con el diario tapándole la cara, mientras la mujer permanece detrás con deseos
de conversar.
Tannen cuenta que fue invitada
a una reunión de mujeres a la que, a último momento, habían sido invitados los
hombres. Un hombre se había mostrado particularmente conversador, ofreciendo
con frecuencia ideas y anécdotas, mientras su mujer permanecía silenciosa junto
a él. Hacia el final de la noche, Tanner comentó que por lo general las mujeres
se quejan de que sus maridos no les hablan. El hombre en cuestión rápidamente
intervino y dijo, señalando a su mujer: "Ella es la conversadora de nuestra
familia". La carcajada general resonó con estruendo. El hombre parecía
herido. "Es verdad", explicó. "Cuando llego a casa no tengo nada
que decir. Si ella no mantuviera la conversación, permaneceríamos en silencio".
Este episodio cristaliza la ironía de que si bien los hombres tienden a hablar
más que las mujeres en ámbitos públicos, a menudo hablan menos en casa. Este
patrón de conducta suele producir estragos en la pareja.
¿Cómo es que las mujeres y los
hombres tienen impresiones tan diferentes sobre la comunicación en el ámbito
de la pareja? Al parecer parte del orígen de estas disimilitudes debería ser
rastreado en la forma diversa en que juegan los niños y las niñas, en las estructuras
organizacionales y en las normas interactivas de cada género.
Para las mujeres, como para las
niñas, la intimidad es la fábrica de las relaciones, y la conversación es el
hilo con que se hilvanan. Las niñas crean y mantienen amistades a través del
intercambio de secretos; en forma análoga, las mujeres encuentran en la conversación
el pilar de la amistad. La mujer espera que su pareja sea una nueva y mejorada
versión de su mejor amiga. Lo que prevalece en importancia para ella no es tanto
el tema individual acerca del cual se discute, sino el sentido de intimidad,
de vida compartida que emerge cuando las personas dicen lo que piensan, lo que
sienten y cuentan sus impresiones.
Los vínculos entre niños varones
pueden ser tan intensos como los de las niñas, pero están menos basados en la
conversación que en el emprendimiento de actividades conjuntas. Como no consideran
que la conversación sea el pilar de las relaciones, los hombres no suelen saber
qué tipo de conversación desean las mujeres, y no extrañan la conversación cuando
ésta no tiene lugar. Los grupos de niños varones serían más numerosos, más inclusivos,
más jerárquicos, y en ellos se lucharía para evitar estar en una posición subordinada
en el grupo. Esta estructura podría influir en las quejas de las mujeres en
relación a que los hombres no las escuchan. Cuando conversan, los hombres estarían
más interesados en ofrecer report (información), y las mujeres ofrecerían
y requerirían raport (empatía y comprensión). La mujer que de noche le
cuenta a su pareja lo que hizo durante el día no desea que se le ofrezcan soluciones
a sus problemas -tal como hacen muchos hombres- sino simplemente ser escuchada
y comprendida.
Los estudios de Tanner sobre los
estilos conversacionales son muy interesantes para sumar una pieza más al arduo
rompecabezas de la comunicación humana. Parecería de suma importancia, no obstante,
no erigir en fundamento omniexplicativo el rico concepto de estilo conversacional.
Otros principios causales tienen un importante papel para jugar en el análisis
de la comunicación humana. Parecería importante también no resignarse meramente
a reconocer la diversidad de estilos conversacionales sino, en la medida de
lo posible, promover cambios viables de modo que los distintos estilos no resulten
inconmensurables.
···
El
catecismo de la autoestima: cruzada contemporánea del egoísmo
Por Roxana Kreimer
Cierto discurso psi de
gran predicamento, en mancomunión con la prensa y la publicidad, libra una batalla
cuyo fervor causas más urgentes no pueden menos que envidiar. Se trata de la
cruzada contra la baja autoestima, ese díscolo impulso que nos impediría aceptarnos
tal cual somos, seamos como seamos, justos o impíos, valientes o traicioneros,
prudentes o corruptos. A la baja autoestima habría que subirla cuanto antes
con la ayuda del terapeuta, de las revistas femeninas, de los manuales de autoayuda,
del viagra o como sea. El discurso psi no se pregunta si la persona en
cuestión es digna de estima, para sí misma y para los demás. Desde esta perspectiva
Camps, Hitler y el Dr. Berges habrían hecho muy bien al estimarse a sí mismos.
En la bibligrafía filosófica no
encontramos nada parecido al concepto moderno de autoestima. Rousseau habló
del instinto de supervivencia (al que llamó amor de sí o filautía),
y lo diferenció del amor propio, que exagera nuestro mérito ante nuestros
propios ojos y ante los de los demás. El catecismo de la autestima con frecuencia
destila el aroma de este peligroso consejero que resulta ser el amor propio.
"El amor propio es un malvado/el amor propio es un traidor/que siempre
nos está adulando/y nos induce al error", escribe el poeta Giusseppe
Baretti.
La idea de autoestima se acerca significativamenta a la de amor propio o vanidad
porque, a diferencia del orgullo, no promueve la convicción en los propios valores
sino la autoadulación de uno mismo por el mero hecho de ser uno mismo.
En el contexto de la filosofía
antigua, una tradición que en este punto sería oportuno rescatar, la valoración
de uno mismo no es un presupuesto, no viene dada de antemano y en forma incondicional
-como sugiere el moderno concepto de autoestima-, surgirá si uno demuestra haber
trabajado sobre sí mismo para convertirse en una persona virtuosa, es decir,
si uno es justo, valiente, templado (que es el que no compra placeres al precio
de dolores), prudente, generoso, humilde. Mientras el concepto contemporáneo
de autoestima aparece al mismo tiempo como el punto de partida y el punto de
llegada, en el ideal antiguo de lo que se trata más bien es de constituirse
a uno mismo mediante el aprendizaje y el perfeccionamiento en una persona virtuosa,
es decir, en un sujeto ético y, por tanto, estimable, para sí mismo y para los
demás.
Quizá la filosofía -particularmente la
filosofía antigua- se ocupó menos de promover la autoestima que de promover
la humildad porque presupuso que la mayoría de las personas profesan por sí
mismas una estima considerable. Esto no significa que no existan personas que
no se valoran a sí mismas, sino que son muchísimas más las que se valoran muy
por encima de sus semejantes. Lo menos frecuente es que se valore al prójimo
sino de manera idéntica al menos de forma parecida a cómo nos valoramos a nosotros
mismos. De allí la enorme riqueza filosófica de la célebre frase de Jesús en
el discurso de la montaña: "No le hagas a tu prójimo lo que no deseas que
te hagan a ti mismo". El presupuesto de esta idea es que las personas no
suelen estimar al prójimo tanto como a sí mismas, y que conviene recordárselos
porque ése es el fundamento de toda ética posible. A Freud el "Ama a tu
prójimo como a ti mismo" (que es una variante del "No le hagas a tu
prójimo......") le parecía un mandato imposible de cumplir. No tuvo en
cuenta que los ideales no son recetas de cocina, no están para ser cumplidos
al pie de la letra, son horizontes más allá de los cuales nada puede ser concebido.
La insistencia desmedida en el concepto de autoestima
convierte a cierto discurso psi en una de las tantas filosofías del egoísmo,
preocupado menos por los derechos del prójimo que por la única fidelidad que
puede concebir, a saber, la fidelidad con uno mismo.
No caben dudas: quererse a uno mismo es importante.
Sin embargo, ya que la vanidad y la desconsideración del prójimo están más extendidas
que la humildad, la empatía, la solidaridad y la justicia, mucho más urgente
que predicar el catecismo de la autoestima parece ser el recuerdo de los derechos
inalienables del prójimo.
···
El
amor hereos
Por Laura B. Coton
El mal de amores, esto es, el padecer por un
amor no correspondido, tiene un antepasado de abolengo científico y literario.
Durante la Edad Media se lo conoció como hereos, y se lo consideró enfermedad
de rango suficiente como para figurar no sólo en los manuales de medicina sino
también en los vademecum (llamados Viáticos), una suerte de instructivos de
primeros auxilios que portaban las gentes en las habituales peregrinaciones.
Esto llama a considerar que el hereos era, dentro de las enfermedades,
tan habitual como la indigestión o la gripe.
Desde esta concepción del amor como enfermedad,
es interesante conocer las causas, los síntomas, y el tratamiento prescripto.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que
raramente afecta, según indican los galenos, a las mujeres (parece que somos
más frías que los hombres) y a los pobres (porque no están expuestos al placer
con frecuencia, que es el factor de riesgo). Es, entonces, enfermedad de hombres
ricos y nobles.
Consiste, en definitiva, en considerar que
una mujer en particular sea la más bella, virtuosa, y estupenda que existe,
cosa que, como sabemos, es alteración nefasta de los sentidos. ¿Cómo darse cuenta
de que un noble rico ha contraído la enfermedad? Porque anda triste, no come
ni bebe ni duerme bien. Y porque cuando aparece el objeto de su deseo, se le
acelera el pulso, y lo mismo ocurre si hablan de ella. Una de las formas de
diagnosis, ya experimentada por Galeno, sería tomar el pulso del presunto enamorado
e ir recitándole uno por uno todos los nombres de mujeres que pueda el médico
conocer. Una vez detectada la mujer en cuestión, aconsejarle al enfermo que
se aparte de ella.
El pronóstico de esta enfermedad no es bueno.
Si no se la cura, o se vuelve el enfermo loco, o muere. Por lo cual se da una
serie de remedios, a los que Ovidio no es ajeno:
1) Buscar un hombre a quien el enfermo tenga
afecto y respeto, para que este hombre sabio lo aconseje acerca de los peligros
de su mal.
2) Si el enfermo es necio o rebelde, hay que
azotarlo fuertemente muchas veces, hablándole de cosas muy tristes, para que
su mal le parezca nimio, o muy alegres, para que se distraiga en otras cuestiones.
3) Llevarlo de vacaciones a bellos lugares,
y presentarle diversas mujeres, para que olvide a una.
4) Si no hay otra opción, buscar una vieja
celestina, preferiblemente fea y desdentada, que hable pestes de la amada, y
que diga que es tiñosa y no se baña, y que huele mal, y que es borracha,
enurética,
epiléptica, y lo que a bien se le ocurra. Y que saque un paño con menstruo de
entre sus ropas y lo haga oler al amante diciendo "Tu amiga es como este
paño".
Si el enfermo no se cura con todo esto, ya
no tiene remedio, y hay que dejarlo con su locura. La explicación de este mal
incluye que su origen está en los testículos, y antes de esto, en el hígado.
Y aconsejan que el coito debe realizarse con moderación, lo mismo que la ingesta
de vino, dado que el mucho coito reseca.
Hay mención de este mal hereos en
Chaucer,
y también Boccaccio, en su Madonna Fiammeta lo expone, aunque esta vez el mal
ataca a una mujer casada.
Con el correr de los siglos, cayó en desuso
el término hereos, sustituyéndolo la perífrasis mal de amores, rescatada
y reconocida por canciones populares (qué tendrá la niña de la ventera/que ni
en los labios tiene color/qué tendrá la niña de la ventera/pa´mí que es pena
de mal de amor).
Por más milenio nuevo que transitemos, es probable
que el hereos, aun desacreditado, cause algunos estragos. Considérese
este artículo como parte de una campaña preventiva, y estemos atentos a sus
síntomas, en niños y aun en adultos, que ya por ignorancia o por rebeldía, se
nieguen a permitir que esta enfermedad sea erradicada.
(Sobre este tema, puede consultarse el libro
de Pedro M. Cátedra, Amor y pedagogía en la Edad Media, Universidad de Salamanca,
Secretariado de Publicaciones, Salamanca, 1989; el artículo de J.L.Lowes, "The
Loveres Maladye of Hereos", Modern Philology¸ 11 (1913-1914), pp.
491-546. En Internet, pueden visitarse los siguientes sitios:
http://www.ipfw.edu/cm1/jehle/web/cervante/csa/articf99/rocamuss.htm
http://www.alarde.com/revista/articulos/
amorlocuramuerte/amorconcepcadaepoca.html
http://www.ipfw.edu/cm1/jehle/web/cervante/csa/articf99/illades.htm
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Nuestra asociación ofrece
además servicios de Consultoría Filosófica,
individual y grupal. El asesor filosófico es un profesional entrenado para acompañar
al consultante en la reflexión sobre diversos tópicos que pueden abarcar desde
problemas personales hasta inquietudes vinculadas con el devenir social y cultural,
algunos de las cuales fueron enumerados como tópicos del Café Filosófico. Informes en filpractica@yahoo.com.ar

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